
Entendiendo el conflicto civil birmano (Parte 1/2)
Entendiendo el conflicto civil birmano (Parte 2/2)
Contexto
La situación en Birmania se ha enraizado en un conflicto multidimensional que abarca lo étnico, lo político, lo económico y lo geopolítico.
Desde su independencia, el país ha lidiado con una guerra civil que persiste hasta hoy, marcada por el enfrentamiento entre el gobierno central y las milicias étnicas periféricas, así como por los conflictos políticos internos dentro de la etnia bamar.

La falta de resolución y la continua tensión étnica, política y militar han mantenido el conflicto siempre activo, ostentando el triste título de ser la guerra civil más larga del mundo.
Tan pronto como el 18 de febrero de 1948, cuarenta y cinco días después de haber logrado la emancipación del Imperio Británico, el Partido Comunista Birmano decidió tomar el poder por la vía de las armas.
Al enfrentamiento contra los insurgentes comunistas hubo que sumarle el alzamiento de milicias de carácter étnico en 1949, tales como el Ejército de Liberación Nacional de Karen o los grupos de las etnias mon y pa-o. Desde entonces, gran parte de los 135 grupos étnicos que componen Birmania se han organizado en milicias o ejércitos particulares.
Este doble carácter del conflicto en Birmania es la clave que ha mantenido la guerra siempre latente. Ha de diferenciarse, por un lado, el interminable choque étnico entre el gobierno central y las milicias periféricas de las áreas fronterizas, y, por el otro, el carácter civil de los conflictos políticos internos de la etnia bamar, la mayoritaria en Birmania, que habita el centro del país y ostenta todo el poder político y militar del estado.

El choque interétnico entre las ansias autonomistas de los pueblos periféricos y los diferentes gobiernos bamar tiene su origen en el fallido acuerdo de Panlong. Negociado en febrero de 1947, entre el gobierno central de Aung San, venerado aún hoy como padre de la nación, y los líderes de las etnias Shan, Chin y Kachin, reconocía el carácter federal del futuro estado birmano.
También garantizaba el derecho a la autodeterminación de las minorías étnicas de la periferia del país. Sin embargo, seis meses antes de la independencia oficial de la Unión de Birmania, Aung San fue asesinado durante una reunión de su consejo de ministros. Su muerte también enterró lo acordado en Panlong.
A partir de entonces, los sucesivos gobiernos birmanos han actuado bajo el supuesto de que el sistema federal prometido en Panglong condenaba al estado birmano a la desintegración. Tanto es así, que el primer golpe de estado militar en Birmania, protagonizado por el general Ne Win, vino motivado en 1962 para impedir que los líderes étnicos y los miembros del Parlamento llevaran a cabo reformas constitucionales para federalizar el estado. Desde ese momento y hasta el 2011, las diferentes juntas militares del Tatmadaw, como se conoce a las fuerzas armadas de Myanmar, dirigieron los designios del país.
Ya en 2007, protestas masivas encabezadas por miles de monjes budistas desembocaron en la promulgación de una nueva carta magna en 2008. La constitución, que más correctamente debería ser calificada de carta otorgada, garantiza una primacía del ejército en el sistema político birmano, reservando grandes poderes para el Tatmadaw. Por ejemplo, una cuarta parte de los escaños en el parlamento están reservados para el personal militar, siendo directamente nombrados por el ejército.

Otra novedad era la inclusión de cinco zonas y una división autoadministradas, aunque meramente nominales debido a las continuas injerencias del gobierno central. El caso de esa división autoadministrada, reservada para la etnia Wa, es algo diferente. La región, denominada como Estado Wa es, de facto, independiente del control de Naipyidó.
Establecido como un estado socialista de partido único bajo el gobierno del UWSP (Partido Unido del Estado Wa) y su brazo armado, el UWSA (Ejército Unido del Estado Wa), mantiene estrechos vínculos con la República Popular de China y tiene un papel muy destacado en la producción de heroína y, especialmente, metanfetamina.
La Constitución de la Unión de Myanmar, de 2008, marca el comienzo de un proceso de aperturismo político del régimen que venía gestándose desde 2003. En ningún caso puede cometerse el error de creer que la Junta buscase una verdadera transición democrática.
Asustado con la total dependencia birmana de China, tanto diplomática como económicamente, el ejército buscaba una tímida liberalización totalmente controlada desde el propio Tatmadaw, que lavase la cara al régimen de cara a la opinión exterior y permitiese diversificar sus apoyos y mejorar relaciones con Estados Unidos, Rusia, la India y la Unión Europea.

