Jota, un trabajador al servicio de España nos muestra sus mensajes de WhatsApp al poco de concluir su misión a la vez que finalizaba la Batalla de Kiev. Le escribía a su hija, con quien solo había podido mantener una comunicación esporádica durante las últimas semanas.

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05/10/2023. El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, durante la reunión que ha mantenido con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. Fuente: La Moncloa

“Buenas noches, hoy ha sido un día extenso en emociones, sentimientos y sentidos. Quizás por eso estoy francamente cansado. Visualizar el horror de la guerra, el dolor humano que produce, el desasosiego de ver cómo el género humano es capaz de generar tanta destrucción a sus semejantes... Hay visiones que no se me borrarán de mi retina. Ayer cruzamos la frontera, por la noche, donde había cientos de personas -mujeres y niños mayoritariamente- porque los hombres no pueden salir. 

Están movilizados. […] Después de todo el periplo, ver cómo el ejército [ucraniano] se despide de nosotros... Ufff la medalla del general me hace sentir que debo doblar mi compromiso y responsabilidad con la victoria [de Ucrania].  Sasa nuestro conductor, que conducía como si hubiese francotiradores en cada esquina, se despidió de mí y yo le di un abrazo. En dos semanas le envían al frente. Compartimos un cigarro y miramos cómo las banderas de España y Ucrania ondean en el cuartel, aunque lo que nos unía en aquel momento eran los viajes, el mío a una España en paz, y él al frente de batalla.”

Ojos hundidos fruto de la fatiga acumulada durante semanas de batalla, ropa cómoda para ir y venir por un país en el que las infraestructuras están destrozadas y una expresión preocupada en el rostro.

Jota es uno de los agentes del gobierno español que desde los primeros días de la invasión rusa fue destinado a Ucrania para coordinar la ayuda humanitaria provista por España. Su mirada escéptica y su resignación a vivir lo que le tocó pasar, son el reflejo del esfuerzo de decenas de miles de españoles gracias a los cuales, durante los primeros meses de la guerra, acogimos a una cifra estimada de 250.000 a 300.000 civiles, tratamos a miles de militares de las heridas de la artillería rusa y, sobre todo, dimos un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas. 

Quizás pueda parecer un tema secundario, las migajas de la siempre raquítica ayuda española, una excusa para competir por los clics mediante una historia dramática -casi lacrimógena- ambientada en el desgraciadamente inmejorable escenario de los primeros días de la guerra que cambió Europa. Pero NO, esta es la historia de una hazaña logística, del buen hacer del Estado y, sobre todo, del inmenso esfuerzo realizado por políticos, funcionarios, empresarios, policías, militares, sanitarios y hasta sacerdotes, que con su arduo trabajo nos han legado un ejemplo de eficacia, buen hacer y humanidad.

Esta es la historia del inmenso programa de ayuda que España improvisó con gran eficacia en muy pocos días. Esta es una historia de la que sentirnos orgullosos y en la que admirar a quienes anónimamente la protagonizaron.

Una tragedia inesperada

En España vivimos alejados del Este de Europa, al fin y al cabo, nuestro determinismo geográfico nos hace mirar a Europa Occidental y el Magreb principalmente, así que el 24 de febrero del año 2022 casi ningún decisor tenía en mente que la Guerra de Ucrania supusiera una gran problemática para nuestro país.

Nada más lejos de la realidad. El sopapo de la guerra sorprendió a la ciudadanía de todo Occidente y quien más y quien menos trató de ayudar a la desesperada masa humana que huía de Ucrania, a la vez que las redes sociales y las televisiones retrataban la triste historia de un continente que rememoraba años fatídicos, como 1914 o 1939.

En 2001 la UE aprobó la Directiva de Protección Temporal, si bien hasta el 24 de febrero del 2022 ningún Estado Miembro la había aplicado, hasta que el 3 de marzo la Decisión Ejecutiva del Consejo forzó su activación.

