El ocaso de DeSantis y la resurrección de Donal Trump
Noviembre de 2022. Se celebran las elecciones de medio mandato en Estados Unidos y los republicanos acuden a ellas con optimismo. En los comicios se elegirá a la Cámara de Representantes, un tercio de los senadores y algunos otros cargos como gobernadores o fiscales de distrito.
Los republicanos tenían el viento a favor, normalmente las elecciones de medio mandato se interpretan como un referéndum sobre la gestión del presidente y, en aquel momento, Biden tenía una popularidad del 42% y la inflación superaba el 8%, por lo que la estrategia Demócrata simplemente pasaba por intentar aguantar el tipo y evitar una nueva oleada republicana. Sin embargo, se produjo la sorpresa, no hubo una nueva ola republicana y, de hecho, los demócratas mejoraron su posición.

El Partido Republicano entró en un periodo de reflexión estratégica. ¿Qué había pasado? Todo apuntaba a que Trump continuaba representando una buena parte de la fuerza electoral, pero esta fuerza estaba teniendo problemas para trasladarse a sus partidarios.
En las primarias se impusieron candidatos excéntricos con credenciales trumpistas que, si bien habían logrado movilizar a las bases republicanas, también habían espantado a los moderados e indecisos, además de provocar cierto efecto movilizador de sus rivales. Trump seguía fuerte, pero el trumpismo hacía aguas.
La nota positiva en las elecciones la puso Florida. Allí, el gobernador republicano Ron DeSantis logró vencer con contundencia a su rival demócrata. DeSantis era gobernador desde 2018, cuando ganó las elecciones por la mínima (poco más de 30.000 votos). Cuatro años después gana las elecciones con una ventaja de casi 20 puntos.
DeSantis no difiere mucho ideológicamente de Trump, de hecho, en algunos aspectos se encuentra más a la derecha, pero tiene una ventaja fundamental, no es Trump. Con los resultados de las midterms el establishment republicano comienza a mirar a DeSantis como posible reemplazo al expresidente. Es el único candidato que ha conseguido tener éxito proponiendo una especie de Trumpismo sin Trump y, si este éxito consigue trasladarse al ámbito nacional, el GOP podría volver a la Casa Blanca más pronto de lo que muchos pensaban.

La idea era sencilla, viendo la popularidad del discurso de Trump, las élites republicanas debían encontrar un candidato capaz de defender ese discurso, pero sin el bagaje y la polémica que acompañan al expresidente allá donde fuera. En definitiva, alguien que lograra movilizar a las bases trumpistas pero sin ahuyentar a los moderados. Esta sería la receta del éxito para las elecciones presidenciales de 2024.
A partir de aquí se inicia un proceso de construcción de DeSantis como candidato presidenciable y mayor amenaza a la reelección de Donald Trump. Sin embargo, tras el entusiasmo inicial, se producen una serie de errores estratégicos y una campaña desastrosa que dan al traste con las ambiciones del gobernador de Florida incluso antes de que empiecen las primarias. En sólo unos meses DeSantis ha pasado de ser el antídoto contra Trump a ser un candidato sentenciado en las primarias republicanas.
Ascenso y caída
DeSantis fue la apuesta de los grandes donantes republicanos y de lo que quedaba del establishment republicano pretrump. Sin embargo, su campaña empezó con mal pie.
A pesar de las presiones para que anunciara pronto su candidatura (con el objetivo de hacerlo antes que Trump) y copar esas semanas los titulares, DeSantis decidió esperar. Ya era evidente que se presentaría, pero aun así demoró el anuncio perdiendo un tiempo muy valioso en el momento de mayor debilidad de Trump por los pobres resultados de sus aliados en las elecciones de medio mandato y sus problemas judiciales.
Por si fuera poco, cuando finalmente decidió anunciar su candidatura, lo hizo por medio de un espacio en X (anteriormente Twitter) y, como viene siendo habitual desde la llegada de Elon Musk a la red social, el espacio se cayó varias veces y los problemas técnicos hicieron prácticamente imposible poder seguir el anuncio.
Las cosas empezaron mal y continuaron mal. La campaña de DeSantis sufrió una falta de estrategia preocupante y un descontrol de gastos que lastraron su capacidad de hacer una campaña efectiva. Ejemplo de este descontrol es que, en el vital estado de Iowa, DeSantis ha gastado más en aviones privados que en anuncios para televisión. DeSantis prefiere viajar de esta manera y, a pesar de las advertencias de que estaba dilapidando importantes recursos para la campaña, se negó a cambiar de parecer.
Así, pronto la campaña se vio obligada a hacer recortes y comenzaron los despidos. A la reducción de personal, y viendo que DeSantis no avanzaba en las encuestas, le siguieron las dimisiones y los vaivenes estratégicos. El jefe de su Comité de Acción Política, el órgano que se encarga de financiar la campaña, dimitió. Asimismo, tres de sus oficiales más importantes fueron despedidos y el jefe de estrategia decidió también abandonar el proyecto.
A las pocas semanas de empezar, la campaña de DeSantis ya era un desastre y la cobertura mediática se centraba más en lo disfuncional de su intento por conseguir la nominación republicana que en mostrarle como una alternativa viable a Trump. Además, el propio carácter de DeSantis también está contribuyendo a su bajo rendimiento.

