Nayib Bukele: ¿héroe o tirano?
Hace nueve años, San Salvador era conocida como la capital mundial del homicidio. En 2015, con una tasa de 103 asesinatos por cada 100.000 habitantes, el país era uno de los más inseguros del planeta, rehén de las guerras entre las diferentes bandas y con un sector público incapaz de hacerle frente al crimen. Ocho años más tarde, en 2023, dicha tasa había bajado a 2,4 asesinatos por cada 100.000 habitantes, convirtiendo El Salvador en una de las naciones más seguras de Centroamérica.

Este cambio radical en la situación de El Salvador tiene nombre y apellidos: Nayib Bukele. Desde su ascenso al poder en 2019, el mandatario salvadoreño emprendió una serie de reformas masivas y altamente controvertidas, dirigidas a combatir la inseguridad en el país. A día de hoy, algunas personas lo consideran un “salvador”, mientras que otras lo perciben como un “tirano”. ¿Cómo ha conseguido Bukele acabar con la deplorable situación del país? ¿Qué polémicas está protagonizando para ser conocido como el “mejor dictador del mundo”?
El Salvador perteneció a la Capitanía General de Guatemala dentro del Virreinato de Nueva España hasta su independencia en 1821. A partir de dicho año, El Salvador pasó a formar parte de las Provincias Unidas de Centroamérica (más tarde República Federal de Centroamérica) que acabó por disolverse 38 años después, siendo el pequeño país latinoamericano el último en independizarse de dicha federación.
Sin muchos recursos naturales y sin una estructura administrativa propia consolidada, El Salvador como estado independiente tuvo un comienzo un tanto difícil. La economía por aquel entonces subsistía a base de la agricultura y la ganadería, de hecho, el periodo entre 1876 y 1931 se conoce como la “República Cafetalera”, ya que el café se convirtió en la base de la economía del país.

La drástica caída de los precios del café en la década de 1930 sumió a El Salvador en un periodo de crisis económica que facilitó la instauración de regímenes dominados por gobiernos militares. Este contexto marcó el inicio de un prolongado militarismo que, entre otras consecuencias, desembocaría en la Guerra Civil que tuvo lugar entre 1980 y 1992. Dicha guerra devastó el país de todas las maneras posibles: más de 70.000 muertos, instituciones “desaparecidas” y un estado que ya no era capaz de proveer servicios básicos como sanidad, educación y (lo que sería determinante para el aumento de la criminalidad) seguridad.
Mientras Estados Unidos apoyaba al régimen salvadoreño contras las fuerzas revolucionarias (comunistas y otros) el vacío legal e institucional favoreció la creación de bandas criminales. En este sentido, los gobiernos pre-Bukele intentaron poner en marcha diferentes planes para reducir la criminalidad, aunque sin éxito alguno. Debido a la inseguridad y la situación económica del país, muchos decidieron emigrar; en la actualidad hay dos millones de salvadoreños en el extranjero, que es el equivalente a un tercio de la población de seis millones que tiene El Salvador a día de hoy. No obstante, tras las elecciones de 2019 todo daría un giro radical.

Nayib Bukele nació en 1981, recién empezada la Guerra Civil. Sus padres eran de ascendencia palestina, de ahí que tenga un nombre un tanto extraño para un país hispanohablante. Sus abuelos emigraron de Palestina a El Salvador a principios del siglo XX y llegaron a construir lucrativos negocios en el país. Se puede decir que Bukele “nunca pasó hambre” y que perteneció desde pequeño a la cima de la pirámide económica de El Salvador en contraste con la pobreza del resto de la población.
Nayib dejó la carrera de derecho en sus primeros años para trabajar en una de las empresas de su padre. Poco a poco fue escalando en dichas empresas hasta convertirse en director presidente de la compañía 4am Saatchi & Saatchi, enfocada en la publicidad. Dada la naturaleza de estas empresas, Bukele mantuvo estrechas relaciones con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), uno de los partidos políticos principales de El Salvador, para el cual producía su propaganda política.

