La bandera tricolor de la República de Malí ya no corona la fortaleza de Kidal, el núcleo del poder tuareg en el norte del país. En su lugar, por primera vez en la historia, ondean tres franjas horizontales roja, amarilla y azul, unidas por un triángulo blanco. Es la bandera del Frente de Liberación de Azawad(FLA), organización militar que encarna el movimiento secesionista tuareg. El pasado 25 de abril de 2026, la coalición rebelde lanzó una ofensiva que expulsó a las tropas del ejército maliense y a los mercenarios rusos del Africa Corps, quienes controlaban la ciudad desde que la recuperaron de manos de los tuareg en noviembre de 2023. Para asestar este golpe en el tablero del Sahel, el FLA forjó una alianza con JNIM, la franquicia de Al Qaeda en el Sahel liderada por Iyad ag Ghali, una figura capital en la historia política de la región. Es un eco oscuro de 2012, cuando esta misma simbiosis logró capturar Tombuctú, Gao y Kidal, para más tarde ver cómo los secesionistas tuareg eran traicionados y desterrados por los propios yihadistas. 

Si bien el norte de Malí se encuentra hoy en el ojo de una tormenta yihadista regional, es necesario levantar la mirada más allá de las banderas negras. Las dinámicas violentas del eterno conflicto tuareg llevan repitiéndose durante décadas, mucho antes de que la yihad global pusiera un pie en el desierto. Sin ir más lejos, desde el siglo XX, el Sáhara central ha presenciado cinco sublevaciones armadas, siendo la gran explosión de 2012 la última y la de mayor impacto regional. La insubordinación endémica y la predisposición para empuñar las armas se han explicado generalmente desde el argumentario del nacionalismo tuareg: una lucha contra la marginación, el subdesarrollo y el desprecio de las comunidades del norte hacia las capitales del sur. Hay verdad en eso, pero no es toda la historia. Detrás hay factores geográficos, disputas por el control de recursos entre comunidades nómadas y sedentarias, la inestabilidad del Sahel postcolonial y décadas de injerencia exterior, todo ello envuelto en narrativas que responden a intereses muy concretos.

Las raíces del Azawad: Pastoralismo, esclavitud y raza

Entre el Océano Atlántico y el Mar Rojo se encuentra el Sahel: un cinturón ecoclimático que sirve de transición entre el desierto del Sáhara y la sabana subsahariana. Como en el norte —al ser muy árido— la agricultura es inviable, los habitantes de estas zonas han mantenido un modo de subsistencia pastoral y trashumante, moviéndose dependiendo de la estación y llevándose consigo rebaños a pastos y lagos. Los pueblos de las sabanas meridionales y los valles fluviales del sur, en cambio, cimentaron sociedades agricultoras y pescadoras sedentarias. Entre el sur agrícola y el norte pastoral, centros urbanos como Tombuctú, Gao y Kidal operaban como «puertos del desierto» para el comercio. Pero este punto de encuentro entre modos de vida contrapuestos también los antagonizaba cuando llegaban las sequías y el acceso a según qué tierras o pozos se convertía en disputa. 

En el universo del nomadismo destaca la sociedad tuareg, hoy dispersa por Argelia, Libia, Malí y Níger. Famosos por sus turbantes azules y su idioma, el tamashek, los tuareg se articulaban en clanes gobernados por una estricta jerarquía de castas. En la cúspide se encontraban la aristocracia guerrera y religiosa, seguida por los artesanos y los vasallos. Los esclavos y los siervos agrícolas y domésticos ocupaban el estrato más bajo. Se trataba de una jerarquía de castas tan estricta que los eruditos islámicos de Tombuctú se encargaron de legitimarla y regularla mediante la ley islámica. Aunque había esclavos de origen tuareg o mixto, la mayoría eran capturados en incursiones contra las comunidades sedentarias del río Níger. 

