Cuando uno observa China desde fuera, la imagen que proyecta Xi Jinping es la de un líder calmado, disciplinado, al frente de un sistema absolutamente controlado. Sin embargo, detrás de esa apariencia de estabilidad se está desarrollando una de las mayores sacudidas políticas y militares de la historia reciente de la República Popular China. ¿Por qué Xi Jinping está purgando el ejército? ¿Qué está pasando realmente?

El presidente chino Xi Jinping (izquierda) pone la mano sobre el hombro de su predecesor, Hu Jintao, durante la ceremonia de inauguración del XX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, el 16 de octubre de 2022. Foto: Kyodo
El presidente chino, Xi Jinping (derecha), pone la mano sobre el hombro de su predecesor, Hu Jintao, durante la ceremonia de inauguración del XX Congreso Nacional del Partido Comunista de China, el 16 de octubre de 2022. Tan solo unos días después, durante la sesión de clausura del mismo Congreso, Hu sería escoltado dramáticamente fuera de la asamblea, un hecho que la prensa oficial atribuyó a problemas de salud, pero que a nivel internacional fue interpretado como un símbolo de la ruptura histórica de Xi con el legado político del pasado. Fuente: Kyodo

Corrupción y poder: excusa y objetivo

Desde que Xi Jinping llegó al poder en 2012, la campaña anticorrupción se ha convertido en uno de los ejes centrales de su gobierno, con millones de funcionarios investigados y sancionados. Dentro de las Fuerzas Armadas, la narrativa oficial sostiene que la corrupción había alcanzado niveles insoportables: ascensos comprados, redes de sobornos, contratos militares manipulados y un sistema de promoción profundamente contaminado. Esto, sin embargo, explica solo una parte de la historia.

Las purgas de Xi siempre han tenido una doble naturaleza. Son, al mismo tiempo, una campaña anticorrupción y una herramienta política destinada a reforzar la disciplina y garantizar una lealtad absoluta al liderazgo central, eliminando por el camino cualquier centro alternativo de poder. Para entender la situación actual, es necesario observar las distintas fases de este proceso. 

La primera fase comenzó poco después de la llegada de Xi al poder. Entre 2012 y 2015, la prioridad fue consolidar el control sobre el Ejército Popular de Liberación. De esta manera, las primeras purgas se dirigieron principalmente contra figuras vinculadas a redes heredadas de etapas anteriores. Entre los casos más destacados están los de Xu Caihou y Guo Boxiong, antiguos vicepresidentes de la Comisión Militar Central. El objetico era tanto castigar la corrupción como desmontar las estructuras de influencia que no dependían directamente de Xi. Con todo, esta primera fase fue limitada y muchos altos mandos permanecieron en sus puestos. 

La segunda fase llegó tras las grandes reformas militares de 2016. En ese momento, el liderazgo chino reforzó el papel político dentro de las Fuerzas Armadas y creó nuevos mecanismos de supervisión. 

Los dos ex vicepresidentes de la CMC, Guo Boxiong (izquierda) y Xu Caihou, en una sesión en el Gran Salón del Pueblo, Pekín, China, el 22 de octubre de 2007. ( CNS )
Los dos ex vicepresidentes de la Comisión Militar Central, Guo Boxiong (izquierda) y Xu Caihou (derecha), en una sesión en el Gran Salón del Pueblo, Pekín, China, el 22 de octubre de 2007. Fuente: CNS

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó tras el XX Congreso del Partido Comunista de 2022. Con el tercer mandato de Xi consolidado, las purgas dejaron de ser una herramienta de disciplina interna para convertirse en una reorganización del poder militar en su conjunto. La Fuerza de Cohetes —la élite responsable del arsenal nuclear y los misiles estratégicos— fue la primera en caer. Le siguieron el sistema de adquisiciones, los organismos de personal y varios mandos operativos. El patrón que emergía era revelador: los investigados no eran reliquias del pasado ni rivales políticos de otras facciones. Eran hombres que había nombrado el propio Xi. Dos de ellos resumen mejor que nadie lo que estaba ocurriendo: Zhang Youxia y Liu Zhenli.