Bukele acabó afiliándose a este partido, con el cuál logró vencer en las elecciones municipales de Nuevo Cuscatlán, un pequeño municipio a las afueras de la capital. Ya entonces era conocido como un personaje arrogante a la vez que ambicioso. Su dominio de las redes sociales para movilizar a sus votantes le permitió crecer en popularidad y ganar las elecciones municipales de San Salvador. Tras algunas discrepancias con los miembros del FMLN y diferentes escándalos de corrupción, Bukele decidió fundar su propio partido en 2017 llamado Nuevas Ideas.
Al no lograr inscribir a tiempo su propio partido para participar en las elecciones presidenciales de 2019, Nayib Bukele optó por unirse al partido Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA), utilizando esta plataforma para formalizar su candidatura. El 3 de febrero de 2019, Bukele logró una contundente victoria al obtener el 53% de los votos escrutados, poniendo fin a tres décadas de hegemonía política del FMLN, su antiguo partido.

Además de convertir el Bitcoin en una de las monedas oficiales del país y otras curiosas reformas, la prioridad de Bukele fue acabar con el crimen, que llevaba aterrorizando a los salvadoreños durante décadas. ¿La solución? Mano dura como no se había visto nunca antes.
En 2022, Bukele usó un repunte en la tasa de homicidios para declarar el “Estado de Excepción”, suspendiendo diferentes derechos constitucionales, entre los cuales se encontraba el derecho fundamental de toda persona detenida a ser informada de las razones de su privación de libertad. Tan solo en ese año se produjeron 80.000 arrestos, lo que equivale al 2% de la población. Organizaciones como Human Rights Watch no tardaron en reportar abusos de poder por parte de la policía y el ejército gracias a la suspensión parcial de algunas partes de la constitución.

Dicha organización también reportó que algunos policías tenían “cuotas” por las cuales debían arrestar a cierto número de personas a diario. Bukele ha defendido estas políticas públicamente e incluso ha argumentado que las medidas deberían ser más duras para los “criminales”. Algunas audiencias de los detenidos se celebraron en masa, con hasta más de 500 participando en una sola cita.
También en 2022, Bukele lideró una serie de reformas del código penal con el objetivo de aumentar las sentencias de cárcel para los miembros de las bandas (las cuales él mismo tilda de terroristas) y redujo la edad mínima para poder ser juzgado por pertenecer a dichas bandas a 12 años. Otra reforma ese mismo año amplió el delito de “agrupaciones ilícitas” (bandas) a aquellos que colaboran, promocionan, facilitan o favorecen a estos grupos, haciendo que fuese sencillo detener a casi cualquier persona por pertenecer a una banda (periodistas críticos inclusive).

A pesar de haber construido una retórica de lucha contra la corrupción para mejorar la economía de El Salvador a base de un modelo de mercado libre, Bukele ha reducido la transparencia de muchas agencias del gobierno que tienen que ver con la provisión de información pública. Dicha información era usada por los periodistas para analizar la deriva autoritaria del gobierno de Bukele que, según algunos de ellos, ha convertido el país en un “estado policial”.
El gobierno de Bukele no sólo ha invertido en aumentar las capacidades de las fuerzas del orden para llevar a cabo las detenciones masivas, sino también en la construcción de cárceles donde encerrar a los condenados. En 2022 comenzó la construcción del “Centro de Confinamiento del Terrorismo” (CECOT), una cárcel masiva que ocupa 116 hectáreas y que tiene capacidad para encerrar a más de 40.000 presos.

El proyecto se finalizó en tan sólo 7 meses y pronto sus imágenes empezaron a dar la vuelta al mundo. Celdas abarrotadas, presos durmiendo amontonados uno encima del otro, luces que nunca se apagan, calor sofocante, etc. Un auténtico infierno en medio del campo salvadoreño.
Cuantas más detenciones hacía la policía y el gobierno de Bukele, más bajaba la criminalidad y más popular se volvía el presidente salvadoreño. En las elecciones de 2024, Bukele ganó con un aplastante 88,3%, haciendo que no fuese necesaria una segunda vuelta. Algunos detalles de las leyes electorales fueron cambiados meses antes de las elecciones bajo iniciativa de Bukele. La misión de observación electoral de la Organización de Estados Americanos concluyó que “las modificaciones en la ley electoral atentan contra estándares universales sobre la independencia de órganos judiciales y electorales.

