Más allá del eje franco-alemán, incontestable núcleo del poder europeo, las alianzas y esferas de influencia se redefinen constantemente dentro de la UE. Cambios en los gobiernos, estrategias y contextos provocan que el ejercicio de poder sea una realidad muy fluida con países que ganan o pierden influencia constantemente. 

Uno de los países donde más se aprecia esta dinámica es Polonia, que ha pasado de pilar europeo del Este a ser un paria en Bruselas, para ahora tratar de recuperar esa influencia perdida gracias al nuevo tinte europeísta de su gobierno. 

La recuperación de Polonia para la causa europea es una gran noticia para Bruselas, que tratará de capitalizar la nueva actitud de Varsovia. Para consolidar esta influencia creciente existen diversas herramientas, entre ellas destaca una iniciativa trilateral que, si bien no es nueva, podría aprovechar el contexto actual para revitalizarse y ser un grupo a tener en cuenta.

El Triángulo París, Berlín, Varsovia

El conocido como Triángulo de Weimar nace en 1991, en pleno contexto de disolución de la Unión Soviética y advenimiento de un nuevo orden europeo. Los ministros de exteriores de Francia, Alemania y Polonia se reunieron en la ciudad alemana de Weimar con el objetivo de reforzar su cooperación trilateral y, especialmente, facilitar la integración europea de Polonia. 

Las relaciones entre Polonia y Alemania han sido (y continúan siendo) complejas desde el punto de vista histórico por lo que, a pesar del entusiasmo alemán por la ampliación hacia el Este, un formato bilateral podría ser complicado de articular. 

La inclusión de Francia, por tanto, servía para hacer el formato más digerible, hacer de puente entre ambos y comenzar a tejer cierta influencia en el Este de Europa de la que el país galo adolecía, algo que los tres integrantes del grupo consideraban poco deseable. Además, Francia aportaba su propia experiencia de reconciliación con Alemania, un proceso complejo y con altibajos, pero de enorme éxito como prueba la incipiente construcción europea.

Cumbre del Triángulo de Weimar en Wilanów con la participación de los Presidentes de Polonia, Francia y la Canciller de Alemania, 7 de febrero de 2011. Fuente: prezydent.pl
Cumbre del Triángulo de Weimar en Wilanów con la participación de los Presidentes de Polonia, Francia y la Canciller de Alemania, 7 de febrero de 2011. Fuente: prezydent.pl

El formato no se institucionalizó en busca de la flexibilidad y, más allá de la integración polaca, no tenía objetivos claros. El Triángulo de Weimar no iba de nada en concreto y, precisamente por eso, podía ir de todo. De manera que, en la práctica, el formato suponía una serie de reuniones periódicas variables entre los representantes de los tres países. 

Polonia entró en la Unión Europea en 2004, cumpliendo el objetivo principal del formato pero, al mismo tiempo, quitándole buena parte de su razón de ser. Desde entonces, como iniciativas destacadas podemos citar la influencia del Triángulo en las protestas del Maidan en Ucrania en 2014, cuando trazaron una oferta de paz entre los manifestantes y el entonces presidente Yanukovich o la creación en 2011 de un Battlegroup conjunto. 

Sin embargo, a partir de la entrada de Polonia en las instituciones europeas, la actualidad del formato se centró más en los intentos por revivirlo que en progresos tangibles. La situación se deterioró definitivamente a partir de 2016, con la llegada del partido político Ley y Justicia, que acabó con la influencia que Varsovia pudiera tener en la UE y deterioró significativamente las relaciones tanto con Francia como con, especialmente, Alemania, dejando al grupo en un letargo hasta nuestros días.

El despertar

Actualmente estamos en uno de esos periodos en los que se trata de resucitar el formato y esta vez convergen distintos factores que hacen que estos esfuerzos puedan ser exitosos. En primer lugar, el contexto de guerra en Europa obliga a los países europeos a trabajar conjuntamente y de manera estratégica, algo en lo que se había sido históricamente negligente, especialmente en términos de defensa. 

: Militares y policías ucranianos en la aldea recuperada de Klishchiivka en la región de Donetsk en Ucrania. Fuente: Policía Nacional de Ucrania
Militares y policías ucranianos en la aldea recuperada de Klishchiivka en la región de Donetsk en Ucrania. Fuente: Policía Nacional de Ucrania

En segundo lugar, la debilidad del eje franco-alemán con una relación tirante entre ellos; una Francia centrada en sus problemas internos sin sucesor claro del presidente Macron bajo la amenaza siempre presente de la extrema derecha y una Alemania liderada por una coalición de gobierno cada vez más débil. 

