Un ronroneo quiebra la paz de las mañanas en Uagadugú, Burkina Faso, mientras niños y adultos miran con expectación al cielo. Señalan un punto blanco, es un “avión silencioso”, tal y como se refiere la población burkinesa a los drones militares, que regresa a la base de la capital tras una incursión de madrugada. Cruza el cielo azul como una mosca diminuta, incapaz de provocar daño a nadie, oculto en su apariencia pusilánime pero definitivamente letal a la hora de considerar las actuales estrategias que se desarrollan en el Sahel para combatir al yihadismo. 

Desde que las juntas militares de Mali, Níger y Burkina Faso expulsaron a las tropas francesas de sus respectivos países y enviaron de vuelta a París a los mortíferos cazas de reacción Dassault Mirage 2000D, ocurrió que los ejércitos del Sahel tuvieron que adaptar sus medios aéreos al equivalente de una Fuerza Aérea low cost del siglo XXI: los drones. 

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