Caminar por San Salvador, Santa Ana y otras localidades salvadoreñas se siente más seguro que en muchas ciudades españolas. Dejando atrás algunas miradas curiosas, parece como si El Salvador nunca hubiese sido el país más peligroso del mundo. La gente abarrota las calles a todas las horas del día, incluso durante el fin de semana y días festivos. Las zonas más céntricas de las ciudades están a rebosar de salvadoreños que disfrutan de la oferta cultural, las plazas públicas, los muchos puestos de comida callejeros y, sobre todo, la seguridad que hace diez años no existía.
El orden en las calles se mantiene con una intimidante presencia policial (y militar) en todas las esquinas de la ciudad. Bien armados y atentos a la multitud, estas unidades intentan mantener a El Salvador como el “país más seguro del hemisferio occidental”, afirmación (errónea) de Bukele.

Un taxista me comenta que “todos los salvadoreños tienen una historia de muerte”. Asegura que antes no podía hacer su trabajo tranquilo, pero que ahora todo es distinto. En este reportaje no fue posible encontrar a una sola persona crítica de Bukele y, especialmente, su gestión del crimen. Como excepción, en la Plaza Libertad se puede leer un tímido cartel que dice: “exigimos los derechos humanos de los detenidos” y “vivan los veteranos del FMLN” (el FMLN es la oposición a Bukele, antiguo partido en el poder).
El control de Bukele tiene trazos de algunas de las políticas empleadas en países autoritarios. La policía no solo detiene arbitrariamente a gente sospechosa de formar parte de alguna banda, sino que también se han reportado casos de torturas, públicamente apoyadas por Nayib. The New York Times habla de programas espía para monitorear a algunos periodistas. De forma similar a Trump, Bukele ha tildado a muchos medios independientes que lo critican de “fake news”.

NACLA reporta que el medio de comunicación “El Faro” fue atacado por el famoso software espía de Pegasus. El argumento del presidente salvadoreño es que “la prensa apoya a las bandas criminales” con su crítica a Bukele. El líder de El Salvador intenta tildar de criminal a todo aquél que le contradiga con el fin de librarse de la oposición.
En 2021, el partido Nuevas Ideas reemplazó los magistrados de la Corte Suprema con afiliados al partido con el fin de hacerse con el poder judicial, lo que le ha permitido al joven presidente burlar algunas de las “restricciones constitucionales” a su autoridad, como la limitación de volver a presentarse como candidato presidencial.

Lo cierto es que el “modelo Bukele” ha influido a otras naciones latinoamericanas a la hora de lidiar con el crimen. Tanto Honduras como (más recientemente) Ecuador han implementado una política similar, aunque con peores resultados. Parece que Bukele ha dado con la clave para controlar el crimen, pero ha dado varios pasos hacia atrás en valores democráticos y derechos humanos.
En Nueva York, The Political Room habló con un salvadoreño anónimo que lleva residiendo en los Estados Unidos desde pequeño. El entrevistado expresó su miedo a volver al país, ya que su cuerpo está cubierto de tatuajes. Ante la incertidumbre, prefiere no regresar. Otra salvadoreña anónima “más pudiente” confiesa su preocupación por el estado de la democracia salvadoreña y muestra su ligero rechazo por Bukele, no obstante, admite que la antigua situación crítica de seguridad en el país no le afectaba tanto, ya que contaba con escolta personal y guardias en su domicilio. En general, la opinión de los salvadoreños en el extranjero es más negativa que la de los que residen en El Salvador, pero quizás también tiene que ver con la capacidad económica de los emigrados.
En el centro de la capital se erige el imponente BINAES, o “Biblioteca Nacional de El Salvador”. En su entrada luce orgullosamente la bandera salvadoreña... y la china. El Salvador forma parte de la ruta de “apoyo al desarrollo internacional” de Pekín, con sus ya conocidos proyectos megalómanos. La biblioteca, aunque imponente por fuera, está algo limitada en lo que se refiere al contenido de su interior. Dentro también se pueden ver señalizaciones en chino.

