El convoy entraba en Bamako envuelto en una nube de polvo y arena. La gente se había concentrado a la entrada de la ciudad, vitoreando y animando la llegada de sus compatriotas. A lo lejos, una columna de humo negro era visible. Pasó rápido, antes de que la mitad de los conductores comprendiera realmente lo que ocurría. Primero, el sonido de una ráfaga de disparos; después, una explosión. Pick-ups y motocicletas emergían de la maleza, cerrando ambos extremos del camino. En Mali, esta es la escena que se ha estado repitiendo una y otra vez durante semanas, profundizando aún más la ya frágil, y nunca realmente asegurada, estabilidad y seguridad del país.

La gente se reúne en una gasolinera debido a la escasez de combustible en Bamako, Malí, el 7 de octubre de 2025. Foto: Reuters
La gente se reúne en una gasolinera debido a la escasez de combustible en Bamako, Malí, el 7 de octubre de 2025. Fuente: Reuters

El JNIM vuelve a la carga

Desde esa autopista en llamas se dibuja la estrategia del grupo yihadista Jama'at Nasr al-Islam wal-Muslimin (JNIM por sus siglas), considerada el brazo de Al-Qaeda en el Sahel. JNIM ha estado atacando pueblos clave y los ejes logísticosque conectan Mali con Guinea, Costa de Marfil, Senegal y Mauritania. Una estrategia simple pero efectiva: interceptar los convoyes y prender fuego a los camiones cisterna. 

De esta forma, el grupo aprovecha los inevitables cuellos de botella de un país sin salida al mar que depende del combustible importado por carretera. El resultado es escasez, precios disparados y la sensación de un Estado incapaz de proteger algo tan básico como el suministro. Son ataques sistemáticos diseñados para desgastar a la junta militar, erosionando la confianza pública y alzando la posición del JNIM. Un puñado de combatientes en los puntos adecuados puede paralizar el flujo de combustible durante semanas, y las imágenes de cisternas ardiendo hacen el resto. 

La estrategia del agotamiento

Los avances del JNIM hacia Kidal y otros puntos del norte forman parte de una estrategia de presión, no de conquista. Siguen apostando por ataques rápidos, emboscadas y bloqueos económicos, pero no por operaciones urbanas prolongadas. Y es que, hasta ahora, el grupo no nunca ha logrado tomar una capital regional. Su presencia se sostiene en zonas rurales donde el Estado está ausente, no en ciudades donde la presencia militar es mucho mayor. 

Por eso su táctica en torno a Bamako se centra en asfixiarla económicamente: bloquear carreteras, atacar convoyes y provocar desabastecimiento para desgastar a la junta. Un asalto frontal o convencional no forma parte de su doctrina ni está entre sus capacidades actuales. Cualquier ambición más allá de la presión y asfixia tendría un horizonte temporal de años. 

En respuesta, la junta militar ha tratado de reforzar la seguridad en torno a los convoyes de combustible, centrando sus esfuerzos en proteger las arterias logísticas que el JNIM intenta cortar. La cobertura la han proporcionado no solo unidades de las fuerzas armadas, sino también del Africa Corps, desplegando sus propios blindados MRAPs. El objetivo es mantener los corredores abiertos y asegurar el mínimo de recursos que necesita el Estado para seguir funcionando. Pero estas escoltas son caras, arriesgadas y políticamente sensibles. 

Al final exponen a las fuerzas armadas y el personal contratado a emboscadas, pudiendo erosionar su legitimidad. Y mientras los convoyes protegidos se desvían por rutas como el eje Kadiana-Kolondieba-Bougouni-Bamako, otras zonas quedan más desprotegidas. Esto ha dejado a ciudades como Sikasso, Mopti y Ségou más expuestas. 

Lucha guerrillera y huida por el desierto

Los recientes ataques a convoyes revelan la precisión táctica del JNIM. El grupo combina emboscadas selectivas, artefactos explosivos improvisados, secuestros dirigidos y la quema visible de cisternas para maximizar su impacto. Su dispersión rápida por terrenos rurales y la explotación de cuellos de botella logísticos les permite convertir un número limitado de combatientes en un actor capaz de generar efectos nacionales. 

Las fuerzas armadas de Mali, junto con las fuerzas del Africa Corps, han tratado de degradar las capacidades del JNIM con ataques aéreos y golpes quirúrgicos. Aunque han aliviado las tensiones inmediatas, con cierto éxito en la escolta de los convoyes de combustible, no han corregido los fallos de base: fronteras imposibles de sellar, un dispositivo militar extendido más allá de sus capacidades reales y una logística concentrada en corredores cuya intercepción paraliza al país. 

La respuesta gubernamental intenta proyectar confianza. La reciente llegada de cientos de vehículos militares forma parte de esa coreografía de poder. Pero esta demostración simbólica no supone un cambio de tendencia significativo. Rusia, como garante de seguridad, puede apuntalar zonas críticas, pero no reemplazar la falta de integridad territorial, la debilidad de las alianzas locales ni la erosión de la confianza pública. 

Vehículos militares ingresan en Bamako.
Vehículos militares ingresan en Bamako. Fuente: X

Conclusión

Aunque los titulares mencionan una potencial caída de Bamako, la trayectoria del JNIM sugiere un escenario distinto: Presión continua sobre las rutas, emboscadas y episodios urbanos puntuales destinados a amplificar la sensación de asedio, más que a capturar la capital. En este sentido, la sensación de inseguridad supone una victoria táctica para el JNIM. 

Jama'at Nasr al-Islam wal-Muslimin ha ampliado su radio de acción y aprendido a manipular los circuitos económicos del país, generando efectos significativos con fuerzas limitadas. El desenlace no dependerá de una operación decisiva, sino de la capacidad de la junta, con o sin apoyo ruso, para construir una logística resistente, recomponer su base política y recuperar vínculos locales que limiten el margen de acción del grupo yihadista. 

Cuando los efectos se sienten en la vida cotidiana de la gente, la frontera entre acción militar y colapso social se vuelve inquietantemente delgada. 

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