En este contexto, en 2010 se celebran las primeras elecciones en el país tras 20 años de dictadura militar, proclamándose ganador el USDP, partido del Tatmadaw. Seis días después es liberada, tras quince años de arresto domiciliario, Aung San Suu Kyin, hija del anteriormente mencionado Aung San y que se había convertido en la principal figura de la oposición democrática tras ser galardonada con el Nobel de la Paz. Cinco años después tendrán lugar las primeras elecciones libres de Myanmar.
Hay que tener en cuenta que las elecciones birmanas han de entenderse desde el clivaje de la diversidad étnica. Todos los partidos se organizan en torno a las minorías que representan y, en el caso de la mayoritaria etnia bamar, el apoyo se divide entre la Liga Nacional para la Democracia (NLD) y el USDP. Los comicios confirmaron la aplastante victoria de la NLD, que llevará a la ya mencionada Aung San Suu Kyin a la presidencia del estado.
Pese al aperturismo del régimen, las reformas liberalizadoras del gobierno militar y las elecciones libres, las operaciones bélicas contra minorías étnicas no se detuvieron. Entre 2015 y 2017, el Tatmadaw y milicias afines desatan una brutal represión contra los rohinyá, minoría étnica musulmana que habita el Arakán.
Las operaciones de limpieza étnica y expulsión forzada, calificadas de genocidio por la comunidad internacional, han condenado a un millón de rohinyá a buscar refugio en el vecino Bangladesh tras la destrucción de cientos de aldeas, calcinadas hasta los cimientos por el Tatmadaw.

En un primer momento, la tenue liberalización dirigida por el Tatmadaw sí que logró que occidente levantase sanciones impuestas contra Birmania, atrayendo incluso inversión extranjera por parte de empresas estadounidenses. Sin embargo, las operaciones genocidas fueron respondidas con nuevas sanciones y aislamiento por parte de la comunidad internacional, lo que volvió a empujar a Naipyidó a los brazos de Pekin.
Es llamativo que, aún bajo el gobierno civil de Aung San Suu Kyin, la represión y los choques étnicos no se detuvieron. En el caso birmano es especialmente difícil depurar la responsabilidad e implicación del ejecutivo en las acciones militares del Tatmadaw, dada su posición de poder y autonomía respecto al resto del estado.
Además de garantizar un 25% de los escaños directamente al Tatmadaw, la constitución de 2008 impide que el presidente ejerza control alguno sobre las fuerzas armadas y obliga a que el Ministerio de Defensa, el de Fronteras y el del Interior estén bajo la autoridad exclusiva del ejército.
Esto ha prevenido cualquier tipo de control civil sobre el poder militar, convirtiendo al Tatmadaw en un estado dentro del estado. En cualquier caso, lo que no se puede esconder son las repetidas justificaciones que Aung San Suu Kyin dio en foros y a medios internacionales sobre las operaciones contra los rohinyá, lo que desató numerosas quejas para que se le retirase el Nobel de la Paz galardonado en 1991.
En las elecciones de 2020, la NLD reeditó su aplastante victoria. Sin embargo, el uno de febrero de 2021, un día antes de la toma de posesión del nuevo parlamento, el Tatmadaw tomó el poder de nuevo, volvió a poner bajo arresto domiciliario a Aung San Suu Kyin y denunció los resultados de los últimos comicios.
El golpe militar supuso el final de la transición en Birmania y reavivó la guerra civil. El pronunciamiento militar fue contestado con protestas masivas en todo el país y, capitalizando la desobediencia civil, miembros de la LND y activistas establecieron un gobierno paralelo conocido como Gobierno de Unidad Nacional (NUG). En septiembre, el NUG formó una división armada, las Fuerzas de Defensa Popular (PDF) y declaró la guerra a la Junta.
Plano político
En estos casi tres años de guerra, la junta militar no ha logrado cimentar su control sobre el territorio birmano más allá de los valles y llanuras del centro del país habitadas por la mayoría étnica bamar, donde la presencia del Tatmadaw es incontestable. Sin embargo, en el resto del país, la situación es diametralmente opuesta. Más allá de las carreteras principales y puntos fuertes del ejército, como capitales de provincia, el control del Tatmadaw es inexistente.
Las zonas periféricas y fronterizas, de composición étnica diversa, selváticas y montañosas sirven de escondite perfecto para las organizaciones étnicas armadas (EAO) que llevan décadas combatiendo a los diferentes gobiernos bamar que han ocupado el poder.

Aunque el golpe de estado cogió a los ejércitos étnicos por sorpresa, desde un primer momento las EAOs se pusieron a disposición del NUG para entrenar a los primeros integrantes de las PDF, otorgando santuario y refugio en sus campamentos. Si bien esta implicación no se tradujo en una entrada directa en el conflicto, sin su decidida apuesta por el NUG es fácil pensar que la resistencia nunca hubiese florecido.
Para las EAOs, la aparición del Gobierno de Unidad Nacional crea un marco de cooperación e interlocución que nunca antes había existido. Es cierto que se han constituido alianzas y coaliciones diversas que aglutinan a varias EAOs, como la Alianza de las Tres Hermandades (3BA) o la Alianza del Norte, pero el NUG presenta la oportunidad de colaborar en un proyecto político alternativo para toda Birmania, que reinstaure la democracia en Naipyidó y, de una vez por todas, logre la federalización del estado.
En segundo lugar, el establecimiento de las PDF ataca los propios cimientos del poder de la Junta en Myanmar, quitándole el apoyo en el seno de la propia etnia bamar. La Junta siempre ha intentado imponer la narrativa de que la guerra civil es un conflicto meramente intra-bamar, plenamente separado del interminable choque contra las milicias étnicas de la periferia. La colaboración entre el NUG y las EAOs rompe completamente este relato. Y este fallo de cálculo puede ser lo que acabe condenando al Tatmadaw.
Continuará...