Los tuaregs en el Festival au Désert de Tombuctú en enero de 2012 , justo antes de que el MNLA lanzara la rebelión azawadia a finales del mismo mes.
Los tuaregs en el Festival au Désert de Tombuctú en enero de 2012 , justo antes de que el MNLA lanzara la rebelión azawadia a finales del mismo mes. Autor: Alfred Weidinger

Los franceses a su llegada al Sáhara a finales del siglo XIX no tuvieron que inventarse demasiado: encontraron una jerarquía racial ya construida y simplemente la incorporaron a la administración colonial bajo el prisma de las teorías raciales científicas europeas de la época. De modo que, para París, la nobleza tuareg y mora eran una «raza blanca» genéticamente dotada para el mando, situándola por encima de los pueblos sedentarios del sur, catalogados como «raza negra». Como veremos, esta división no ha dejado de envenenar la política del Sahel desde entonces e influyó enormemente en los cimientos políticos de los estados independientes y en el lenguaje académico utilizado para abordar el conflicto actual. 

Sin embargo, los señores de la guerra tuareg no se dejaron someter fácilmente. La resistencia contra Francia se prolongó hasta bien entrado el siglo XX, teniendo su punto de quiebre en la «rebelión de Kaocen» de 1916, la primera de muchas. Para pacificar el desierto, Francia pactó con la aristocracia nómada: París reconocería la autoridad de los linajes guerreros sobre el norte, a los que eximió del servicio militar y del trabajo obligatorio y les permitió conservar sus esclavos (que la propia administración colonial utilizaría para la construcción de infraestructura) a cambio de estabilidad y la colecta de impuestos.

El Amenukal (jefe tuareg) Musa ag Amastan llegando a París (1910)
El Amenukal (jefe tuareg) Musa ag Amastan llegando a París en 1910. Como se puede observar en esta viñeta francesa de la época, los tuareg son representados como hombres de color blanco. Fuente: Dominio Público

La posición privilegiada de los nobles «blancos» dentro de la estructura colonial terminaría siendo su condena de cara al mundo postcolonial que se avecinaba. Los privilegios coloniales aislaron al norte de la infraestructura moderna, el desarrollo industrial y la educación, concentrados en el sur. La élite nómada tuvo dificultades para aceptar la economía moderna y desprenderse de la visión premoderna: por ejemplo, los nobles tuareg consideraban el trabajo manual una labor impura destinada a los esclavos, al contrario que el pastoreo, la ocupación honorable. Tampoco enviaron a sus hijos a las escuelas coloniales por temor a que perdieran su fe islámica; en su lugar, mandaron a los hijos de los esclavos. A partir de la Segunda Guerra Mundial, la estructura colonial marginó a la aristocracia pastoral y confió la construcción del futuro Estado moderno a las comunidades agrosedentarias del sur y a los esclavos instruidos del norte. 

Al vislumbrarse la descolonización, los ciudadanos sureños formados asumieron los puestos de poder e iniciaron políticas de emancipación esclava. La reacción de la élite pastoral no se hizo esperar. Mohamed Ali ag Attaher, aristócrata considerado precursor del nacionalismo tuareg, advirtió a sus compatriotas: si el norte se mantenía marginado de la modernización, el nuevo Estado nacería gobernado por los «negros» del sur. Para la aristocracia nómada, aquello no solo significaba la pérdida del poder político, sino el fin de sus privilegios tradicionales y del sistema de esclavitud del que dependía su estilo de vida. La retórica de esta visión era manifiestamente supremacista. Poco antes de la independencia, ag Attaher envió una carta a Charles de Gaulle en nombre de cientos de jefes tribales expresando su oposición a ser integrados en un estado de «mayoría negra» y solicitando la independencia del Azawad o la permanencia bajo dominio francés. París consideró las demandas de sus aliados tras hallar reservas de petróleo en los años 50, pero el proyecto de un territorio autónomo en el Sáhara naufragó y el pueblo tuareg quedó fragmentado en cuatro estados independientes a partir de 1960. 

Mohamed Ali ag Attaher con sus esclavos
Mohamed Ali ag Attaher con sus esclavos. Fuente: Dominio Público

Las tensiones estallaron en 1963 con la rebelión de la Alfellaga (‘rebelión armada’), el inicio del bucle de alzamientos contra Bamako. Las tajantes políticas de modernización del presidente socialista Modibo Keïta, orientadas a abolir el sistema de castas bajo una retórica que promovía una identidad nacional basada en la «negritud» que excluía a los grupos «blancos», fueron percibidas en el norte como una amenaza existencial. Al contrario de lo que se pueda imaginar, el levantamiento no fue masivo, sino una insurgencia de una minoría aristocrática comandada solamente por los clanes nobles Ifoghas desde Kidal. La respuesta del ejército maliense, con apoyo soviético, quedaría marcada para siempre en el imaginario colectivo tuareg: ejecuciones sumarias tanto de rebeldes como de opositores a la rebelión, envenenamiento de pozos y matanzas de ganado. El aplastamiento de la Alfellaga sometió a la insurgencia, pero sembró un trauma de resentimiento sistémico y odio racial que se convertiría en el combustible de todas las guerras futuras.

