Durante milenios, las dos grandes civilizaciones de Asia han coexistido en paralelo, dándose la espalda, separadas por una imponente muralla natural, el Himalaya, que comprende las cumbres más elevadas del planeta. Aun cuando la historia ha demostrado que no es una frontera completamente infranqueable, como lo demuestran las tradicionales relaciones comerciales, así como las diversas variantes de la ruta de la seda que atravesaban el subcontinente indio, es cierto que las interacciones políticas y militares han sido ciertamente limitadas en comparación con lo que la experiencia histórica de otras civilizaciones vecinas muestra. 

Esta casi indiferencia llegaría a su fin tras el desenlace de la II Guerra Mundial. Tras un momento de reconstrucción nacional en ambos territorios con la independencia de India y la victoria de Mao en China, se activa un vínculo caracterizado por un trato ambivalente. La relación oscila desde el gran apoyo y el reconocimiento mutuo inicial al enfrentamiento abierto durante la guerra de 1962, que dejó un trazo posterior de desconfianza mutua y de habituales duelos fronterizos.

	 El Primer Ministro Nehru con el Presidente del Partido Comunista Chino Mao Zedong en Beijing durante la visita oficial del primero.
El Primer Ministro indio, Jawaharlal Nehru, junto al Presidente del Partido Comunista chino, Mao Zedong, durante su visita oficial a China en 1954. Pekín, 23 de octubre de 1954. Fuente: Dominio Público

Las últimas desavenencias territoriales han sido muy recientes, llegando a producirse enfrentamientos militares de baja intensidad, como los incidentes de Aksai Chin de 2020, saldados con la muerte de algunos militares de los dos ejércitos. Estos sucesos impulsaron una reacción airada por las partes, obstaculizando la relación económica de ambos estados. 

En este contexto, se encuadran medidas como la limitación de la inversión de países limítrofes en el capital de las empresas indias, que aunque afecte nominalmente a varios países tiene como claro objetivo a China, o la no reanudación de las conexiones aéreas directas entre sus principales urbes tras una suspensión, inicialmente temporal, por motivo de la pandemia de SARS-CoV-2.

Aunque los mencionados acontecimientos funcionen como un pretexto para activar este tipo de medidas restrictivas, subyacen razones de mayor calado en esta desconfianza. A pesar de consolidar una tendencia ascendente en las últimas décadas, los aproximadamente 27.000 millones de dólares de inversión extranjera directa neta siguen siendo unos números muy modestos (superados por países como España, Suecia, EAU o Canadá) para una economía con el colosal potencial de crecimiento nominal y porcentual que tiene India.

Mapa TPR 81 Cachemira, conflicto en el corazón de Asia.avif

Hay, por lo tanto, una clara necesidad de contar con nuevas entradas de capital en su economía. Sin embargo, persiste el temor a abrir la puerta a una inversión directa si esto implica originar a medio plazo una excesiva dependencia de Pekín a nivel económico y tecnológico, aun cuando potencialmente se pierdan grandes oportunidades convenientes para acelerar su desarrollo. Al otro lado, se ve a India como un potencial competidor a largo plazo por la hegemonía en Asia e incluso, dentro de unas décadas, un hipotético rival económico y comercial, por lo que consideran que cualquier tipo de colaboración debería ser meticulosamente calculada.

No obstante, parece que estas tesis están perdiendo fuerza en los gobiernos de los dos estados, al menos desde la célebre reunión de Xi Jinping y Modi en otoño de 2024. Crece la impresión de que podría iniciarse una nueva era de menor beligerancia y mayor cooperación. Una sensación que gana terreno en India, dónde consideran cada vez más factible cubrir sus crecientes necesidades de inversión e innovación con ayuda del capital y know-how chino, pero que también tiene eco en Pekín, donde reconocen las titánicas oportunidades económicas que representa el mercado indio para sus empresas, así como el coste estratégico que implica mantener una relación de antagonismo con Nueva Delhi en su aspiración de expandir su influencia global como superpotencia alternativa a EEUU.

En este sentido, son varias las voces que reclaman no perder más trenes de inversión y modernización del tejido económico indio. Un caso muy representativo es el suspendido plan de inversión de la automotriz BYD. Un proyecto que planteaba invertir 1.000 millones de dólares en una alianza con la firma india Megha Engineering and Infrastructures para establecer una planta de gran escala capaz de producir entre 10.000 y 15.000 vehículos eléctricos anuales y sus respectivas baterías. 

Su Excelencia, el Sr. Xi Jinping, Presidente de la República Popular China, junto con el Primer Ministro, Shri Narendra Modi, visitan la ribera del río Sabarmati en Ahmedabad (17 de septiembre de 2014).
 Xi Jinping visita junto a Narendra Modi la ribera del río Sabarmati en Ahmedabad, India, 17 de septiembre de 2014. Fuente: Galería de fotos de MEA

Esta inversión hubiese supuesto un fuerte avance para la industria automotriz india, situada en una posición todavía muy rezagada con respecto al de las grandes potencias automovilísticas asiáticas. Sin embargo, suscita el temor de que un sector tan estratégico como el del automóvil acabe indirectamente controlado por agentes económicos chinos, que además guardan las partes más importantes de la cadena de valor dentro de sus fronteras.

En la actualidad, tras los pasos dados por Xi Jumping y Modi el año pasado, hay dos acontecimientos que parecen abrir nuevas oportunidades. Por una parte, el deshielo político alcanzó un hito muy relevante a mediados de julio con la primera visita en cinco años del ministro de exteriores indio a China, normalizando las relaciones y trabajando en la reducción de tensiones fronterizas, así como el impulso al comercio bilateral. 

Por otro lado, la posibilidad de un hipotético cambio legislativo desde que el pasado mes de junio, NITI Aayog, el think tank de políticas públicas más influyente del gobierno indio, señalase la conveniencia de suavizar las limitaciones impuestas a las inversiones de empresas chinas. Concretamente proponen que las empresas chinas puedan adquirir hasta un 24% del capital de las empresas indias sin requerir aprobación previa de ninguna autoridad pública, con la posible excepción de aquellos sectores económicos considerados más sensibles o estratégicos. Su propósito es el de incentivar la inversión extranjera directa en India, considerada actualmente insuficiente para las altas ambiciones de crecimiento económico a medio plazo del país. 

Infografía TPR 24 China e India, las naciones más pobladas del mundo FORMATO WEB1.avif

Los primeros pasos comienzan a ser vislumbrados, con un proceso de deshielo que comienza a transformar oportunidades en realidades. Un claro ejemplo es la inminente reanudación de los vuelos directos entre India y China, ineludible condición para permitir un mayor intercambio económico y de inversión. Aun cuando los profundos intereses geopolíticos contrapuestos hacen prácticamente imposible plantear una sólida alianza a largo plazo entre China e India, ninguna de las dos naciones podrá alcanzar sus objetivos sin una mayor interrelación comercial. 

Por consiguiente, en los próximos años nos espera un escenario de recelosa cooperación en el que seremos testigos de un interesante juego estratégico en el que tanto Pekín como Nueva Delhi moverán sus piezas con astucia intentando sacar mayor beneficio y minimizando riesgos en un contexto de creciente integración económica.

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