Así las cosas, solo una docena de días después -el 15 de marzo- España no solo había improvisado el aparato de aplicación de la Directiva, sino que antes incluso de su aprobación, en una fecha tan temprana como el 25 de febrero se empezaba a orquestar la red de acogida española, simplificado los procesos administrativos para los desplazados y priorizado la recepción de ucranianos.

Empieza la carrera

Esta inesperada maratón comenzó tal día como hoy en un frío y nublado 25 de febrero del año 2022, cuando la gestora aeronáutica estatal AENA informó de un vuelo "charter" procedente de Polonia que transportaba un pasaje netamente ucraniano y que se dirigía a Barcelona, lo que hizo saltar las alarmas: ¿Y si estaba en marcha una suerte de ola migratoria?

La cuestión no era baladí, pues la Red Estatal de Acogida no estaba preparada para lo que le esperaba, al fin y al cabo, dicha organización -el principal amortiguador del Estado ante crisis humanitarias- está concebido para atender crisis procedentes del sur global, por lo que el grueso de sus medios está dispuesto en el sur de España, y particularmente en Andalucía, pero no en el norte.

En aquel momento se sabía que unos 112.000 ucranianos residían en España, de los que la mayor parte se concentraba -y se concentra- a lo largo de la costa mediterránea -especialmente en Cataluña, así como en Aragón y Madrid, y un pequeño núcleo en Andalucía -junto a Málaga-.

De esta manera, aparecieron los primeros dilemas para las autoridades: ¿Acogemos en Cataluña o derivamos a los refugiados a distintas instalaciones en el resto de España? Tras días de café, sandwiches de máquina y privación de sueño se decidió que Cataluña, como principal nodo de España con Europa, debería soportar y dirigir el principal esfuerzo nacional, eso sí, bajo la dirección de la Delegación del Gobierno en la ciudad condal.

La ola pronto se transformó en tsunami. Cientos, miles de ucranianos huidos de la guerra comenzaron a llegar a nuestro país en condiciones calamitosas. Los primeros días llegaban ucranianos con familia y amigos en España, pero los siguientes días dieron paso a personas sin ningún arraigo en España que simplemente huían de la guerra. Su perfil social era muy heterogéneo, pero en algo sí coincidían: casi todos eran niños, mujeres y ancianos, ya que a los varones adultos no se les permitía salir del país y alrededor de un tercio procedían de Kiev.

Por suerte, la Delegación del Gobierno en Cataluña actuó con agilidad y pudo disfrutar de unos mecanismos del Estado engrasados por el sentimiento de solidaridad y compasión que despertó la guerra. El empuje emocional de las circunstancias ayudaba, pero el 25 de febrero estaba todo por hacer.

La primera decisión fue establecer un sistema de información centralizado en una sala de operaciones, a dicho sistema debían contribuir tres componentes, que como la vista, el oído y el olfato habían de constituir los sentidos. Dichos sentidos eran RENFE-ADIF, para informar del acceso de ucranianos por vía férrea desde Francia, AENA, para informar de vuelos procedentes de Polonia, y muy especialmente  Demarcación de Carreteras, para informar del punto de paso más complejo, el paso de la Junquera entre Francia y España.

Gracias a estos y otros organismos se pudieron calcular las necesidades logísticas más urgentes y adoptar medidas excepcionales para superar las fases en las que todo el sistema estuvo a punto de colapsar.

Mientras este esfuerzo se efectuaba en la península Ibérica, el Ministerio de Exteriores y el Ministerio de Defensa hacían una importante gestión en origen, a fin de coordinar con las autoridades ucranianas la acogida de los refugiados, así como para establecer acuerdos concretos en los que España se comprometió a tratar a pacientes oncológicos civiles graves, así como a militares con heridas muy graves.

Y es que los primeros vuelos transportaban una marea humana que venía en un estado pésimo desde todo punto de vista: tristes y asustados por la guerra, cansados por las estresantes decisiones que tuvieron que tomar y, a menudo, sometidos a potentes tratamientos de opiáceos con los que tratar de calmarles, por lo que mucha gente abandonaba los aviones desorientada, perdida, "grogui".