La era Teshumara: la mutación del nacionalismo tuareg

Mientras Bamako escogió la vía de la confrontación, los gobiernos conservadores de Níger y Burkina Faso optaron por aliarse con la aristocracia pastoral. Expandieron la propiedad privada, impulsaron el desarrollo agrícola y desincentivaron la trashumancia y la esclavitud. Pero el Estado apenas llegaba al mundo rural y los planes se quedaron en papel mojado. Donde fracasó la política, se impuso el clima: las devastadoras sequías de finales de los sesenta y principios de los setenta precipitaron el derrumbamiento del modo de vida nómada. El colapso de los pastos desató una hambruna atroz, agravada por la inacción de los gobiernos y la corrupción en la gestión de la ayuda internacional. 

Un nómada tuareg y su esclavo en Mali.
Un nómada tuareg con su esclavo en Mali, 1974. Nótese el turbante azul del tuareg y el de color negro del esclavo, así como las diferencias raciales. Autor: H. Grobe

Con la economía ganadera desaparecida, la población de las ciudades del norte aumentó significativamente por el éxodo rural, lo que contribuyó de manera notable a la urbanización de los grupos nómadas. Los más jóvenes cruzaron el Sáhara hacia Argelia y Libia. En este exilio nació la era Teshumara (‘desempleado’): una ruptura generacional donde tuaregs nobles, vasallos y esclavos abandonaron las dunas, los turbantes azules y el tabú del honor para vestir botas, trabajar como mecánicos o tocar la guitarra eléctrica.

Muchos tuareg exiliados no dejaron atrás su voluntad de volver y luchar por su tierra, cosa que Muamar Gadafi sabía. El líder libio fundó tres campos de entrenamiento en Libia para encauzar el nacionalismo tuareg en un movimiento revolucionario: la Tanekra (‘levantamiento’). Pero Trípoli tenía planes diferentes y Gadafi los usó para presionar a los gobiernos de Malí y Níger, además de carne de cañón en sus guerras en Chad y en la guerra civil del Líbano. Precisamente en esta guerra participó una figura imposible de olvidar: Iyad ag Ghali, hijo de un aristócrata de la tribu Ifoghas de Kidal, conocido por su oportunismo como líder de la Tanekra. Según el testimonio del veterano rebelde tuareg Eglass Ag Ouffene, ag Ghali fue captado a su regreso de Siria por los servicios secretos argelinos, convirtiéndose en un agente entrenado para controlar y desestabilizar el movimiento revolucionario. Al igual que Libia, Argelia buscaba expandir su influencia en el Sahel instrumentalizando la causa tuareg. 

Iyad Ag Ghali, de blanco, en una imagen tomada en julio de 2006 en un lugar indeterminado. Patrick Robert - Corbis (Corbis via Getty Images)
Iyad Ag Ghali, de blanco, en una imagen tomada en julio de 2006 en un lugar indeterminado. Autor: Patrick Robert - Corbis (Corbis via Getty Images)

El oportunismo del joven ag Ghali se llevó a la práctica en el inicio de la rebelión de 1990, cuando regresó al norte de Malí presuntamente bajo directrices argelinas para romper la unidad del movimiento mediante el sectarismo tribal. El régimen de Moussa Traoré llegaba a la negociación ya debilitado por las protestas democráticas en el sur. Las contundentes victorias del Movimiento Popular del Azawad (MPA) en el norte terminaron de doblarle el brazo. El acuerdo de Tamanrasset de 1991, firmado por la camarilla de ag Ghali y el Gobierno maliense, generó descontento entre las filas del MPA y fracturó la Tanekra entre clanes y castas. Las luchas violentas entre grupos nómadas se vieron agravadas por la aparición del Ganda Koy, milicia de autodefensa de las comunidades sedentarias que habitan en el norte, muchas de ellas de herencia esclava. El discurso del Ganda Koy introdujo una peligrosa dimensión racial al retratar a los rebeldes como «invasores blancos» del desierto, lo que desencadenó masacres de civiles tuareg y moros en Tombuctú y Gao.

