Tambores de guerra en el Cuerno de África
Tambores de guerra suenan en el Cuerno de África. El suelo que una vez hollase nuestro antepasado Lucy y que, probablemente, viese el nacimiento del Homo sapiens podría teñirse de sangre, otra vez.

Los precedentes
Las tensiones entre Etiopía y Eritrea vienen de lejos. Concretamente desde 1952, cuando las Naciones Unidas concedieron al Imperio etíope de Haile Selassie la unión federal con la antigua colonia italiana de Eritrea. Diez años más tarde, en 1962, Adís Abeba procedió a la anexión formal del territorio, lo que marcaría el inicio de un prolongado conflicto que aún condiciona las relaciones entre ambos países.
Aquel movimiento etíope desencadenó la reacción violenta del nacionalismo eritreo, cuya lucha por la independencia sólo alcanzó su meta tras más de tres largas décadas de enfrentamientos.
Con la caída en 1991 del Gobierno comunista etíope, el Derg, el referéndum llevado a cabo en Eritrea en 1993 aprobó por aplastante mayoría la independencia respecto a Adís Abeba. Así, Etiopía perdía su acceso al mar Rojo, convirtiendo a la ancestral Abisinia en la nación sin litoral más poblada del mundo.
Pocos años más tarde, en 1998, discrepancias con la delimitación de la frontera común, que databa de la época colonial, provocaron el estallido de la guerra entre ambos países. Eritrea atravesó la línea de demarcación y se hizo con el control de Badme, así como de otros territorios en la región etíope de Tigray. El contraataque de Etiopía no sólo logró recuperar aquella ciudad, sino que su artillería bombardeó la capital eritrea, Asmara.

La contienda se cerró en falso en el año 2000 con el Acuerdo de Argel, según el cual se estableció una zona desmilitarizada en la frontera y, además, un tribunal de arbitraje internacional concedió la soberanía de Badme a Eritrea. El fallo no fue aceptado por Adís Abeba, que no traspasó la soberanía del enclave a su vecino. La postura de Etiopía provocó una tensa situación de guerra congelada, en la cual las dos partes mantuvieron una amplia presencia militar a ambos lados de la frontera.
¿Un espejismo de concordia?
No fue sino hasta 2018, con la llegada al poder del actual primer ministro etíope, Abiy Ahmed Alí, que se firmó el que por el momento es el acuerdo de paz definitivo entre Etiopía y Eritrea. La ciudad de Badme pasó a manos eritreas, como estipuló la comisión de demarcación de la frontera, y la resolución del diferendo hizo a Ahmed merecedor del Premio Nobel de la Paz en 2019.
Así comenzaba una aparente luna de miel entre los dos viejos rivales, que se consolidó con el firme apoyo de Eritrea al Gobierno central etíope durante la revuelta en Tigray del año 2020.
El Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF), que había llevado las riendas de Etiopía desde el derrocamiento del régimen comunista de Mengistu en 1991, no aceptó de buen grado su pérdida de influencia en el Gobierno federal.

Abiy Ahmed, mestizo de las etnias mayoritarias oromo y ahmara, fundó el Partido de la Prosperidad en sustitución del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE): esta coalición de fuerzas basadas en la identidad étnica había estado dominada por el TPLF, el cual rechazó unirse al nuevo Partido de la Prosperidad de Abiy Ahmed.
Además, el creciente acercamiento del Gobierno etíope con el líder eritreo, Isaías Afewerki, era visto con recelo en Tigray, dado el no tan lejano enfrentamiento entre la Etiopía liderada por el TPLF y la Eritrea de Afewerki.
Con el estallido de la revuelta tigrina no tardó en haber un firme posicionamiento del lado del Gobierno federal por parte de Eritrea, cuya desconfianza hacia el TPLF venía de lejos. Asimismo, también se posicionaron del lado de las fuerzas federales las milicias Fano, de etnia ahmara.
Otra mala paz
El conflicto civil etíope, que tan pocos titulares acaparó en su día, llegó a su fin con los Acuerdos de Paz de Pretoria en 2022. O eso se pensó.