Cuando los focos están en él se le ven las costuras y su falta de carisma se hace más evidente. Además, muestra una falta de empatía manifiesta que se observa cada vez que interactúa con alguno de sus votantes, lo que ha provocado que aquellos que gestionan su campaña tengan pocas imágenes con las que reforzar su imagen a un electorado más amplio.
Desde el punto de vista ideológico, la estrategia también está siendo fallida. DeSantis está apelando principalmente a la derecha para tratar de disputarle el electorado a Trump, impulsando una postura muy dura en algunos temas como el aborto, y esto le está costando su imagen entre aquellos indecisos y moderados que pretendía ganarse en un principio. Ni que decir tiene que el electorado favorable a Trump prefiere seguir apoyando al original antes que a la copia, por lo que su estrategia ha acabado haciendo aguas por varios frentes.
Pero no todo han sido errores propios, las circunstancias externas también le han sido adversas. Los problemas judiciales de Trump han terminado por jugar a su favor permitiéndole, con cada imputación, adoptar el papel de víctima y erigirse de nuevo en la única figura capaz de combatir al establishment corrupto que conspira en su contra.
Además, la situación judicial de Trump deja en una posición incómoda al gobernador de Florida, obligándole a defender que efectivamente se trata de una estrategia de persecución política del expresidente y, por tanto, comprando el relato de Trump. Por otro lado, los problemas que empezó a acumular la campaña de DeSantis hicieron que el resto de los candidatos a las primarias republicanas vieran sangre y comenzaran su campaña contra él. De hecho, a pesar de que el rival a batir es Trump, los candidatos han gastado más dinero en anuncios contra DeSantis que contra el expresidente.

Con DeSantis a casi 50 puntos de Trump en ámbito nacional, los donantes republicanos y lo que queda de la coalición antiTrump comenzaron a buscar alternativas y se centraron en Nikki Haley.
La antigua embajadora de Estados Unidos ante la ONU comenzó a subir en las encuestas y, con esta subida, llegaron los fondos de los grandes donantes que poco a poco fueron desplazándose de DeSantis a Haley, ahondando aún más en la crisis económica de la campaña del gobernador de Florida. De hecho, el influyente grupo Koch invirtió 70 millones en la campaña de Haley en una clara muestra de que habían pasado página respecto a DeSantis.
Ahora mismo, según algunas encuestas, DeSantis ya ha perdido el segundo puesto respecto a Haley mientras Trump continua su liderazgo indiscutido.
Primera parada: Iowa
En este contexto llegábamos a la primera cita de las primarias, los caucus de Iowa. Ocurrió lo que se esperaba que ocurriera. Donald Trump arrasó superando el 50% de los votos y aventajando en más de treinta puntos al segundo clasificado, Ron DeSantis. De los 99 condados que tiene el estado de Iowa, Trump se impuso en 98. El que perdió, en favor de Nikki Haley, lo hizo por tan sólo un voto. Además, Trump consiguió ser el más votado en todos los segmentos de la población, desde los evangelistas blancos hasta los graduados universitarios, pasando por aquellos que no fueron a la universidad.

Una buena muestra del colapso de la campaña de DeSantis es que, a pesar de estos números desastrosos para ellos, les ha ido mejor de lo esperaban. Han logrado mantener el segundo puesto por la mínima, algo que estaba en cuestión debido al empuje de Haley en las últimas semanas. En cualquier caso, su campaña ya está muerta y enterrada.
En primer lugar, la oportunidad de Haley no estaba en Iowa sino en la siguiente parada, New Hampshire, donde el electorado lleno de independientes y más favorable a posiciones liberales le beneficia. Que DeSantis haya quedado segundo por un margen tan estrecho en Iowa, un lugar a priori más favorable para él, en el que contaba con el apoyo público de su gobernadora y sobre el que su campaña ha centrado todos sus esfuerzos, deja claro el enorme fracaso de su estrategia. Ahora viaja a New Hampshire donde las encuestas le colocan en un tercer lugar apenas superando el 5% de votos, a casi 40 puntos de Trump y a más de 20 de Haley.
Tras New Hampshire tendremos una pausa de este vertiginoso ciclo de primarias hasta el 24 de febrero, cuando se celebran las de Carolina del Sur. El estado es muy pro Trump y, ademas, Haley es la antigua gobernadora, por lo que tampoco tiene opciones. Antes de Carolina del Sur tendremos las primarias de Nevada, una cita no competitiva donde no participa Haley y Trump arrasará.
Con estas perspectivas el final definitivo de DeSantis como candidato a la nominación presidencial se produciría más pronto que tarde y efectivamente así fue. Antes que continuar arrastrándose cual muerto viviente hasta el Super Martes (5 marzo) el candidato decidió, quizá por primera vez desde que empezó la campaña, tomar una decisión sensata poniendo fin a su candidatura. De esta manera, el aspirante llamado a derrocar a Trump ha terminado su campaña tras la primera parada.

La caída de DeSantis ha sido tan rápida como su ascenso. Sus propias limitaciones como candidato, una estrategia errática y equivocada y la falta de control en su campaña han acabado con sus esperanzas de asaltar la Casa Blanca en una candidatura que siempre fue más mediática que real.
A pesar de que buena parte de su herida es autoinfligida, el ocaso de DeSantis resume bien las enormes dificultades del Partido Republicano para desprenderse del Trumpismo.
No hay sucesor a Trump y, a la vez, el seguidismo al expresidente les deja rehenes de una dinámica que compromete el futuro no sólo de su propio partido sino de la democracia americana. De la capacidad del GOP para resolver esta situación dependerá buena parte del futuro de Estados Unidos, mientras tanto, Trump avanza inexorable hacia un nuevo combate electoral contra Joe Biden.