España y Kosovo: pasado, presente y futuro
Desde la década de los noventa, la acción exterior española ha tomado parte en la pacificación y mirada al futuro de los Balcanes Occidentales. España ha colaborado sobre el terreno en el camino de Kosovo hacia la soberanía, pero logrado el objetivo se ha negado a reconocer su estatus de estado independiente de Serbia.
Esto se debe al temor a un potencial coste político interno y al deseo de que Belgrado normalice previamente sus relaciones con Pristina, lo cual allanaría considerablemente el camino. Ahora, Exteriores podría estar buscando un equilibrio que permita el establecimiento de vínculos con las autoridades kosovares sin asumir el alto precio del reconocimiento.

De las guerras yugoslavas al momento actual
El 26 de febrero de 1999, el ejecutivo español aprueba en consejo de ministros el despliegue de tropas en lo que queda de Yugoslavia. De esta manera, España se une a la coalición militar diseñada por la OTAN, al igual que había hecho anteriormente en Bosnia. Los bombardeos de la alianza ―sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU― dan como resultado el fin de la limpieza étnica sobre los albaneses en Kosovo y la aceptación serbia de suscribir una paz negociada.
Un total de 22.000 efectivos españoles contribuirían a la estabilización del territorio durante la siguiente década, retirando el gobierno las tropas en marzo de 2009, poco después de la declaración unilateral de independencia por parte del parlamento kosovar. Aquel gesto del ejecutivo socialista ―que vino precedido por el rechazo a reconocer la emergente república― le costaría al presidente Zapatero una enérgica reprimenda del por entonces vicepresidente estadounidense Joe Biden durante un encuentro en Chile. El viraje español, consensuado por los dos principales partidos, guardaba una fuerte relación con la vivacidad de los soberanismos vasco y catalán tras sus frustrados intentos de reforma estatutaria autonómica.

En los años que siguieron no se apreciaron grandes cambios en esta materia y España apoyó por lo general la posición común europea de emplazar al diálogo a Belgrado y las autoridades que de facto gobiernan la antigua provincia serbia. No obstante, recientemente se ha hecho perceptible la voluntad del presidente Sánchez de suavizar la posición española. A instancias de la Unión Europea, el ejecutivo reconoció el pasado enero el pasaporte kosovar, en línea con las palabras del ministro Albares en las que aseguraba que España no sería un obstáculo para el diálogo entre Kosovo y Europa.
Múltiples estados europeos, entre ellos España, han presumido de unas fantásticas relaciones diplomáticas y comerciales con Serbia ―que, sin ir más lejos, firmó el pasado mayo un acuerdo con la UE para que el litio obtenido en las explotaciones serbias se quede en Europa―, pero el apoyo incondicional del presidente Vučić a las políticas de Rusia y China le impide un mayor acercamiento estratégico a la Unión. En este contexto, ¿qué pasos puede dar España respecto a Kosovo y cuáles no?
El temor a los paralelismos
«No podemos renunciar nunca a la vía unilateral porque tiene casos de reconocimiento internacional; Kosovo es un ejemplo». Es innegable que Carles Puigdemont se miró en el espejo kosovar a finales de 2017, y el movimiento independentista que el expresident colidera continúa con su empeño en la comparación a día de hoy. El pasado 27 de junio una proposición parlamentaria de Junts sobre el reconocimiento de Kosovo fue abrumadoramente rechazada debido al conocido consenso entre PSOE y PP en cuanto al enclave balcánico.
Por lo general, los intentos del independentismo de establecer una equiparación entre la cuestión catalana y el surgimiento de otros nuevos estados no han encontrado un excesivo apoyo en el exterior. Cataluña y Kosovo distan mucho de ser casos paralelos, pero las similitudes en materia legislativa y de derecho internacional son evidentes: unilateralidad, reivindicación del derecho de autodeterminación de los pueblos y violación del marco constitucional.

Esta comparación ha impedido asumir el alto coste de caer en la incongruencia a todos quienes han pasado por Moncloa durante este siglo, obviando el gran incentivo de reconocer a un aliado estratégico. Otros cuatro estados de la UE se encuentran en la misma tesitura: Chipre y Grecia creen que reconocer Kosovo sería asimilar una situación análoga a la que se da en la República Turca del Norte de Chipre, mientras que Eslovaquia y Rumanía cuentan con el dilema común de las minorías étnicas húngaras, de las cuales temen reclamaciones.
La suavización de la posición española
En 2018, el entonces presidente Rajoy evitó personarse en la cumbre entre la UE y los Balcanes Occidentales por la participación del gobierno kosovar en el encuentro; aquel fue el último desplante español a Kosovo. Pedro Sánchez, en su intención de modular la estrategia con la república balcánica, sí participó en la reedición de 2021, con la única condición de que no fuesen expuestos símbolos que identificasen a Kosovo como un estado.
También sin banderas ni fotografías (al menos oficiales), el presidente y el Rey recibieron y saludaron a la presidenta kosovar Vjosa Osmani durante la III Reunión de la Comunidad Política Europea en 2023, siendo España anfitriona durante su presidencia del Consejo de la UE.
Asimismo, Osmani fue recientemente captada por las cámaras persuadiendo a un diplomático turco ―mientras este asentía― de tratar de presionar al ejecutivo de Sánchez sobre un posible reconocimiento. Al mismo tiempo, Erdogan se encontraba de visita oficial en España, por lo que es probable que aquel fuese uno de los puntos del día en su encuentro en la Moncloa.
La tentadora vía griega
La admisión del pasaporte kosovar como documento válido ha significado la acción más contundente por parte del ejecutivo socialista respecto al potencial establecimiento de unas relaciones diplomáticas entre ambos países. Con ello se hace evidente que, en la práctica, España está reconociendo a la autoridad expedidora de estos documentos: el Ministerio del Interior de la República de Kosovo.
España puede dar algún paso más y una breve mirada hacia Grecia podría ser clave. El primer ministro Mitsotakis ha recordado en ocasiones recientes que la postura de su gobierno en torno al no reconocimiento permanece inalterable. No obstante, el mandatario griego no ha tenido problema en ser fotografiado en conversaciones con la presidenta Osmani y el primer ministro Kurti en varias cumbres europeas, evidenciando la ambigüedad de su posicionamiento.
Más llamativa si cabe es la existencia de una "Oficina de Enlace" de Grecia en Kosovo, así como la de un centro de expedición de visados kosovares que opera sin bandera en Atenas. La oficina griega ―que niega ser una representación diplomática― incluye una sección consular que España podría replicar en Pristina, puesto que la embajada en Belgrado no asiste a los españoles desplazados a ciudades kosovares. Asimismo, es la representación en Skopje la que ofrece asistencia consular en este territorio. Esto implica, una vez más ―tras los pasaportes―, que España ya considera implícitamente a Kosovo un territorio externo a Serbia.