Corría el otoño de 2022 y Liz Truss apenas llevaba unas semanas como primera ministra del Reino Unido cuando The Economist publicó una columna bautizándola como "the Iceberg Lady" y augurándole la vida útil de una lechuga.

El tabloide Daily Star lo convirtió en un fenómeno global: puso una lechuga de supermercado frente a una cámara junto a una foto de Truss y preguntó: "¿Cuál de las dos aguantará más?". La lechuga ganó. Los medios británicos hablan de la "puerta giratoria del número 10" para describir el desfile de primeros ministros que entran y salen sin apenas tiempo para hacer las maletas.

Sir Keir Starmer, diputado y primer ministro (Holborn y St Pancras, Partido Laborista)
Sir Keir Starmer, diputado y primer ministro. Fuente: Holborn y St Pancras, Partido Laborista

Brexit: contigo empezó todo

El Reino Unido se encuentra inmerso en un proceso de deterioro institucional. Seis primeros ministros en diez años, cuatro de ellos en apenas cuatro. La rotación en Downing Street ha erosionado la autoridad del ejecutivo, vaciado de credibilidad al Parlamento y quebrado la confianza pública en el sistema de Westminster. Los medios británicos describen el Parlamento como una institución degradada tanto física como funcionalmente. Keir Starmer llegó prometiendo estabilidad. Tampoco él la ha traído.

La victoria aplastante de los laboristas en 2024 se interpretó como un mandato para reconstruir Reino Unido después de años de caos político. Sin embargo, el hundimiento de Starmer muestra hasta qué punto el cargo se ha vuelto cada vez más insufrible. Su gobierno se vio desbordado por una tormenta perfecta: estancamiento económico, presión migratoria, deterioro de los servicios públicos, descenso de la productividad, inseguridad energética e inestabilidad vinculada a Ucrania y Oriente Próximo. El primer ministro contemporáneo ya no preside una jerarquía capaz de gestionar las crisis en orden; ahora éstas se acumulan en paralelo. 

La estabilidad era la mejor baza de Starmer. Tenía experiencia y cierto pedigrí diplomático. Era una persona respetada en los círculos políticos. Pero rápidamente quedó atrapado en un ciclo de expectativas contradictorias. Se esperaba que restaurase la credibilidad fiscal mientras protegía el Estado del bienestar, que mejorase los servicios públicos sin erosionar la confianza de los mercados. Reformas pequeñas, tímidas y lentas, incapaces de transformar nada, pero lo suficientemente dolorosas como para generar rechazo político. Acabó proyectando una imagen de indecisión permanente. 

El primer ministro Keir Starmer posa con miembros de su gabinete para la fotografía oficial del gabinete en el número 10 de Downing Street. Fotografía de Simon Dawson / No 10 Downing Street
El primer ministro Keir Starmer posa con miembros de su gabinete para la fotografía oficial del gabinete en el número 10 de Downing Street. Fuente: Simon Dawson / No 10 Downing Street

Al fin y al cabo, la figura del primer ministro británico depende enormemente de una percepción de autoridad. En el momento en que esa percepción desaparece, el poder se evapora rápidamente. Y con una sociedad cada vez más agotada y frustrada con sus instituciones, esto es terminal. El Brexit rompió el viejo equilibrio sin crear uno nuevo. Muchos británicos sienten que el país sigue igual o peor. Y cuando una sociedad atraviesa esa experiencia, la frustración no desaparece. Busca nuevos vehículos políticos, como es la figura de Nigel Farage y Reform UK. 

Farage entendió algo antes que muchos otros: había una fractura profunda entre amplios sectores de la sociedad y el establishment político británico. Starmer nunca encontró una respuesta clara para hacerle frente. Su estrategia giraba en torno a recuperar votantes obreros seducidos por Reform UK, lo que le llevó a endurecer sus posiciones sobre inmigración y seguridad nacional. El resultado fue que acabó perdiendo apoyo por ambos lados: los votantes progresistas comenzaron a verlo como un líder sin convicciones, mientras que quienes simpatizaban con Farage preferían el original a una versión descafeinada.

Un Reino sin futuro ni esperanza

Existe una sensación persistente de decadencia institucional. La crisis del NHS. La infraestructura envejecida. El problema de la vivienda. La pérdida de peso internacional. Unas fuerzas armadas debilitadas. La dependencia económica de la UE. Todo ello alimenta una narrativa de declive que Starmer fue incapaz de contrarrestar. Quiso gobernar con cautela, pero esa cautela fue leída como debilidad. Y esa fragilidad interna condicionó profundamente su política exterior.

