Francia, un callejón sin salida
Emmanuel Macron decidió arriesgar, y el riesgo le devolvió la mirada. Las elecciones parlamentarias convocadas por el presidente en 2024 arrojaron un resultado dividido en tres grandes bloques: la izquierda del Nuevo Frente Popular, la derecha de Los Republicanos y la extrema derecha de Reagrupación Nacional. Aunque la izquierda fue la más votada, ninguna de las tres formaciones obtuvo la mayoría suficiente para formar gobierno. Así, Francia vive hoy en la parálisis y el estancamiento político, con tres primeros ministros en apenas dos años.

Adiós a Bayoru
Tras la fugaz gestión de Michel Barnier, que apenas resistió tres meses en el cargo, Emmanuel Macron recurrió a François Bayrou, una figura centrista pensada para encabezar el nuevo gobierno. Bayrou aspiraba a ser el rostro de la moderación: alguien incapaz de levantar pasiones, pero también de acumular demasiados enemigos, con la esperanza de que esa tibieza bastara para garantizar la estabilidad del ejecutivo y el país. El problema es que la tormenta económica que se llevó por delante a Barnier sigue presente con Bayrou.
Francia carga con una deuda pública equivalente al 114% de su PIB y un déficit desbocado. Hoy, el desequilibrio presupuestario ronda el 5,4%, muy por encima del límite del 3% que impone Bruselas. Incumplir estos objetivos expone al país a sanciones económicas que solo añadirían presión a unas cuentas públicas ya asfixiadas. Mientras tanto, los mercados castigan la falta de rumbo: la prima de riesgo francesa no deja de escalar, ha superado a la griega y se mueve ya en niveles similares a los de Italia.
En este contexto, Bayrou, al igual que Barnier, tuvo que presentar un presupuesto con un ajuste de gasto significativo. Para reducir el déficit a niveles aceptables, Francia no solo debía gastar menos, sino también recaudar más. Bayrou propuso un plan de recortes de 44.000 millones de euros que contemplaba la supresión de dos días festivos y la congelación de pensiones y prestaciones sociales. Con estas medidas, el déficit se reduciría al 4,6%, con una hoja de ruta que marcaba como objetivo acercarse al 3% para 2030.
Como era de esperar, estas medidas son impopulares entre el electorado francés, y ninguno de los tres bloques quiere asumir el coste las mismas antes de las elecciones locales de marzo y las presidenciales de 2027. En este sentido, las elecciones de 2024 iniciaron un proceso de campaña constante en el que siguen operando los partidos franceses, deseosos de que sea el otro quién tome decisiones impopulares antes de las elecciones. A este escenario cabe añadir la propia personalidad de Bayrou, visto como alguien arrogante y altivo, reduciendo aún más la posibilidad de un acuerdo.

Consciente del inminente bloqueo presupuestario, Bayrou decidió adelantarse y presentar una moción de confianza antes de iniciar la negociación. Necesitaba 289 votos para mantenerse en el cargo. El desenlace fue rotundo: 364 votos a favor, entre ellos 17 de su propia coalición.
Bayrou, por tanto, no tuvo más remedio que presentar su dimisión. Con ello se abrió un nuevo capítulo en la ya extensa saga de inestabilidad de la Asamblea Nacional, donde ninguno de los caminos que se abrían ante Macron resultaba prometedor.
El presidente disponía, en esencia, de tres opciones. La primera consistía en perseverar en la línea de Barnier y Bayrou, apostando por un perfil centrista y moderado capaz de tejer acuerdos con los socialistas para aprobar un presupuesto y ganar tiempo hasta 2026. El obstáculo era evidente: la aritmética parlamentaria no cambiaba, y quien asumiera el cargo heredaría exactamente los mismos bloqueos que precipitaron la caída de sus predecesores.
La segunda vía pasaba por un giro hacia la izquierda, nombrando directamente a un candidato socialista con la expectativa de sumar el respaldo del Frente Popular. Pero esta jugada chocaba de lleno con la oposición férrea de Los Republicanos, cuyo apoyo seguía siendo imprescindible.
La tercera alternativa consistía en recurrir a un perfil técnico, una fórmula ya probada en Italia en momentos de fragmentación política, con la misión de garantizar una mínima estabilidad institucional y sortear el desgaste partidista.
Macron optó rápidamente por la primera opción y nombró a Sébastien Lecornu, un perfil moderado, para ocupar el cargo. La rapidez de la decisión se debió principalmente a la voluntad de evitar elecciones anticipadas y a la necesidad de contar con un nuevo primer ministro antes del 18 de septiembre, fecha en la que estaba convocada una huelga general. Además, el tiempo apremiaba especialmente porque los presupuestos de 2026 debían debatirse en octubre para ser promulgados en diciembre.

Un camino difícil
Macron ha decidido buscar consuelo en la frase “a la tercera va la vencida”, repitiendo por tercera vez la misma idea que ya fracasó en dos ocasiones. La búsqueda de un candidato moderado que sea capaz de poner de acuerdo a los diferentes bloques. Desde luego, no será una tarea sencilla.
A la complicada situación económica de Francia hay que sumar la crisis institucional, la contestación en la calle en forma de huelgas generales, y un contexto geopolítico adverso, todo ello bajo la sombra de las elecciones presidenciales de 2027. Por si fuera poco, Lecornu deberá resolver la situación en tiempo récord para poder presentar los presupuestos antes de diciembre –y que cuadren las cuentas–.
Más allá de sus fronteras, la crisis francesa representa un desafío muy significativo para la Unión Europea. En un contexto de hostilidad por parte de Estados Unidos, guerra en el continente y creciente rivalidad con China, Bruselas se encuentra en un momento decisivo. Es ahora cuando el liderazgo resulta clave. El presidente francés siempre ha mostrado esa ambición por liderar, pero, debilitado internamente y con su mandato acercándose a su fin, resulta complicado que el renacimiento del eje franco-alemán, tan necesario para Europa, pueda consolidarse.