A toda aquella gente lo primero que se le intentó proporcionar es lo que se conoce como la "primera acogida", que es -en cierto sentido- la más crítica, pues es cuando viene más gente con los traumas aún a flor de piel. Para cuidar de ellos, se solicitó ayuda a toda clase de ONG, que como la del Padre Ángel, Sor Lucía, Cruz Roja o el chef José Andrés se prestaron a socorrer a los refugiados con sus propios medios.

Pero hacía falta algo más que la primera acogida, era necesario que hubiera una segunda acogida más estable, segura y ordenada, fue en este punto cuando a tenor de la distribución geográfica de la comunidad ucraniana se decidió poner en marcha los “CREADE”, acrónimo de “Centros de Recepción, Atención y Derivación para Desplazados ucranianos”, que se situaron estratégicamente en cuatro lugares, a saber:

  • Barcelona
  • Málaga
  • Pozuelo de Alarcón (Madrid)
  • Torrevieja (Alicante)

En paralelo, la comunidad hispano-ucraniana reaccionó a la altura de las circunstancias: los lazos de solidaridad brotaron por doquier, se organizaron colectas y se establecieron centros en los que almacenar donativos de toda clase e incluso hubo un elevado número de voluntarios que con total entrega y amor por los suyos hicieron labores de traducción durante largas y duras jornadas a título gratuito.

En muy pocos días, el dispositivo iba tomando forma, aumentando de tamaño e incorporando administraciones públicas de todo pelaje, fuerzas de seguridad, empresas y entidades civiles.

Zumos y bocadillos para los recién llegados, atención pediátrica para los críos, incluso -por primera vez en un evento de estas características- atención a mascotas, pues es la primera crisis de refugiados en la que es habitual que éstos traigan animales domésticos.

En paralelo, Fuerzas Armadas, Guardia Civil, Policía Nacional, Mossos de Esquadra, todos ellos contribuyeron a construir albergues provisionales, escoltar a los refugiados, establecer los acordonamientos iniciales, estudiar la situación de seguridad entre los desplazados e incluso detectar conductas ilícitas por parte de quienes trataban de explotar vilmente esta tragedia.

Por ejemplo, en una operación conjunta entre Policía Nacional y Mossos de Esquadra desarticularon una red de explotación sexual que utilizaba una aplicación con la que atraían a mujeres jóvenes solas con la promesa de trabajo para -a la hora de la verdad- atraparlas en una trama de trata de blancas, de prostitución forzosa.

A los pacientes más graves se les empezó a derivar por toda la red hospitalaria española, de hecho, en los primeros días se obtuvo el compromiso del Departamento de Sanidad de la Generalitat que, pese a unas ligeras reticencias iniciales, rápidamente se puso manos a la obra a trabajar junto a la Delegación del Gobierno.

Pero la ola no paraba de crecer, y en Cataluña no daban abasto, pues se estima que llegaron a cruzar los Pirineos entre 250.000 y 300.000 personas que amenazaban con provocar; en palabras de Jota, "el colapso operacional" de todo el dispositivo.

En aquella situación de presión excepcional con los CREADE y la primera acogida saturadas se decidió adoptar medidas excepcionales, a las que -por una vez- sonreiría la suerte.

El coronavirus había provocado un efecto positivo, pues la siempre atestada red hotelera barcelonesa por una vez estaba vacía, pero es que, además, cuando se acudió a ellos, los hosteleros de “Barna” mostraron su mejor disposición para colaborar, llegando a ofrecer sus cotizados alojamientos a "precio-ministerio", que suele suponer más una mera compensación que un verdadero pago a precio de mercado. Los hosteleros predicaron con el ejemplo y empeñaron su bien más preciado -sus alojamientos- para arrimar el hombro en esta empresa.

Y no fueron los únicos que lo hicieron, su Ayuntamiento también estuvo a la altura. El servicio de autobuses urbanos de Barcelona, con el plácet de su alcaldesa, se volcaron en el dispositivo de transporte que iba desde el aeropuerto del Prat hasta los lugares de acogida, haciendo un esfuerzo que quizás pasó desapercibido, pero que fue vital para mover a decenas de miles de personas cuando todo parecía a punto de colapsar.