La paz llegó por donde había empezado el conflicto: acordando quién podía usar qué pozo y en qué estación entre nómadas y sedentarios. También se acordó la integración de los rebeldes en las filas del ejército regular y la autonomía política del norte. El conflicto culminó formalmente el 26 de marzo de 1996 en Tombuctú con la histórica ceremonia de la «Llama de la Paz», donde se quemaron simbólicamente las armas de los rebeldes.

La Llama de la Paz, Tombuctú.
En Tombuctú podemos encontrar el monumento de la Llama de la Paz, que conmemora el fin de la Rebelión Tuareg. Fuente: Dominio Público

La incubación del santuario narco-yihadista

La paz de Tombuctú no evitó que las armas de la guerra civil continuaran circulando. Según el tratado, el ejército maliense no tendría una presencia notable en el norte por lo que, para apaciguar potenciales tendencias insurgentes, Bamako recurrió al reparto de rentas y puestos de poder: hacia 1997, casi todos los antiguos combatientes rebeldes habían sido integrados en las Fuerzas Armadas o reinsertados en la vida civil mediante pequeños negocios financiados por el Estado. Para muchos norteños, sin embargo, estas medidas eran la historia de siempre. Clanes aristócratas específicos y líderes militares monopolizaron los «frutos de la paz» (es decir, fondos al desarrollo y puestos gubernamentales) y dejaron de lado a las comunidades no tuaregs y al resto de clanes; una exclusión que encontró una salida fácil en la economía criminal. 

En este escenario de desamparo institucional, la proliferación de las armas, el transporte irregular de inmigrantes y el auge del narcotráfico transahariano se integraron por completo en una vida pública regida por la demokalashi (término acuñado por el académico Baz Lecocq): una «democracia» basada en el Kaláshnikov, donde las disputas tribales y el control de las rutas de la droga se dirimían a golpe de gatillo. En el epicentro de este orden mafioso, tolerado y aprovechado por el Estado, emergió Iyad ag Ghali como el «virrey» e intermediario indispensable a ojos de Bamako para lidiar con los oscuros actores que empezaban a anidar en las dunas: Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Fotograma de un video de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) que muestra a los tres cooperantes españoles secuestrados en 2009 custodiados por tres hombres armados y encapuchados en el desierto.
Prueba de vida publicada en 2010 por el grupo terrorista Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), en la que aparecen secuestrados los cooperantes españoles Albert Vilalta, Alicia Gámez y Roque Pascual, miembros de la ONG Barcelona-Acció Solidària capturados en Mauritania a finales de 2009. Fuente: El País

AQMI provenía de la guerra civil de Argelia (1992-2002), cuando la escisión del frente islamista trasladó parte de su actividad al desierto ante la presión militar argelina. En los territorios fronterizos entre Argelia y Malí, AQMI comenzó un proceso de asentamiento y de mimetización con el estilo de vida del desierto. Guiados por el veterano de Afganistán Mokhtar Belmokhtar, los comandos yihadistas compraban ganado a los nómadas empobrecidos al doble de su valor real, distribuían alimentos gratuitos y sellaban alianzas estratégicas contrayendo matrimonio con mujeres de las élites moras y tuareg. Al cubrir el vacío asistencial de un Estado central completamente ausente, los militantes obtuvieron una retaguardia perfecta para sus actividades y un vasto territorio lucrativo con el negocio de los secuestros de turistas europeos durante la década de los 2000. 

