Nasser Bourita: el Von Bismarck del Magreb
Por Yago Rodríguez
En el intrincado tablero geopolítico del norte de África, pocos nombres generan tanto respeto, y también controversia, como el de Nasser Bourita. Ministro de Asuntos Exteriores del Reino de Marruecos desde 2017, este diplomático ha sido apodado por algunos como "el Bismarck marroquí”.
Nacido en 1969 en la modesta localidad de Taounate, al pie del Rif, Bourita no proviene de las élites tradicionales del reino. Su historia es la de un ascenso social alimentado por el mérito, la disciplina y una temprana obsesión por la excelencia. De familia numerosa, su infancia transcurrió entre las calles de Yakuub El Mansour, un barrio obrero de Rabat donde se mezclaban los sueños de la clase media emergente con la crudeza del éxodo rural.

En ese entorno, entre el bullicio del fútbol callejero y las tensiones de un Marruecos en plena absorción del Sáhara Occidental, el joven Bourita se formó académicamente. Completó sus estudios en la escuela pública, sin pasar por el Liceo Francés ni el elitista Colegio Real, y obtuvo una licenciatura en Derecho en la Universidad Mohamed V de Rabat. Su interés por los asuntos internacionales lo llevó a especializarse en Relaciones Internacionales y Derecho Internacional Público.
Pero más allá del currículo académico, quienes lo conocen destacan su carácter “germánico”: meticuloso, reservado y enormemente trabajador. Fanático del Bayern de Múnich en su juventud, se sintió atraído por el orden y la disciplina que representaba la cultura alemana. Esta influencia marcaría su estilo profesional.
En 1991, con apenas 23 años, accedió al cuerpo diplomático en el primer puesto de su promoción. Era el comienzo de una carrera que, sin padrinazgos ni apellidos ilustres, lo llevaría a ocupar los más altos cargos del Ministerio de Asuntos Exteriores. En los años 90 sirvió en Viena y Bruselas, ciudades que reforzaron su visión estratégica y donde, en opinión de este autor, es muy posible que conociera a su esposa, una filóloga especializada en literatura germánica.
Uno de los momentos clave de su formación profesional fue su paso por la Misión Permanente de Marruecos ante la ONU, donde fue apadrinado por Abderrahim Benmoussa, un diplomático veterano que lo introdujo en la lectura de historia, filosofía y teoría de gestión. “Cada semana me entregaba un paquete de libros y me decía: los discutiremos el lunes”, recordaría años después. Así se forjó el pensamiento estratégico de un hombre que hoy lidera la política exterior del reino.
La consagración profesional llegó con la gestión del conflicto del Sáhara Occidental, una de las piedras angulares de la diplomacia marroquí. Bourita fue ascendiendo dentro del aparato diplomático gracias a su eficacia en Naciones Unidas, donde contribuyó activamente a bloquear el Plan Baker II, que planteaba un referéndum sobre la independencia del Sáhara. En 2009 fue nombrado jefe de gabinete del Ministerio de Exteriores, y en 2011, secretario general del Ministerio.
Desde entonces, su sello se ha impuesto: gestión por objetivos, microcontrol y exigencia extrema. “Leo entre 400 y 500 páginas de correos diarios”, confesó en una entrevista. “Desde notas triviales sobre los frenos de un coche oficial hasta documentos estratégicos.” Su filosofía es clara: “El 90% de la diplomacia es trabajo. Solo el 10% es inspiración”.
En 2017, el rey Mohamed VI lo eligió como Ministro de Exteriores, y con ello empezó una nueva etapa en la política internacional de Marruecos. Con Bourita al frente, Rabat dejó de lado la diplomacia de contención para abrazar una diplomacia de proyección. Marruecos pasó de la “política de la silla vacía” —abandonar organizaciones hostiles— a la “política de la silla llena”: ocupar todos los espacios posibles para contener al Polisario.
Esta estrategia se plasmó en el regreso de Marruecos a la Unión Africana en 2017, tras décadas de ausencia por la inclusión de la República Árabe Saharaui Democrática. Bourita acompañó al rey en una gira diplomática por África subsahariana, abriendo embajadas en países tradicionalmente favorables al Polisario como Ruanda, Tanzania, Mozambique o Benín. También impulsó el fondo soberano Ithmar Capital y promovió proyectos de infraestructura como el gasoducto Marruecos-Nigeria y plantas de fertilizantes en Etiopía.
El otro gran golpe diplomático llegó con los Acuerdos de Abraham. Aunque Marruecos se sumó más tarde, Bourita supo convertir la normalización de las relaciones con Israel en una oportunidad estratégica: a cambio, obtuvo el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Fue un triunfo sin precedentes que alineó a Rabat con Washington y Jerusalén, provocando una cascada de apoyo de otros países.

No todos los momentos han sido fáciles. En 2021, Marruecos protagonizó una grave crisis diplomática con España, después de que Madrid acogiera en secreto al líder del Polisario, Brahim Ghali. Bourita fue quien defendió una respuesta dura. En mayo de ese año, más de 9.000 migrantes cruzaron de forma masiva a Ceuta. La imagen de menores atravesando a nado la frontera generó una ola de indignación, pero también sirvió para demostrar el poder de Marruecos en la frontera sur de Europa.
Pocos meses después, el presidente español Pedro Sánchez reconoció públicamente la propuesta marroquí como base para la solución del conflicto saharaui, lo que significó una rendición tácita ante Rabat. Francia y Alemania seguirían caminos similares después.
Hoy, Nasser Bourita lidera una diplomacia que combina pragmatismo, presión y visión a largo plazo. Con él, Marruecos ha reforzado su papel en África, consolidado sus lazos con las grandes potencias, y ha logrado avances notables en la causa nacional del Sáhara Occidental. Lejos de la imagen clásica del diplomático ceremonial, Bourita representa una nueva generación de estrategas que entienden la política exterior como una extensión meticulosa del interés nacional.

Casado y padre de dos hijos, Bourita no da muchas entrevistas. Prefiere trabajar en la sombra, con la certeza de que la diplomacia no es espectáculo, sino estrategia. Si algo ha demostrado en estos años es que, en el ajedrez internacional, Marruecos ya no juega a la defensiva.
Con la brújula de Mohamed VI y la hoja de ruta de sus propios objetivos, Nasser Bourita ha llevado al Reino al centro del tablero regional. Y lo ha hecho con una fórmula simple pero exigente: trabajo, disciplina y visión.