La campaña aérea conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, que ha incluido la muerte del líder supremo Alí Jameneí, está alterando de forma profunda la arquitectura de seguridad del Golfo.

En este contexto aún abierto e incierto, si hay un actor que se encuentra en una encrucijada estratégica, ese es Arabia Saudí.

El presidente Donald Trump habla durante una reunión con el príncipe heredero y primer ministro saudí Mohammed bin Salman en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, D.C., Estados Unidos, el 18 de noviembre de 2025.
El presidente Donald Trump habla durante una reunión con el príncipe heredero y primer ministro saudí Mohammed bin Salman en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, D.C., Estados Unidos, el 18 de noviembre de 2025. Fuente: Foto oficial de la Casa Blanca por Shealah Craighead

El antes y el después

La reacción oficial de Arabia Saudí ante los ataques siguió una línea cuidadosamente calibrada. Antes del inicio de los bombardeos, Riad difundió un comunicado formal tras una conversación telefónica entre el príncipe heredero Mohamed bin Salmán y el presidente iraní Masud Pezeshkian, en el que el reino subrayaba que no permitiría que su espacio aéreo ni su territorio fueran utilizados como plataforma para operaciones contra Irán.

Sin embargo, una vez iniciada la represalia iraní, que alcanzó a varios estados del Golfo y golpeó infraestructuras críticas, el tono se endureció. La agenda oficial saudí condenó lo que describió como “brutales ataques iraníes” que socavaban la “seguridad y estabilidad” de la región. Riad instó a la comunidad internacional a “adoptar todas las medidas necesarias y decisivas” para hacer frente a Irán. 

En la reunión de emergencia del Consejo de Cooperación del Golfo, los ministros de Exteriores —entre ellos el de Arabia Saudí— pidieron el cese inmediato de las hostilidades, al mismo tiempo que subrayaban que la seguridad del Golfo es esencial para la estabilidad económica mundial. Los esfuerzos estaban orientados a tranquilizar los mercados. 

Narrativas cruzadas

A puerta cerrada, la narrativa es más compleja. Según un informe del The Washington Post, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán habría mantenido múltiples conversaciones privadas con el presidente Donald Trump durante el último mes, en las que presionó para que Estados Unidos lanzara un ataque contra Irán, pese a respaldar públicamente la vía diplomática y la estabilidad regional. Su hermano, el ministro de Defensa Jalid bin Salmán, habría reforzado esa postura en reuniones privadas en Washington, advirtiendo de los costes de la inacción.

Otras versiones dibujan un escenario distinto. Analistas como Salman Al-Ansari, Gregg Carlstrom o el portavoz de la embajada saudí en Washington, Fahad Nazer, cuestionan el relato del diario. Según esta interpretación, Arabia Saudíse opuso inicialmente al ataque contra Irán, pero, a medida que Trump incrementaba el despliegue militar en la región y la operación parecía inminente, Riad ajustó su posición y terminó alineándose con Washington.

Lo que parece evidente es que Arabia Saudí no compartía ni la magnitud ni el calendario de los ataques, ya que desconfiaba profundamente de una escalada descontrolada, especialmente si exponía al reino a represalias directas, como está sufriendo ahora. 

Un ataque con drones a la refinería de Ras Tanura, operada por Saudi Aramco, obligó a suspender temporalmente las operaciones. Aunque los daños parecían limitados, los mercados reaccionaron bruscamente. Los futuros del gasóleo en ICE se dispararon más de un 20% y el crudo en Londres subió en torno a un 10%, acercándose a los 80 dólares por barril. Maersk por su parte anunció que dejaría de enviar algunos de sus barcos portacontenedores a través del Mar Rojo. 

La cultura estratégica deArabia Saudí ha privilegiado tradicionalmente la cobertura indirecta: maximizar los beneficios del paraguas militar de Estados Unidos mientras se minimiza la exposición directa a represalias. En ese marco, el hecho de que Irán esté lanzando ataques contra intereses y activos saudíes altera sustancialmente la ecuación estratégica.

Un informe de AFP, citando a una fuente cercana al gobierno saudí, indicaba que Riad podría responder militarmente si Irán lanzase un ataque coordinado contra sus instalaciones petroleras. 

Coste y beneficio

Las implicaciones económicas trascienden el comportamiento inmediato del precio del crudo. Es previsible que las primas de seguro para la navegación por el Golfo se incrementen mientras persista la inestabilidad, elevando los costes logísticos y afectando a las cadenas de suministro energéticas y comerciales.

Asimismo, el sentimiento inversor respecto a los megaproyectos impulsados por Arabia Saudí y a su estrategia de diversificación bajo la Visión 2030 podría deteriorarse si el conflicto regional se prolonga, introduciendo un factor adicional de riesgo en la planificación financiera y en la captación de capital internacional.

En definitiva, la respuesta de Riad sugiere que, aunque Arabia Saudí pueda ver con buenos ojos una reducción de la amenaza iraní, teme el camino para alcanzarla. Desde el principio, el liderazgo saudí ha tratado de gestionar ambas caras de una apuesta que no ha sido diseñada por él mismo y cuyos costes potenciales no controla plenamente. Con todo, no dudará en entrar de lleno en el conflicto si sus infraestructuras críticas son atacadas, algo que Irán sabe. 

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