El equilibrio entre el narcotráfico, la tolerancia del Estado y los grupos yihadistas saltó por los aires en mayo de 2006, cuando la aristocracia Ifoghas comandada por Ibrahim ag Bahanga e Iyad ag Ghali (que ya había abrazado el radicalismo islámico) lanzó ataques coordinados contra los cuarteles de Kidal y Ménaka. Lejos de ser una rebelión popular, el detonante real fue el temor de los oficiales tuareg integrados a perder sus rangos y privilegios ante una inminente reforma militar del Estado. Incapaz de responder militarmente, el gobierno del presidente Amadou Toumani Touré acudió a Argelia y firmó unos desastrosos acuerdos que estipularon la retirada total del ejército regular de la región de Kidal y la creación de unidades de seguridad locales integradas por los propios insurgentes. El vacío de soberanía blindó el control del norte a las élites nómadas y concedió a Al Qaeda lo que llevaba años esperando desde su repliegue: un santuario despejado en pleno desierto donde expandir el yihadismo transnacional a su antojo y en connivencia con las facciones locales. 

Líderes tuareg se entrevistan con el presidente Amadou Toumani Touré
Líderes tuareg se entrevistan con el presidente Amadou Toumani Touré. Fuente: Dominio Público

El bucle entre la guerra y la paz

La «democracia modelo» del Sahel —Mali— se derrumbó en el annus horribilis de 2012, tras una rebelión separatista, un golpe de Estado y la proclamación de una teocracia islámica. Todo comenzó en 2011, cuando los soldados tuareg que habían servido lealmente a Gadafi regresaron al norte de Malí con sus armas y su experiencia, pero sin su patrón libio. Se integraron en el recién fundado Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA), una coalición de oficiales veteranos e ideólogos jóvenes con un único objetivo: la independencia del Azawad. El ejército maliense no pudo contener su avance a principios de 2012, aunque no tanto por las capacidades rebeldes como por su propio estado de descomposición interna: la falta de suministros, las deserciones en las filas tuareg y las masacres en el frente habían destruido la moral desde dentro. En marzo, un motín en el campamento de Kati terminó por derrocar al presidente Amadou Toumani Touré.

Con el Estado fracturado, Kidal, Gao y Tombuctú cayeron en tres días y el MNLA proclamó la triunfante independencia del Azawad. Pero algo siniestro germinaba entre bastidores. El veterano Iyad ag Ghali, marginado por las nuevas generaciones del MNLA (debido a sus traiciones pasadas, según ag Ouffene), había fundado a finales de 2011 su propia milicia tuareg de corte salafista bajo el amparo logístico y financiero de AQMI: Ansar Din. Los militantes de AQMI se infiltraron en las filas del nuevo grupo para utilizar la fachada tuareg como caballo de Troya y no encender las alarmas en Occidente. En junio de 2012, cuando ya controlaban el terreno, traicionaron al MNLA, lo expulsaron de las ciudades y reinstauraron la sharía, para acto seguido destruir a martillazos los centenarios mausoleos y demás reliquias históricas de Tombuctú.

Rebeldes de Azawad en Malí, enero de 2012
Rebeldes de Azawad en Malí, enero de 2012. Fuente: Magharebia

El gobierno maliense solicitó la intervención militar francesa para frenar el avance de las columnas yihadistas hacia la capital en enero de 2013. En pocas semanas los miembros de AQMI fueron expulsados de los centros urbanos y se dispersaron hacia el interior rural, donde llevan desde entonces sembrando el caos. Sin embargo, para agilizar la caza de los líderes de Al Qaeda en el desierto, París se alió sobre el terreno con el MNLA y sus escisiones moderadas, impidiendo la entrada del ejército maliense en Kidal. El oportunismo de la élite Ifoghas no tardó en asomar: Alghabass ag Intalla, que había combatido bajo las siglas de Ansar Din, se escindió de ag Ghali y renunció públicamente al terrorismo para evitar la represalia francesa. La ciudad quedó como feudo rebelde durante años, y muchos de los comandantes que habían impuesto la sharía en Tombuctú se sentaban a negociar como representantes legítimos (como el propio ag Intalla) o colaboraban con los franceses en sus operaciones antiterroristas. En el sur, la opinión pública percibió a las tropas francesas como protectoras de los rebeldes y al Gobierno de Malí como «títere neocolonial» por aceptar la humillación, sembrando un irreversible sentimiento antifrancés en el país. 