El presidente salvadoreño ha intentado combinar un acercamiento a China con una retórica pro-occidental y favorable a Estados Unidos. En pocos años, los locales comentan que se terminará un nuevo estadio con capacidad de hasta 50.000 espectadores, también financiado por Pekín. De momento, la jugada le ha salido bien a Bukele: el 30 de septiembre se presentó en la Asamblea Legislativa el primer presupuesto en décadas sin necesidad de emitir ni un solo céntimo de deuda: El Salvador es ahora “fiscalmente independiente”.

Este anuncio fue proclamado durante la fiesta nacional del país, día que The Political Room tuvo la oportunidad de cubrir desde El Salvador. Cada 15 de septiembre se conmemora la independencia del Imperio Español en varios países centroamericanos y en las ciudades más grandes del país se realizan distintas actividades.
Desde la llegada de Bukele, los desfiles se han vuelto más y más impresionantes, con una amplia participación de la sociedad civil. Los altavoces puestos a cada lado de la avenida por la que marchan las diferentes unidades repiten un discurso propagandístico en el que se alaba el trabajo de Bukele.

En los intervalos de la parada, los altavoces repiten frases como: “gracias al trabajo de nuestro presidente Nayib Bukele y la primera dama, ahora nuestros jóvenes pueden disfrutar de un futuro de oportunidades”. Los parlantes propagandísticos también hacen alusión al “Nuevo Salvador” desde la llegada al poder del joven presidente y la mejora de la seguridad en las calles. Algo que llama la atención en el desfile es la extensa presencia de la policía, cuya participación es mayor que la de las fuerzas armadas.
El Salvador a día de hoy (y más incluso durante su día nacional) muestra claros signos de un país que poco a poco construye un futuro próspero, con mejoras en sectores clave como seguridad, educación e infraestructura. Además, la política económica de Bukele atrae numerosas inversiones a la pequeña nación centroamericana de las cuales se beneficia la población local y que aumentan paulatinamente la riqueza del que en el pasado era uno de los estados más pobres del continente entero.

Ejemplo de ello es la “Surf City”, un marco de inversiones en la costa del país para desarrollar el sector turístico alrededor de su potencial para la práctica del surf. A día de hoy este proyecto está en una fase temprana y muchas de las playas continúan sin tener infraestructura decente y la salubridad del lugar deja mucho que desear. Aún así, el proyecto sigue adelante y se plasma en las numerosas obras visibles a lo largo de la costa
El país está rompiendo con un pasado maldito y entrando en una era de bonanza económica y seguridad para los salvadoreños. No obstante, esto no quiere decir que El Salvador a día de hoy no tenga rasgos de estar convirtiéndose en un régimen personalista y de (casi) culto a la figura de Nayib Bukele. Teniendo en cuenta lo visto durante el día nacional y escuchando la opinión de los salvadoreños, el Presidente de la República es tratado como una deidad, lo cual lleva a muchos a justificar sus reformas antidemocráticas, que podrían acarrear consecuencias en un futuro en el que el modelo Bukele empiece a fallar.

La figura de Nayib Bukele es, sin duda, controversial. No se puede intentar juzgar al Presidente sin tener en cuenta todo lo que ha conseguido cambiar (para bien) en El Salvador, así como sus reformas antidemocráticas y políticas que atentan contra los derechos humanos. Mientras la comunidad internacional se plantea la pregunta de: ¿héroe o tirano? El Salvador avanza y Bukele se embarca en su segundo mandato, que por ahora no parece que vaya a ser el último.