La auténtica guerra

Mientras tanto, el Ministerio de Defensa libraba una batalla más de esta guerra por ayudar a Ucrania al signar diversos acuerdos en los que nos comprometimos a tratar a los soldados heridos. Y es que al principio llegaban heridos por carretera, que habían hecho su odisea particular desde Polonia hasta España en un estado de salud penoso, algo que se corrigió a medida que los ministerios de Defensa ucraniano y español engrasaron su cooperación.

Los heridos graves ucranianos llegaban a Leópolis (Lvov), donde la sanidad militar ucraniana efectuaba el triaje, la clasificación, y a partir de ahí cruzaban la frontera polaca para ser transportados en aviones adaptados hasta España, donde finalmente se distribuyeron varios millares de heridos.

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El estupor del personal sanitario español era notable ante estos heridos, puesto que el grueso de ellos sufría heridas infligidas por la metralla que produce la munición de artillería, aunque también había heridos de bala, una tipología de lesiones a la que nuestros médicos no estaban acostumbrados, lo que no impidió que en el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, y en otros, se haya salvado la vida de miles de militares.

Iniciativa privada tutelada desde lo público

La acogida fue un momento en el que diversas corporaciones y empresas quisieron mejorar su imagen pública contribuyendo a la ayuda humanitaria que demandaba Ucrania, aunque ello entrañaba el riesgo de que parte de su ayuda se convirtiera en un mero circo diseñado para hacer una foto, llegar a algunas portadas para, finalmente, desentenderse.

Fue en este contexto en el que la Fundación la Caixa tomó la iniciativa de ayudar, al principio por su cuenta, pero con una buena voluntad que quedó acreditada cuando el personal de la Delegación del Gobierno les pidió que integraran sus esfuerzos con la operación realizada a nivel nacional, a la que la fundación de la entidad bancaria contribuyó con generosidad y eficacia.

La Caixa no fue la única, también la cooperativa de Guissona -que alberga una de las mayores comunidades ucranianas- aportó su granito de arena, y en realidad, lo hicieron muchas otras empresas y comunidades, eso sí, siempre tuteladas por la administración, en lo que representa un ejemplo ideal de iniciativa privada bajo tutela pública. El Estado marca estándares y encauza la corriente para que la sociedad civil y las empresas puedan desarrollar su actividad de la manera más provechosa para la sociedad.

En la actualidad, se espera que unos 175.000 ucranianos de toda esta ola decidan afincarse en España, aunque muchos van y vienen a su país natal. Los traductores prestaron su ayuda gratuitamente recibieron un diploma de reconocimiento por su esfuerzo, mientras que el equipo que orquestó la operación humanitaria, la Policía Nacional, la Guardia Civil y los Mossos de Esquadra fueron condecorados con medallas de protección civil. 

Además, algunas de las personas que hicieron posible el dispositivo han sido condecoradas por la propia Ucrania, mientras, a los civiles, empresarios, chóferes y empleados públicos y a cuantos colaboraron con esta operación humanitaria siempre les quedará la satisfacción del deber cumplido.

En la actualidad, España sigue atendiendo las necesidades de un pequeño número de civiles ucranianos, aunque mientras dure la guerra, el flujo de militares malheridos a los que atendemos se mantiene estable y se gestiona a partir del sanedrín entre el Ministerio de Defensa y el Ministerio de Exteriores.

Finalmente, el temido colapso operacional no se produjo y a medida que la Batalla de Kiev amainó también lo hizo el flujo de refugiados, dando un respiro al dispositivo estatal que, en última instancia, cosechó un auténtico éxito de país, de instituciones y de sociedad ante una situación sobrevenida que cogió por sorpresa a toda Europa. Podemos enorgullecernos de las personas que, como Jota, son un reflejo de nuestra sociedad sacando adelante grandes proyectos de la mejor manera posible: con la cooperación de todos los sectores de nuestra sociedad.

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