Las cabezas de turco

Zhang Youxia no era un general cualquiera. Era probablemente el militar más poderoso de China después del propio Xi: vicepresidente de la Comisión Militar Central, miembro del Politburó y considerado uno de sus aliados más cercanos. Su caída fue una conmoción. 

Las acusaciones oficiales hablaban de graves violaciones de disciplina, pero los medios militares chinos insistieron en un detalle más revelador: Zhang había infringido el sistema de responsabilidad del presidente de la Comisión Militar Central —el propio Xi—. En otras palabras, había cuestionado o “debilitado” el principio según el cual todo el aparato militar debe responder directamente ante Xi Jinping. No se trataba solo de corrupción. Se trataba de lealtad.

Junto a Zhang cayó también Liu Zhenli, jefe del Estado Mayor Conjunto y uno de los máximos responsables operativos del ejército chino. Gozaba de buena reputación como profesional militar y veterano de combate, y su puesto era esencial para coordinar operaciones y sistemas de mando. Su destitución resultó sorprendente, ya que se eliminaba a uno de los oficiales más experimentados de la estructura militar china.

Zhang Youxia y Liu Zhenli. Foto: SCMP
Zhang Youxia y Liu Zhenli. Fuente: SCMP

Un nuevo sistema de lealtades

Deng Xiaoping ya observaba en 1975 que las Fuerzas Armadas chinas estaban fragmentadas en redes personales y lealtades regionales. Muchos mandos respondían más a sus propios grupos o antiguos compañeros de armas que al centro político. 

Al fin y al cabo, el Ejército Popular de Liberación surgió como una constelación de fuerzas guerrilleras descentralizadas durante la guerra civil china. Esta herencia generó una cultura donde las relaciones personales eran tan importantes como las estructuras oficiales. Xi Jinping parece estar luchando contra una versión moderna de este problema. Cualquier red suficientemente poderosa puede convertirse en una amenaza. 

El caso de Zhang Youxia ilustra esta lógica. Durante años construyó relaciones profundas dentro del ejército, desarrollando influencia sobre programas de armamento y sectores industriales. Todo ello resultaba extremadamente útil mientras servía a los objetivos del liderazgo. Pero fue precisamente esa acumulación de influencia la que acabó por convertirse en un riesgo. En la lógica de Xi, un general que puede movilizar una red para destruir a sus rivales es también alguien capaz de actuar como un centro de gravedad independiente. 

Y esto resulta incompatible con el principio fundamental que hoy domina el sistema político chino: la concentración extrema del poder. Esto puede percibirse como un éxito de Xi Jinping, ya que es capaz de purgar a cualquier persona que pueda suponer un riesgo, pero también tiene implicaciones profundas.

Durante años, Xi ha repetido que su objetivo es construir una armada capaz de “luchar y ganar guerras”. Sin embargo, las purgas están eliminando precisamente a algunos de los oficiales con mayor experiencia acumulada. Por lo tanto, la toma de decisiones se vuelve más centralizada, pero también menos informada. Si algunos altos mandos fueron castigados por expresar dudas sobre la capacidad real del ejército para alcanzar los objetivos fijados por Xi, los oficiales que asciendan en el futuro tendrán un incentivo para transmitir únicamente buenas noticias. 

Nadie quiere ser el mensajero de malas noticias en un sistema donde una crítica técnica puede interpretarse como deslealtad política. Si Zhang pudo caer, cualquiera puede caer. La consecuencia más inmediata es un miedo creciente dentro de las élites militares.

Las purgas no parecen reflejar una pérdida de control por parte de Xi. Más bien parecen demostrar hasta qué punto controla el sistema. 

Fuentes

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