Nigel Farage habla en Devon 2024
Nigel Farage durante un acto de campaña en Devon. Fuente: Gran Enciclopedia Noruega

Una de sus prioridades fue reconstruir las relaciones con la Unión Europea sin reabrir formalmente el debate del Brexit. En materia de seguridad y defensa, Starmer intentó devolver al Reino Unido al núcleo de la coordinación estratégica europea. Para ello, su ministro de Exteriores, David Lammy, introdujo un concepto clave: el "realismo progresista". Una idea que intenta combinar dos tradiciones que nunca han terminado de encajar dentro de la izquierda británica: el compromiso con los derechos humanos, la cooperación internacional y la diplomacia multilateral, y la aceptación de que el mundo vuelve a organizarse según la realpolitik, con las grandes potencias compitiendo en función de sus intereses estratégicos.

Starmer no solo mantuvo el apoyo a Kiev, sino que lo convirtió en una pieza esencial de su legitimidad internacional. Era su oportunidad para demostrar el compromiso británico con la alianza atlántica tras años de turbulencias internas. Pero el contexto global cambió más rápido de lo previsto. La llegada de Trump a la Casa Blanca hizo saltar por los aires sus planes: Trump representaba exactamente el tipo de política disruptiva contra la que Starmer había construido toda su imagen.

Al mismo tiempo, el Reino Unido seguía dependiendo enormemente de Estados Unidos en materia de seguridad, inteligencia y defensa. Starmer optó por una diplomacia extremadamente cautelosa con Trump: evitó la confrontación directa e intentó mantener abiertas las líneas de comunicación. El reto era preservar la relación con Washington sin parecer subordinado a un presidente imprevisible y abiertamente hostil hacia sus aliados europeos.

El presidente Donald Trump y el primer ministro británico Keir Starmer ofrecen una rueda de prensa en Chequers al concluir su visita de Estado el jueves 18 de septiembre de 2025 en Aylesbury, Inglaterra. (Foto oficial de la Casa Blanca por Andrea Hanks)
El presidente Donald Trump y el primer ministro británico Keir Starmer ofrecen una rueda de prensa en Chequers al concluir su visita de Estado el jueves 18 de septiembre de 2025 en Aylesbury, Inglaterra. Fuente: Foto oficial de la Casa Blanca por Andrea Hanks

Eso lo llevó a cometer uno de sus errores más polémicos: el nombramiento de Peter Mandelson como embajador británico en Washington. Starmer ignoró las advertencias internas y priorizó la idea de que Mandelson podía conectar con Trump y con los círculos de poder estadounidenses. Cuando la operación salió mal, el daño político fue enorme. 

Starmer intentó también reencauzar la relación con China mediante una visita histórica a Pekín en la que anunció un "reset" con el gigante asiático. Su enfoque refleja su carácter profundamente institucionalista: cree en el funcionamiento ordenado de los sistemas internacionales y en la necesidad de mantener vínculos económicos con China, pero al mismo tiempo forma parte de una arquitectura occidental cada vez más preocupada por la expansión estratégica del gigante asiático.

Un país sin rumbo y muchos problemas de difícil solución

La principal crítica a Starmer es que nunca consiguió realmente articular una visión clara sobre qué lugar quiere ocupar el Reino Unido en el mundo. El contexto internacional actual castiga mucho la ambigüedad. ¿Una potencia atlántica? ¿Un socio europeo externo? ¿Un puente entre Washington y Bruselas? Starmer ha intentado mantener abiertas todas las posibilidades al mismo tiempo. La guerra en Oriente Próximo y las tensiones en el estrecho de Ormuz revelaron hasta qué punto el Reino Unido tiene dificultades para proyectar fuerza militar sostenida. 

El primer ministro Keir Starmer se reúne con el presidente chino Xi Jinping en una reunión bilateral en el Gran Salón del Pueblo. Fotografía de Simon Dawson / No 10 Downing Street.
El primer ministro Keir Starmer se reúne con el presidente chino Xi Jinping en una reunión bilateral en el Gran Salón del Pueblo. Fuente: Simon Dawson / No 10 Downing Street.

Si cae Starmer después de llegar al poder con una mayoría gigantesca, el mensaje que recibe la sociedad británica es demoledor: incluso el candidato de la estabilidad fracasa. Cabe recordar que Starmer es, probablemente, un político más serio y competente que sus predecesores. Pero eso ya no parece suficiente. El problema británico ha dejado de ser solo una cuestión de gestión. Es una crisis de legitimidad, de identidad nacional. El país todavía no ha decidido qué quiere ser después del Brexit. Mientras no lo haga, cualquier primer ministro gobernará sobre arenas movedizas.

Fuentes

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