Cuando el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan pisó suelo somalí en 2011, no solo marcó un punto de inflexión para una nación asolada por la hambruna, sino también para la identidad estratégica de Turquía en el Cuerno de África. Erdoğan fue el primer líder no africano en visitar Mogadiscio en casi dos décadas. Mientras su convoy avanzaba por una estepa desoladora, devastada por la guerra civil y la peor sequía en generaciones, la visita fue presentada como un audaz gesto de solidaridad humanitaria: Turquía construyó hospitales, cavó pozos, desplegó cocinas móviles y entregó más de 200 millones de dólares en ayuda de emergencia. 

Poco después, Turkish Airlines se convirtió en la primera aerolínea internacional importante en reanudar sus vuelos a Mogadiscio. Sin embargo, bajo este manto de humanitarismo, se estaba confeccionando la arquitectura inicial de una estrategia a largo plazo: sembrar su huella en el país utilizando el poder blando. 

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