La mañana del 27 de noviembre de 2024 comenzó con una tregua pactada entre Israel y Hezbolá en el Líbano, mientras que poco después se reportaba una ofensiva de los rebeldes sirios de Idlib, una miríada de grupos liderados por Hayat Tahrir al Sham, sobre la campiña occidental de Alepo. Nada hacía prever que, apenas diez días después, el régimen de Bashar al Asad ya no existiría. 

Cincuenta y cuatro años de dominio de la familia Asad y seis décadas de baazismo en Siria llegaron a su fin tras una ofensiva relámpago que acabó con el Ejército Árabe Sirio. Mientras tanto, Rusia e Irán, los principales aliados de Damasco, observaban impotentes cómo una pieza clave de su estrategia geopolítica caía en picado.

En este sentido, la exitosa ofensiva relámpago, la caída de los Asad y la toma de Damasco, junto con los bastiones alauitas en la costa mediterránea, podrían marcar el fin de una guerra civil que se ha prolongado por casi tres lustros. Este conflicto se originó cuando los ecos de la revolución tunecina alcanzaron Siria y un grupo de jóvenes en Deraa pintó en las paredes un grafiti con la frase: “Es tu turno, doctor”, en alusión al pasado de oftalmólogo de Bashar al Asad.

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“Es tu turno, doctor”

A mediados de noviembre de 2024, la tercera edición del maratón internacional de Damasco —si no me equivoco— fue cancelada hasta nuevo aviso por motivos de seguridad. Con el conflicto en Líbano y Gaza como telón de fondo, los rumores sobre una inminente ofensiva rebelde en el norte de Siria llevaban semanas circulando. Sin embargo, como veremos más adelante, estos rumores no alteraron en absoluto la planificación del Ejército Árabe Sirio, sus milicias afiliadas o sus aliados internacionales, con Rusia centrada en Ucrania e Irán inmerso en su duelo de misiles con Israel.

La cancelación del maratón internacional seguramente dejó a más de uno con ganas de competir, aunque, si Bashar lo deseara, ganaría la carrera sin dificultad, pues, al igual que su hermano Basel, es un jinete excepcional. Y si no, que se lo digan a Adnan Kassar, quien pasó 21 años en la prisión de Sednaya por atreverse a vencerlo en una prueba ecuestre. Sin embargo, ninguna carrera sería más importante que la que emprendería días después en su huida hacia Moscú.

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Pero bueno, vayamos al punto clave: la caída de Alepo en solo tres días.

Antes del 27 de noviembre, los frentes de batalla llevaban meses estabilizados y el norte de Siria estaba dividido en varias facciones. De oeste a este, Hayat Tahrir al Sham (HTS) y sus aliados controlaban Idlib, mientras que las milicias proturcas dominaban franjas a lo largo de la frontera con Turquía, y los kurdos, junto con las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), mantenían su presencia en el noreste.

La ofensiva de HTS parecía inicialmente dirigida contra la campiña occidental de Alepo, una zona donde, en teoría, miles de soldados del régimen sirio estaban bien asentados desde que el gobierno reconquistó la ciudad en 2016. Sin embargo, la realidad que se revelaría en los días siguientes demostraría lo contrario.

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Durante años, la campiña occidental de Alepo fue escenario de bombardeos ocasionales, pero el frente se había estabilizado, dando lugar a un frágil statu quo. El régimen de Asad, respaldado por Rusia e Irán, se sentía seguro, mientras que los rebeldes confiaban en su relación privilegiada con la Turquía de Erdogan.

Tan confiado estaba el régimen en esta aparente estabilidad que desvió su atención hacia otro negocio: el tráfico de captagon. Con una economía devastada, sin acceso a financiación internacional y sin reconciliación con los países árabes vecinos, la producción y el comercio de esta droga se convirtieron en una actividad patrocinada desde las más altas esferas del poder. Miles de millones de dólares anuales mantenían a flote —aunque en mínimos— la economía siria y engrosaban las fortunas de los jerarcas del régimen.

Quizás, cuando llegó la última y definitiva batalla de la guerra civil, el ejército, la administración y el gobierno de Asad estaban más preocupados por la fabricación de droga que por la defensa de su territorio.

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La ofensiva sobre el oeste de Alepo comenzó el 27 de noviembre con una combinación letal de drones, guerra electrónica y armas antitanque que golpearon con precisión las posiciones del régimen sirio. Al igual que en Mosul (Irak) una década antes, las defensas de Asad colapsaron de inmediato y sus tropas huyeron sin apenas resistencia.

Ni siquiera la llegada de la aviación rusa —mermada en efectivos por la guerra en Ucrania— logró frenar el avance rebelde. Desesperado, Asad pidió refuerzos a Moscú y Teherán, pero la respuesta fue insuficiente. Hezbolá, cuya intervención más de doce años atrás había apuntalado su régimen, estaba demasiado debilitado tras meses de conflicto con Israel. Irán, por su parte, no supo o no pudo desplegar a sus milicianos desde Irak.

A lo largo de los años, las milicias chiíes iraquíes —los llamados Minions de Irán— habían anunciado repetidamente su disposición a defender Damasco. Sin embargo, cuando llegó el momento decisivo, no se atrevieron a cruzar la frontera, disuadidos por la amenaza de la aviación estadounidense e israelí.

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En solo tres días, Alepo cayó, pero la ofensiva rebelde no se detuvo. Avanzando con ímpetu, los combatientes continuaron su marcha por la estratégica carretera M5, que conecta la ciudad con Hama y Homs.

