
El siglo oscuro del Sudeste Asiático
El siglo XX fue un periodo de cambios bruscos en el Sudeste Asiático. La región entró en el siglo bajo dominio europeo (con alguna excepción), el cuál fue sucedido por la invasión japonesa, la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, la independencia. Lo que a menudo no se cuenta en Occidente es que estos cambios sociales y geopolíticos tuvieron un alto coste en vidas humanas. De la Guerra de Vietnam a las matanzas del inicio del “Nuevo Orden” en Indonesia, el Sudeste Asiático experimentó una ola de eventos dramáticos fruto de la lucha por el poder dentro de los diferentes países y la tensa situación internacional.

El colonialismo reestructuró las sociedades e instituciones del Sudeste Asiático de forma radical. La intervención de potencias extranjeras destruyó no solo el progreso político, sino que también resultó en la imposición de instituciones ajenas, completamente incompatibles con los habitantes de la región.
Uno de estos nuevos cambios fue el censo, o dicho de otra forma, la clasificación de los locales según diferentes criterios. Las potencias coloniales distribuyeron a la población nativa en diferentes grupos siguiendo pautas que jamás se habían tenido en cuenta en dichas sociedades, como el idioma, el lugar de origen o la “etnia”, un concepto construido por los europeos que no tenía sentido en la ya establecida estratificación de la sociedad.

Antes de la llegada de los europeos, esta distinción no se había hecho o no era tan importante. Esta segregación formó divisiones y enemistades en las sociedades de forma inédita, llevando a conflictos “interétnicos” después de la independencia en lugares como Malaya o Indonesia, donde estalló la violencia étnica, enfrentando a grupos de personas que habían coexistido pacíficamente en el pasado.
Así como la distinción racial contribuyó a la ruptura de algunas sociedades, en otras regiones las potencias coloniales unificaron a pueblos previamente enfrentados bajo la misma etiqueta racial. Este es el caso de Filipinas, donde los españoles reconocieron a todos los nativos filipinos como “hidalgos”, provocando que los propios habitantes de las islas se vieran entre sí como iguales y no como grupos diferentes, uniéndose en una futura lucha contra el colonialismo y sentando las bases del nacionalismo filipino.

A través de la institucionalización y caracterización extensiva de las colonias mediante investigaciones arqueológicas, antropológicas, lingüísticas e históricas, los colonizadores contribuyeron a la formación de estas nuevas identidades. Además, las migraciones forzadas y las reorganizaciones demográficas contribuyeron a la creación de sociedades heterogéneas que absorbieron esas identidades y sentaron las bases de las nuevas distinciones nacionales, que alimentaron el discurso anticolonial en la lucha por la independencia. Países con territorios tan variados como los de Indonesia pudieron unirse como un estado por primera vez en la historia.
Sin embargo, sería un error suponer que los efectos del colonialismo acabaron cuando las fuerzas externas abandonaron sus “territorios perdidos”. La colonización, en cierto modo, envenenó a las sociedades de las nuevas naciones, condenándolas a enfrentarse a las estructuras que las habían subyugado durante años y que ahora estaban arraigadas en el estado independiente. Algunas de estas estructuras estaban relacionadas con las bases racistas en las que se basaban las relaciones de poder en las colonias.
Por ejemplo, los británicos percibían a los malayos como perezosos y menos capacitados para realizar ciertas tareas debido a sus características biológicas. Al mismo tiempo, estos europeos consideraban que los chinos que vivían en la región eran más trabajadores e inteligentes, principalmente porque contribuyen positivamente a las exportaciones y otros negocios de los colonizadores.

Estas jerarquías raciales establecidas por las potencias coloniales se adoptaron en los nuevos estados independientes, desencadenando episodios de discriminación y violencia interétnica, como es el caso de las matanzas de chinos en Indonesia o los rohinyas en Myanmar.
Occidente acuñó el término “Guerra Fría” para referirse al choque entre los dos grandes bloques ideológicos (capitalismo/comunismo) durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX. El término “fría” en la “Guerra Fría” se refiere a la ausencia de conflicto militar directo entre EEUU y la URSS. No obstante, este período estuvo lejos de ser “frío” en varias partes de Asia.
Durante más de cincuenta años, muchos países de la región experimentaron algunos de los conflictos más mortíferos de la historia en un intento por definir qué sistema debería adoptar el estado novel, que había dejado atrás el yugo colonial y que intentaba marcar su ideología nacional.