Esta debilidad genera la necesidad de ambos de buscar nuevos aliados, una tercera pata del eje que sea lo suficientemente robusta como para poder apoyarse en ella cuando empiece a tambalearse. Este tercer actor no sería una extensión permanente e iría cambiando en función de la necesidad, países como España, Italia o incluso Países Bajos también juegan este papel y sería de utilidad incorporar a Polonia con respecto a algunos asuntos donde goza de más credibilidad, como la defensa. 

Por último, y más importante, el cambio de gobierno en Polonia permite a Varsovia reconstruir sus relaciones no sólo con París y Berlín sino con la UE en su conjunto, enterrando definitivamente su conflicto con la Comisión y convirtiéndose en un actor constructivo y fiable dentro de la UE.

Desde el punto de vista polaco, su influencia ya venía creciendo a raíz de la invasión de Ucrania, antes de la llegada del nuevo gobierno. Sus temores hacia Rusia se probaron ciertos y eso reforzó su posición en materia de política exterior y defensa, sin embargo, el euroescepticismo de Ley y Justicia hacían imposible que está influencia se trasladara más allá de la situación ucraniana. Ahora, el gobierno polaco tiene la opción de utilizar el Triángulo de Weimar como plataforma para aumentar su influencia sobre la base de la seguridad y defensa, donde ya tiene credibilidad.

Los primeros ministros de Ucrania y Polonia se dan la mano cerca de los tanques Leopard 2 proporcionados por Polonia a Ucrania. Fuente: Kmu.gov.ua
Los primeros ministros de Ucrania y Polonia se dan la mano cerca de los tanques Leopard 2 proporcionados por Polonia a Ucrania. Fuente: Kmu.gov.ua

Y es que esta es la clave de la posible resurrección de Weimar. Los tres países difieren en importantes cuestiones como el cambio climático, la relación que se debería tener con EEUU, las reglas fiscales o incluso la visión general sobre la integración europea. Si el formato se amplía demasiado en su alcance, tarde o temprano se llegará a un cuello de botella que impedirá que se articule como una herramienta útil de influencia. 

Si se centra en la defensa, donde los intereses de los tres países, con sus matices, parecen converger y el contexto además es propicio, el Triangulo de Weimar puede convertirse en la punta de lanza de mayor integración europea en defensa o, al menos, del repunte industrial en el sector.

Adicionalmente, la flexibilidad del formato permite reformularlo con facilidad. En ese sentido, podría ampliarse a países como Italia, para incluir a los mayores poderes militares de la UE, o incluso a Reino Unido, un actor fundamental en términos militares para el continente y que ya ha mostrado su disposición a aumentar la cooperación con la UE en materia de seguridad y defensa. 

El Triángulo tendrá que afrontar también grandes retos y el camino no será fácil. En Polonia la oposición ha atacado a Donald Tusk por estar demasiado próximo a Alemania, tildándole de marioneta de los intereses alemanes, por lo que tendrán que equilibrar el acercamiento a Berlín y medir bien los tiempos si no quieren asumir un gran coste político. 

Tusk con el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy en Bruselas, junio de 2019. Fuente: President.gov.ua
Tusk con el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy en Bruselas, junio de 2019. Fuente: President.gov.ua

En Alemania, asumir una posición de liderazgo en defensa implica necesariamente aumentar el gasto, algo que puede ser problemático por la división de opiniones en su propia coalición de gobierno y el papel del Tribunal Constitucional alemán, siempre contrario a aumentar el gasto. 

Para Francia, la defensa se percibe principalmente como iniciativa para reforzar la industria europea y de reducción de la dependencia exterior, especialmente de Estados Unidos, y esto puede chocar con la necesidad de aumentar las capacidades europeas rápidamente. Todos estos factores son susceptibles de generar tensiones y poner trabas a este resurgir del Triángulo de Weimar, aunque ninguno de ellos parece un obstáculo insalvable y los incentivos e intereses comunes superan las posibles disputas, por lo que el espacio para llegar a un acuerdo es grande. 

Veremos si el eje París, Berlín, Varsovia logra aprovechar la situación para consolidarse como un elemento de influencia a escala europea o si este no es más que uno de los múltiples intentos por reestablecer el formato. 

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