Mientras tanto, las cuentas de simpatizantes del régimen sirio —las mismas que exaltan las glorias de Putin y Jamenei— intentaban restar importancia a la debacle. Aseguraban que todo formaba parte de una retirada táctica que daría paso a un demoledor contraataque respaldado por la aviación rusa.

La aviación rusa, en efecto, hizo acto de presencia, pero con un número de salidas diarias insuficiente para cambiar el curso de los acontecimientos. Lo que nunca llegó fueron los refuerzos desde Moscú, los cuales, en otro tiempo, habrían sido decisivos. Las tropas aerotransportadas VDV, antaño punta de lanza de las intervenciones rusas, estaban prácticamente diezmadas tras su desgaste en la guerra de Ucrania.

Así, mientras el régimen de Asad se desmoronaba sobre el terreno, en las redes sociales sus defensores intentaban contraatacar con propaganda. La ofensiva de Hayat Tahrir al Sham y su líder, Abu Mohamed al Jolani, fue tachada de estar “al servicio del sionismo”, de ser una maniobra de “yihadistas del Estado Islámico” o incluso de actuar como “agentes del imperialismo yanqui”. Pero ni los discursos en redes ni las excusas políticas podían cambiar la realidad de los hechos: el régimen sirio estaba colapsando.

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Tras cuatro días de ofensiva, los rebeldes tomaron Hama y Homs, demostrando que la supuesta contraofensiva del régimen de Asad era solo un espejismo y que sus apoyos internacionales se habían desvanecido.

Con el corazón de Siria en manos insurgentes y sin una respuesta efectiva del gobierno, el camino hacia Damasco quedó despejado. La ofensiva rebelde se intensificó, avanzando sin obstáculos hacia la capital, donde se decidiría el destino final de la dictadura de Asad.

Mientras los rebeldes se posicionaban a las puertas de Damasco desde el norte, un nuevo frente se abría en el sur. Allí, antiguos insurgentes, forzados años atrás a reconciliarse con el régimen, volvían a tomar las armas al ver la oportunidad de una victoria definitiva. Su avance fue vertiginoso, aprovechando el colapso de las defensas gubernamentales hasta situarse peligrosamente cerca del palacio presidencial.

Mientras tanto, la televisión estatal y las agencias de noticias del régimen mantenían una narrativa de absoluta normalidad, ignorando el derrumbe inminente. Para muchos, la propaganda oficial evocaba el recuerdo del célebre “Bagdad Bob”, el portavoz iraquí que, en 2003, negaba la entrada de tropas estadounidenses en la capital mientras los tanques ya recorrían sus calles.

Con Damasco rodeado tanto por el norte como por el sur, al régimen solo le quedaban la costa mediterránea y sus feudos alauitas, pero sin los apoyos de Rusia e Irán, la situación parecía insostenible. Las deserciones se multiplicaban y el ejército sirio se desintegraba rápidamente.

A pesar de la inminente derrota, Asad seguía prometiendo continuar la lucha, aunque a la par aseguraba su evacuación y la de su familia. El 8 de diciembre, los rebeldes entraron en Damasco sin disparar un solo tiro, y rápidamente se comenzó a especular sobre el destino de Asad. Durante horas, circuló la noticia de que el avión que transportaba al dictador había sido derribado por un misil rebelde, pero la versión fue desmentida tras no encontrarse restos del aparato. Finalmente, el misterio se resolvió cuando se difundieron imágenes de su llegada a Moscú, confirmando su huida.

La dictadura había llegado a su fin. De "Kiev en tres días" a "Alepo en tres días", la operación liderada por Hayat Tahrir al Sham demostró que, en este conflicto, ellos sí que supieron ejecutar una "operación militar especial".

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El 16 de mayo de 2024, Bashar al Asad asistió a la cumbre de la Liga Árabe, donde se reunió con el príncipe heredero saudí. Era el segundo año consecutivo que Siria participaba en la conferencia tras su aislamiento durante la guerra civil, cuando la mayoría de los gobernantes suníes en la zona habían apoyado a la oposición armada. 

No era una plena reconciliación con sus vecinos, pero lo suficientemente importante para que el régimen pudiera alardear de ella. Sin embargo, no había pasado ni un mes desde la caída de al Asad y Bin Salman ya recibía a Ahmed al Sharaa, que realizaba su primer viaje al extranjero como gobernante de Siria.

A su vez, el otro gran ganador de la guerra civil en Siria ha sido el presidente turco Erdogan. No en vano, Hayat Tahrir al Sham ha gozado de su protección para resistir en esa esquinita de Siria durante muchos años.

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¿Quién iba a imaginar, el 6 de octubre de 2023, que presenciaríamos no solo una incursión armada de Hamás en las comunidades israelíes del sur de Israel, con un saldo de 1.200 muertos, varios cientos de rehenes y más de 24 horas de caos y enfrentamientos, sino que este ataque desencadenaría una serie de terremotos políticos con repercusiones de gran alcance?

Entre las consecuencias más impactantes se destacan la severa degradación de Hezbolá en Líbano y el debilitamiento del denominado "eje de resistencia iraní", aliados fundamentales del régimen sirio y actores clave en la región. Además, este conflicto marcaría el fin de las bases militares rusas en Siria, un pilar esencial para la proyección de poder naval de Rusia en el Mediterráneo oriental y el norte de África, y su capacidad para trasladar suministros y tropas a las fuerzas del “Afrika Korps” de Putin. La dinámica regional cambiaba drásticamente, afectando tanto a actores locales como a potencias extranjeras con intereses estratégicos en la zona.

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