Para dar una salida política al conflicto y celebrar elecciones, el gobierno se sentó con los líderes sublevados secesionistas y finalmente se llegó a la firma del Acuerdo de Argel en 2015. Lejos de pacificar la región, el tratado institucionalizó una profunda fractura social y de castas en el norte del país a través de dos grandes coaliciones con intereses cruzados: por un lado, la Coordinación de Movimientos del Azawad (CMA), que agrupaba a las facciones autonomistas del MNLA y de la aristocracia tuareg y mora asentadas en Kidal y, por otro, la «Plataforma», una amalgama de milicias leales a Bamako que buscaban defender sus propios intereses territoriales y comerciales en Gao y la cuenca del río Níger. Esta polarización estructural condenó la aplicación real del pacto y los sucesivos intentos de encauzamiento político (como el Acuerdo de Roma de 2022) a un absoluto estancamiento, dinamitado por la desconfianza mutua; una parálisis que comenzó bajo la gestión frágil y errática del presidente Ibrahim Boubacar Keïta y que terminó por estallar tras la llegada de la junta militar de Assimi Goïta en 2020, que consideraba el pacto de 2015 como un obstáculo insostenible para la soberanía plena y la integridad territorial. 

Tropas francesas en Malí
Tropas francesas en Malí, 2014. Fuente: Ministerio de Defensa de Francia

Con la diplomacia bajo tierra, Goïta expulsó a las fuerzas francesas y a los cascos azules de la ONU y acudió a los mercenarios rusos del Grupo Wagner, actualmente Africa Corps. La retirada militar desató una caótica carrera por el control de los campamentos militares abandonados en el norte. Rompiendo formalmente el alto el fuego de 2014, el ejército maliense, acompañado por mercenarios rusos, lanzó una demoledora ofensiva que culminó en noviembre de 2023 con la recuperación de Kidal. Aunque esta victoria legitimó el discurso de la junta sobre la soberanía recobrada, enterró el orden establecido en Argel y devolvió a los movimientos autonomistas del CMA a la clandestinidad. Estos se reorganizaron a finales de 2024 bajo una nueva estructura político-militar: el Frente de Liberación de Azawad (FLA). Decididos a revertir la situación, los separatistas se vieron abocados a repetir la vieja y peligrosa asociación con el JNIM, la filial de Al Qaeda liderada por el eterno Iyad ag Ghali. Con la reconquista tuareg de Kidal de este 2026, el futuro de Malí, la junta militar y la alianza entre etnonacionalistas tuareg y yihadistas es impredecible. 

La tragedia de Malí no es sorprendente: es el resultado lógico de un Estado que nunca terminó de construirse. La modernidad francesa no llegó al Sáhara para integrarlo o transformarlo, sino para administrarlo, y lo hizo apoyándose en unas jerarquías raciales y de casta que llegaron intactas a los gobiernos independientes. Cuando Bamako intentó desmantelarlas a la fuerza y siguiendo el ideal modernista que los franceses inculcaron, pero no implementaron, las élites que las habían disfrutado durante siglos tomaron las armas. Cuando decidió tolerarlas bajo el prisma «democrático», las convirtió en el engranaje de un sistema de corrupción y violencia negociada que terminó por pudrirlo todo.

Mapa TPR 55 Por el control de África zonas en manos de independentistas, terroristas y rebeldes, situación en octubre de 2024.avif

Las rebeliones tuareg no son la resistencia romántica de un pueblo libre contra el yugo del sur que a veces se vende. Son, en buena medida, la reacción de una aristocracia nómada que nunca aceptó perder su posición predilecta y que ha sabido envolver ese agravio en el lenguaje del nacionalismo, la fe o la supervivencia según lo que exigiera cada momento. El violento historial del Estado maliense ha empujado, en ciertos momentos, a las castas bajas del norte a combatir junto a la nobleza nómada. No por intereses comunes, sino porque cuando el ejército arrasa sin distinguir, la aristocracia ha sabido presentar su guerra de privilegios como una lucha compartida contra la represión.

Mientras tanto, la población del norte, de origen nómada o sedentario, sigue pagando la factura. Cada año, Malí se encuentra entre los países más pobres del mundo y en el fondo de los rankings globales en alfabetización y desarrollo; esto afecta tanto al sur como al norte. La diferencia es que en el desierto esa pobreza viene acompañada de décadas de trauma y represión. Cada acuerdo de paz ha sido, en el fondo, un reparto entre élites. Y cada reparto ha dejado suficiente resentimiento como para garantizar la próxima rebelión.

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