A medida que avanzaba la madrugada, las órdenes eran confusas, contradictorias. Algunos oficiales de las Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC) ya habían desaparecido, y los mercenarios rumanos, contratados para entrenar y reforzar a las tropas locales, se encontraron abandonados a su suerte. La retirada era inevitable. Sin refuerzos, sin apoyo logístico y con la presión de los rebeldes del M23 acechando a cada paso, no tardaron en tomar la única decisión posible: rendirse.

Un miembro del M23 observa a soldados rumanos alineados en Goma, cerca del puesto fronterizo con Ruanda, 29 de enero de 2025. Créditos: AFP
Un miembro del M23 observa a soldados rumanos alineados en Goma, cerca del puesto fronterizo con Ruanda, 29 de enero de 2025. Créditos: AFP

Los casi 300 contratistas rumanos situados en Goma se vieron obligados a buscar refugio en una base de la ONU, mientras los rebeldes avanzaban sin encontrar resistencia. Su entrega a las fuerzas de Ruanda simbolizó no solo el fracaso de su misión, sino también el colapso de una estrategia militar que había depositado demasiada confianza en fuerzas externas para sostener su estructura de defensa.

Este episodio ha puesto en el centro de la discusión el papel de las compañías militares privadas en la República Democrática del Congo, un país cuya historia reciente ha estado marcada por la presencia de mercenarios extranjeros, atraídos por contratos lucrativos y la promesa de influencia en una región estratégica.

Los rumanos habían sido contratados con salarios muy por encima de lo que recibe un soldado congoleño promedio. Según documentos obtenidos por la BBC, los mercenarios percibían alrededor de 5.000 dólares al mes, mientras que los soldados locales apenas alcanzaban los 100 dólares y, en muchos casos, ni siquiera cobraban.

Uno de los coordinadores del grupo rumano, Constantin Timofti, justificó la rendición explicando que el M23 contaba con apoyo estatal y equipo de última tecnología proporcionado por Ruanda. Esta superioridad dejó a los rumanos sin otra opción más que retirarse.

Goma, un punto estratégico en la RDC, cayó rápidamente en manos de los rebeldes, exponiendo las debilidades estructurales del ejército congoleño. La rendición de los rumanos fue ampliamente documentada, con imágenes de los combatientes sometidos a registros y humillaciones en su paso hacia Ruanda. La rapidez con la que los rumanos se vieron superados ha suscitado críticas sobre su nivel de preparación y la eficacia de su contrato en el conflicto. 

Detrás de la contratación de estos mercenarios estaba Asociatia RALF, una empresa rumana liderada por Horațiu Potra, un exmilitar que se autodenomina instructor. La compañía, con operaciones en múltiples países africanos como Burkina Faso, Níger y Costa de Marfil, había firmado un contrato con la firma congoleña Congo Protection para entrenar a las tropas locales. 

Potra, quien supervisó personalmente la operación hasta su regreso a Rumania hace unos meses, ha estado envuelto en diversas controversias en su país natal, siendo arrestado en diciembre por brindar, supuestamente, seguridad al candidato de extrema derecha Călin Georgescu. Desde entonces, ha evitado responder a los medios sobre su papel en la RDC. 

Investigadores de la ONU han informado que el contingente de efectivos de Potra brindó apoyo estratégico y táctico, incluyendo la protección de aeropuertos clave y campamentos de entrenamiento. Sus hombres han tenido enfrentamientos directos con los rebeldes, con dos operativos muertos por disparos de francotiradores a principios de 2023.

La caída de Goma ha demostrado que el problema de seguridad en la RDC es más profundo que la simple contratación de instructores militares. Este episodio ilustra que, sin una estructura de apoyo estatal, la viabilidad de las empresas militares privadas (PMCs) en conflictos de alta intensidad es limitada. La falta de una cadena de mando clara entre el ejército congoleño, las tropas de la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), las milicias locales como Wazalendo y los contratistas privados ha resultado en un caos que ha beneficiado a los rebeldes del M23.

Ahora, con los rumanos fuera del conflicto, surge la pregunta de qué otros actores podrían ocupar su lugar. En el pasado, grupos como Wagner lograron establecerse en África gracias al apoyo del Kremlin, mientras que empresas occidentales han operado con la protección de sus respectivos gobiernos. Sin este tipo de respaldo, los mercenarios en la RDC parecen condenados a repetir la historia de los rumanos: promesas de riqueza que terminan en una retirada humillante.

Mapa TPR 48 República Democrática del Congo, entre la riqueza y el caos (1).jpg

El futuro de la RDC sigue siendo incierto. La caída de Goma ha demostrado que las alianzas militares improvisadas no son suficientes para contener una insurgencia bien organizada. Mientras los habitantes de la ciudad lidian con las secuelas de la ocupación rebelde, la comunidad internacional observa con atención el vacío dejado por los rumanos y se pregunta quién será el próximo en llenar ese espacio.

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