Los conflictos durante este tiempo fueron innumerables: la Guerra de Vietnam, las masacres durante la implementación del Nuevo Orden en Indonesia, el genocidio camboyano...y un lárgo etcétera de tragedias. Millones de personas perecieron en poco tiempo como resultado del choque por definir la identidad política y cultural del estado. Tal y como fue durante la era colonial, el Sudeste Asiático volvió a ser víctima de la competencia de fuerzas externas, que esta vez financiaron los esfuerzos bélicos de los diferentes bandos.
La manera en que la violencia masiva tuvo lugar de manera tan irracional en la región ha dejado muchas preguntas a las sociedades actuales. Durante las masacres de 1965 y 1966 murieron entre 500,000 y 1,000,000 personas en Indonesia, en el genocidio de los Khmer Rouge aproximadamente el 25% de la población fue asesinada y casi un millón y medio de personas perdieron su vida durante la Guerra de Vietnam. ¿Por qué fue este periodo tan violento? ¿Por qué no hubo una fuerte contestación moral a las tragedias? Estas preguntas rara vez encuentran respuesta.
Durante este periodo la violencia se banalizó e incluso se llegó a normalizar como método legítimo de cumplir diferentes objetivos. El periodo de (intento de) dominación neerlandesa después de la Segunda Guerra Mundial en Indonesia dejó crueles episodios de violencia indiscriminada hacia la población civil, incluyendo la construcción de campos de concentración para disidentes políticos “conflictivos” en zonas como Nueva Guinea.

Años más tarde, en la Indonesia posterior a la independencia, la caza masiva de comunistas se volvió tan irracional que se convirtió en una masacre indiscriminada contra cualquier sospecha de alineación con la ideología. Esta “caza de brujas” acabó con la vida de un millón de personas en cuestión de pocos años.
Comparando la Indonesia “pre” y “post” independencia resulta evidente que las atrocidades de la segunda mitad del siglo XX no son más que un “eco” por el cual el nuevo estado independiente ha heredado y replicado la violencia de los años de dominio colonial. Lo mismo ha sucedido con las matanzas contra los chinos en Indonesia, que provocaron la dimisión de Suharto, o la violencia contra los Rohingyas en Myanmar y un sinfín de eventos de similar índole que recuerdan a algunos episodios similares que ocurrieron durante la dominación colonial.

La normalización de la violencia y la muerte ha tenido un efecto drástico sobre las sociedades de la región. La pérdida humana fue tan grande que, en cierto sentido, resulta imposible ignorar o desvincularse de ella: es omnipresente incluso en tiempos de paz como los presentes. Por ejemplo, el violento final del régimen de Suharto vio un gran aumento en el número de películas, libros y otros tipos de ocio que presentaban historias de terror con la aparición de fantasmas.
En Indonesia, el debate sobre los fantasmas no es ontológico; se asume su existencia. El debate en sí se centra en la moralidad de esos fantasmas, lo que significan y cuál es el sentido de su aparición. Tanto el fantasma como concepto abstracto para referirse a las cicatrices del pasado violento, como el fantasma como entidad tangible, convergen en el imaginario de la sociedad indonesia.

En Vietnam, había una larga tradición de venerar a los muertos con dinero. Después de la Guerra, el número de pérdidas humanas fue tan grande que la población pasó de venerar a sus seres queridos que habían fallecido a venerar a “todos los fantasmas”, incluidos aquellos de desconocidos, haciendo que la tradición creciera exponencialmente.
A día de hoy hay mercados enteros sobre el concepto y tradición del “dinero para muertos”. Este es otro ejemplo de cómo la violencia se ha arraigado de forma abstracta en las sociedades de la región a través de las diferentes costumbres locales, constituyendo una parte central de sus identidades.

El siglo XX en el Sudeste Asiático fue una dicotomía de subyugación y liberación, creación y destrucción, unidad y fragmentación. Las dificultades de la región durante este tiempo demuestran una vez más que, a pesar de que exista un compromiso para romper con el pasado, la historia siempre proyecta su sombra en el presente. Las sociedades del Sudeste Asiático, mientras se embarcan en una época de crecimiento económico y prosperidad, no deben olvidar las razones que las dividieron y el alto precio que pagaron. El pasado siempre será un fantasma en el presente y un desafío para el futuro.