Con una estimación de víctimas mortales que ronda las 800.000, el Gobierno federal etíope y el TPLF acordaron acallar las armas y sentarse a negociar. Pero a dicha mesa no invitaron ni a Eritrea ni a las milicias Fano, sembrando así la semilla de la actual discordia. A partir de aquí, la madeja de alianzas e intereses se enredó y el Cuerno de África volvió a tomar el camino que dirige al abismo.
Tampoco en el seno de Tigray han podido evitarse los desacuerdos. El Gobierno federal nombró a Getachew Reda para dirigir la recién establecida Administración Interina de Tigray (TIA); este, a su vez, formó un nuevo partido político, el Partido de Solidaridad Democrática de Tigray. Dicho partido contó con el aval de Adís Abeba, que buscaba así debilitar al TPLF; al mismo tiempo, la Comisión Electoral etíope retiró al TPLF la consideración de partido político.
El ruido de sables comenzó a agudizarse cuando el presidente interino de Tigray, Getachew Reda, acusó a una facción del TPLF de intentar derrocarlo. Las denuncias se hicieron realidad en marzo de 2025 con el ataque de las milicias a oficinas de la TIA. Debretsion Gebremichael, líder del TPLF, acusó a Reda de no implementar los Acuerdos de Pretoria, así como de servilismo hacia Adís Abeba.
En un intento de aplacar los ánimos, el Gobierno federal sustituyó a Reda por su vicepresidente, Tadesse Werede, también jefe de las Fuerzas de Defensa de Tigray (TDF). Sin embargo, quien se pensaba que sería una figura de consenso tampoco parece tener suficientes apoyos y, para enmarañar más aún la situación, se ha formado una nueva milicia contraria tanto al TPLF como a las TDF: las Fuerzas de Paz de Tigray (TPF).

Todos contra Abiy Ahmed
Esta sucesión de acontecimientos, junto con los proyectos de crecimiento económico de Etiopía y las proclamas centralistas y de reavivamiento de la pasada grandeza etíope, comenzaron a poner al primer ministro en el punto de mira de muchos. De casi todos, de hecho.
Empezando por las milicias Fano, las cuales confiaban en recuperar para la región de Ahmara varios territorios ahora en poder de Tigray como recompensa por su ayuda al Gobierno federal en el levantamiento tigrino. No solo no los obtuvieron, sino que la intención de Abiy Ahmed de desarmar a las milicias, con el objetivo de fortalecer el centralismo estatal, terminaron por provocar el levantamiento de las mismas contra Adís Abeba.
Por otro lado, las tropas eritreas permanecen en Tigray desde 2022, un recordatorio visible de la implicación de Asmara en la guerra civil etíope. Conviene recordar que Eritrea no fue invitada a las negociaciones de Pretoria, lo que ya anticipaba un distanciamiento entre ambos gobiernos.
A ello se sumaron las declaraciones de tono nacionalista e irredentista de Abiy Ahmed, quien insistió en la “imperiosa necesidad” de que Etiopía recupere un acceso soberano al mar Rojo, calificándolo incluso como un “derecho natural” que Adís Abeba estaría dispuesta a defender por la fuerza si fracasaban las vías diplomáticas. Tales palabras encendieron las alarmas en Asmara.

Que Abiy definiera la independencia de Eritrea como un “error histórico” a enmendar, o que afirmara que el retorno del puerto eritreo de Assab a soberanía etíope era “una cuestión de tiempo”, disipó cualquier duda: el idilio entre Asmara y Adís Abeba había terminado.
Y, de este modo, entró en juego el manido adagio: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Contra todo pronóstico, se han producido acercamientos entre los otrora archienemigos: Eritrea y el TPLF de Tigray. Así lo denunció públicamente el Gobierno etíope en octubre de 2025, acusando a ambas partes de estar implicadas en un ataque de la milicia ahmara Fano y de haber formado una alianza, denominada Tsimdo, con el objetivo de reiniciar la guerra.
Y lo cierto es que, pese al desmentido público de los acusados, el TPLF felicitó a Eritrea en el día de su independencia en mayo de 2025; más aún, el propio Gebremichael afirmó en junio que el TPLF intentaba fortalecer las relaciones entre Tigray y Eritrea.
Fuentes diplomáticas occidentales anónimas confirmaron que ha habido comunicaciones entre Eritrea y el TPLF, las cuales podrían incluir una serie de encuentros a principios de 2025; el medio francés Africa Intelligence habla incluso de una cumbre en Asmara, en enero de 2025, que contó con la presencia del líder eritreo, Isaías Afewerki.

