12 días de junio: de Tel Aviv a Teherán pasando por Siria e Irak
El repaso
En la madrugada del 13 de junio, Israel inició la “Operación León Creciente” una ofensiva combinada de bombardeos de precisión y operaciones de inteligencia contra objetivos estratégicos del régimen iraní. Esa mañana nos despertamos con imágenes de instalaciones militares destrozadas, misiles atravesando las paredes de las casas y eliminando a científicos nucleares, y fantasiosas operaciones de inteligencia ejecutadas con drones desde el interior del país. Si, tras la eliminación de buena parte del liderazgo de Hezbolá, los drones explosivos o los ataques ucranianos contra las bases aéreas en Rusia creíamos haberlo visto todo, nos equivocábamos: el Mossad israelí aún tenía algo en su chistera para asombrar al mundo de la inteligencia.
Enseguida surgieron las dudas: ¿Cuál sería la respuesta iraní?, ¿conduciría todo esto a una guerra mundial, con las grandes potencias tomando partido por Israel o Irán?, ¿sobrevivirían los ayatolás al conflicto o se apostaría por un cambio de régimen?

Doce días más tarde —que es lo que ha durado el conflicto, o al menos esta primera fase— todo queda pendiente de futuras negociaciones multilaterales para alcanzar, si fuera posible, un acuerdo definitivo. De todos modos, el principal interrogante de cara al futuro es el destino del programa nuclear iraní. Los medios oficiales no dejan de repetir que se trata de una línea roja, junto con el desarrollo de sus misiles, que nunca abandonarán. Las negociaciones pasadas y los incentivos ofrecidos no han servido para frenar ese programa, ni siquiera aquel acuerdo firmado con la administración Obama que en realidad solo retrasaba temporalmente las ambiciones nucleares y que fue denunciado y anulado por Trump durante su primer mandato.
El desarrollo atómico es uno de los pilares de la supervivencia del régimen y, aunque dilatado en el tiempo, siempre ha estado muy presente. ¿Quién construiría una instalación como Fordow, bajo una montaña, si no es para proteger el desarrollo de un programa militar? La presión económica y diplomática, las operaciones de inteligencia y los recientes acontecimientos habrán supuesto un freno temporal al programa nuclear, pero también es cierto que conseguir la bomba atómica —o insinuar que se puede desarrollar en un breve plazo— es uno de los objetivos del régimen para asegurar su existencia. A ello ha dedicado ingentes recursos en las dos últimas décadas, mientras ha participado en decenas de rondas de negociaciones con las grandes potencias, que no han servido más que para ganar un tiempo precioso que los clérigos seguidores del Mahdi han sabido aprovechar muy bien.
El ataque
Para empezar, Israel ha dejado al descubierto las vergüenzas del régimen iraní al eliminar, en los primeros días, instalaciones antiaéreas, inutilizar bases aéreas, asesinar a científicos nucleares en sus casas y a buena parte de la plana mayor de la Guardia Revolucionaria, e imponer su ley sobre el espacio aéreo persa. Además, la infiltración del Mossad a todos los niveles ha dejado claro que cuenta con información privilegiada procedente del interior del régimen iraní, lo que da pie a especulaciones sobre un posible golpe interno.

Cuando, en una de las oleadas de misiles sobre Israel, Irán afirmó haber alcanzado el cuartel general del Mossad, la broma popular fue que no tenía ninguna importancia, porque todos sus miembros estaban desplegados en territorio persa.
Los doce días de guerra también han demostrado al régimen de los clérigos que sus apoyos exteriores no son tan firmes cuando llega el momento de la verdad. Ahí está Rusia, principal suministrador de armamento, que hacía poco había firmado con Irán un tratado de asociación estratégica y que ha hecho oídos sordos a las llamadas de Teherán. Por ello, una vez finalizados los doce días de guerra, Irán ha puesto sus ojos en China para reemplazar los aviones y las baterías antiaéreas perdidas. Seguramente, el rendimiento del material chino será superior al del ruso.
La respuesta iraní al ataque norteamericano se materializó en la noche del 23 de junio con el lanzamiento de misiles contra la base militar de Al Udeid, en Catar. Avisados con antelación, los cataríes no tuvieron ningún problema para derribar casi todo los misiles con sus propias baterías Patriot (parece que algún misil se coló y se cargó una antena de comunicaciones por satélite). Por no hablar de que esa base militar norteamericana, al igual que otras en los países del Golfo, ya había sido evacuada. Fue un espectáculo y una traca final orquestados por los clérigos de Teherán para vender a su propia opinión pública la idea de que, en doce días de guerra, habían golpeado el corazón de los sionistas y del "Gran Satán" norteamericano.

Durante días se había especulado con un posible cierre del estrecho de Ormuz, lo cual habría provocado una severa disrupción en el suministro energético global, pero finalmente, los iraníes no se atrevieron a tanto.
Teherán lo ha fiado todo, durante décadas, a la presión ejercida por sus proxies en Líbano, Siria, Irak y Yemen. En ellos —junto al desarrollo de su plan nuclear, drones y misiles— ha invertido más de cien mil millones de dólares. La idea era que, llegado el momento de la verdad, un ataque coordinado con sus milicias afines, sumado a las oleadas de drones y misiles, infligiría una severa derrota a los enemigos sionistas. Sin embargo, tras muchos años tejiendo su “eje de resistencia” e intervenido en todos los conflictos de Oriente Próximo, hoy ese eje yace en ruinas: Hezbolá ha perdido su capacidad de amenaza, la Siria de Bashar al Asad está debilitada, y las milicias yemeníes e iraquíes han quedado reducidas a la impotencia.
¿Quién nos iba a decir el 7 de octubre de 2023, cuando nos levantamos con un vídeo tras otro de terroristas de Hamás arrasando los kibutz fronterizos con Gaza, que menos de dos años después Israel arrasaría con el liderazgo de Hamás y Hezbolá, bombardearía a los hutíes del Yemen y a las milicias iraquíes, controlaría una franja fronteriza de Siria e impondría su ley en los cielos de Irán?

Aquellos días, el 7 y 8 de octubre, esperábamos que un infierno coordinado se desatara sobre Israel, mientras islamistas e izquierdistas cantaban alegremente aquello de “del río al mar”.