Durante la Guerra Fría, cuando varios estados africanos enfrentaban insurgencias alimentadas por diamantes, petróleo y tantalio, comenzó a consolidarse la era moderna de la guerra privatizada. A mediados de los años noventa, en Sierra Leona, la compañía militar privada sudafricana Executive Outcomes intervino con eficacia para recuperar el control de los campos de diamantes que habían sido tomados por las fuerzas rebeldes. Si bien su presencia estabilizó temporalmente el flujo de recursos vitales para el país, dejó un recordatorio amargo: externalizar la soberanía equivale, inevitablemente, a comprometerla.

Pocos años después, en Irak, Blackwater, fundada por Erik Prince, se convertiría en el símbolo de la privatización militarizada de la política exterior estadounidense. Operando en el caos posterior a la invasión de 2003, su personal recibió el encargo de proteger diplomáticos y convoyes. Sin embargo, su presencia quedó marcada por episodios altamente controvertidos, como la masacre de la plaza Nisour en Bagdad, que difuminaron la línea entre seguridad privada y violencia mercenaria.

Esta publicación es solo para suscriptores de pago

Regístrese ahora y actualice su cuenta para leer la publicación y obtener acceso a la biblioteca completa de publicaciones solo para suscriptores de pago.

Registrarse ahora ¿Ya tienes una cuenta? Acceder

¿Te ha interesado? Recibe nuestra newsletter

Cada martes, lo más importante de la actualidad internacional explicado por nuestros analistas, en tu correo. Gratis y sin spam.