A su vez, se sabe que Adís Abeba ha estado acogiendo a destacados opositores eritreos, por lo que el intento de fragmentar y debilitar a la otra parte está siendo recíproco.
El agua: la otra fuente de divisiones
Como se dijo más arriba, con unos 120 millones de habitantes, Etiopía es la nación más poblada del mundo sin acceso al mar. Este peso pesado demográfico del Cuerno de África siente cómo su crecimiento económico se ve lastrado por la ausencia de puertos propios desde los que comerciar.
Si bien mantiene un acuerdo con la vecina Yibuti, mediante el cual paga 1.500 millones de dólares por el uso de uno de sus puertos, el trato se considera demasiado oneroso para las arcas etíopes; aparte de la debilidad que supone la dependencia de un único puerto extranjero. Esto fue lo que llevó al memorando de entendimiento con la región somalí de Somalilandia, a principios de 2024, cuya autoproclamada independencia no ha sido reconocida internacionalmente. Mediante dicho pacto, Etiopía tendría el usufructo del puerto de Berbera durante 50 años, así como de terreno para levantar una base militar; a cambio, consideraría el reconocimiento de su independencia más adelante y Somalilandia recibiría parte de los beneficios de Ethiopian Airlines.
Inmediatamente, Somalia llegó incluso a amenazar con la guerra para defender su integridad territorial, además de advertir sobre la posible expulsión de las tropas etíopes que combaten al grupo yihadista al-Shabaab. Pese a que las cláusulas del memorando aún no han comenzado a aplicarse, Somalilandia asegura que el pacto sigue en vigor.

Por último, está el asunto de la Gran Presa del Renacimiento etíope. La construcción de dicha infraestructura en el Nilo Azul, en lo alto de su curso, encontró el rechazo frontal de Sudán y Egipto, naciones regadas por el Nilo aguas abajo y cuyas sociedades han prosperado en sus orillas a lo largo de los siglos.
Con estas mimbres, era solo cuestión de tiempo que Eritrea, Somalia y Egipto formasen una entente anti etíope para contener lo que perciben como ansias expansionistas de Adís Abeba, como finalmente ha sucedido.
Poniendo a prueba el Nobel de la Paz
Los desaires entre Etiopía y Eritrea; una facción del TPLF alzada en armas contra el Gobierno federal y confabulada con Asmara; la milicia Fano, descontenta y respaldada por ambos; y el pacto de seguridad entre los igualmente soliviantados Eritrea, Egipto y Somalia, conforman los ingredientes perfectos para cocinar un nuevo conflicto en el Cuerno de África.
¿Y con quién cuenta Etiopía? Los Emiratos Árabes Unidos fueron un pilar fundamental para Adís Abeba durante el levantamiento de Tigray. Queda por ver qué postura adoptarán el resto de los países BRICS en caso de un nuevo estallido de las hostilidades.
Lo cierto es que a nadie interesa —y ninguno puede permitirse— una guerra en el Cuerno de África: ni las partes implicadas, con sus economías frágiles y las heridas aún abiertas de un conflicto que dejó más de 800.000 muertos; ni el resto del mundo, para quien un enfrentamiento entre dos de los mayores ejércitos del continente, unido a las tensiones étnicas, podría reproducir la matanza y desbordar el conflicto más allá de sus fronteras, provocando oleadas de refugiados. Asimismo, grupos yihadistas como al-Shabaab encontrarían el caldo de cultivo idóneo para ampliar sus operaciones.
Con el ex enviado especial adjunto de Estados Unidos para el Cuerno de África y el representante especial de la Unión Europea advirtiendo desde marzo de 2025 sobre un “conflicto inminente”, la movilización general decretada en Eritrea en febrero y el despliegue de tropas etíopes en la frontera un mes después, sumados al reciente cruce de acusaciones mutuas, exigen imaginación, templanza y cordura para evitar un nuevo desastre en la región.