El conflicto entre Irán e Israel ha vuelto a traer a Occidente el debate sobre la sostenibilidad del régimen iraní. Algunos analistas opinan que los ataques israelíes y estadounidenses podrían generar una situación de inestabilidad que acabe con el régimen de los ayatolás. Estas perspectivas no son nuevas, pues ya se ha hablado de los últimos estertores de la República Islámica durante la guerra con Irak, las protestas tras el amaño electoral de 2009, las más recientes por la muerte de Mahsa Amini, o a tenor del estado de salud del Líder Supremo, Jamenei, y su incierta sucesión. Sin embargo, la realidad es más compleja de lo que parece.

En el contexto actual, uno de los escenarios que podría llevarnos a la caída del régimen es la muerte de Alí Jamenei. Israel ya habría urdido un plan para asesinarle, que fue vetado por Estados Unidos, e incluso desde el gobierno israelí han declarado que su muerte era uno de los objetivos de su campaña contra Teherán. De cumplirse el mismo, Israel generaría el escenario más probable para un cambio de régimen.

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Alí Jamenei

El asesinato de Jamenei iniciaría el complejo proceso sucesorio iraní, pero mientras continúe la campaña israelí, la posibilidad de reunir a la Asamblea de Expertos en un mismo lugar e iniciar un proceso que dejaría momentáneamente al país sin liderazgo parece remota. En ese escenario, lo más lógico sería que alguien asumiera el poder temporalmente. El presidente Pezeshkian no es una opción realista: pertenece a una rama moderada sin demasiado apoyo dentro de la cúpula de la República Islámica y, además, el poder real en Irán reside en el Líder Supremo y las fuerzas armadas.

Así, lo más probable es que un cargo militar, preferiblemente de la Guardia Revolucionaria, acabe asumiendo el poder y lidere al país en el contexto de guerra sin el Líder Supremo. Entraríamos así en el escenario de cambio de régimen más probable: la transición de una dictadura teocrática a una dictadura militar. La Guardia Revolucionaria ya posee un enorme poder dentro del sistema iraní, y si logra hacerse con el control, tendría pocos incentivos para cederlo, más aún cuando ya domina los resortes del Estado y no hay facciones alternativas con peso suficiente para disputar su hegemonía. Además, el contexto nacionalista generado tras los ataques israelíes podría favorecer esta transición, centrada en la defensa de la soberanía y el orgullo nacional, desplazando así a la religión como principal elemento legitimador del régimen.

También se ha especulado con la posibilidad de un levantamiento popular. Esta tesis sostiene que, a medida que las sanciones y, actualmente, los ataques israelíes deterioran la calidad de vida de la población iraní —al destruir infraestructuras gasísticas y petrolíferas clave—, los ciudadanos podrían salir a la calle para exigir un cambio de régimen. Irán es un país acostumbrado a la protesta pública y existe una de las mayores distancias en el mundo entre su gobierno y su sociedad. Según esta perspectiva, con presión suficiente, el sistema colapsaría.

Sin embargo, esta visión presenta varios problemas. En primer lugar, asume que una revuelta popular desembocaría en un sistema democrático afín a Occidente, algo para lo que no hay indicios. Resulta difícil imaginar que la población iraní vaya a movilizarse para instaurar un régimen prooccidental justo cuando Israel está matando civiles iraníes.

Si retrocedemos a las protestas por el asesinato de Mahsa Amini, el régimen tuvo dificultades para reprimirlas precisamente porque el movimiento carecía de líderes visibles, lo que dificultaba la represión pero también evidenciaba la falta de alternativas organizadas. No existe en Irán una figura de oposición con el respaldo suficiente como para capitalizar el descontento nacional y desplazar al régimen.

Desde la prensa occidental, a menudo se ensalza la figura de Reza Pahlavi, hijo del Sha, como el rostro visible de la oposición. Sin embargo, su figura resulta controvertida: para muchos iraníes, el Sha simboliza la sumisión a intereses extranjeros, los mismos que más tarde lo traicionaron y precipitaron su caída. Aunque cuenta con cierto apoyo, no representa una opción con amplia legitimidad popular dentro de Irán. Además, su posicionamiento público actual —ausente de toda crítica a Israel y centrado en presentar la situación como una oportunidad si conduce al fin del régimen— ha contribuido a su descrédito.

La última opción que suele plantearse es la de una revuelta no popular, es decir, originada dentro de las élites del régimen. El desarrollo desfavorable de la guerra, la parálisis económica y la debilidad del gobierno de la República Islámica para afrontar la situación podrían llevar a que alguien dentro del Ejército o de la Guardia Revolucionaria intentara dar un golpe de Estado para cambiar el rumbo del país. En este escenario no se requeriría un gran respaldo popular: del mismo modo que los iraníes no saldrán en masa para derribar al régimen, tampoco lo harán para defenderlo. Si el líder de una intentona así lograra reunir suficientes apoyos dentro de las estructuras militares, la maniobra podría ser viable.

No obstante, resulta difícil prever la viabilidad real de esta hipótesis, pues intervienen factores como la ambición personal, las redes de lealtad internas o la percepción de fortaleza de los rivales, todos ellos difíciles de evaluar desde fuera. El principal problema con esta opción es que el estamento militar ya disfruta de un gran poder, que ha ido incrementándose progresivamente bajo el liderazgo de Jamenei. Además, cualquier fractura dentro del Ejército podría debilitar aún más al país, algo que las élites parecen decididas a evitar.

En cualquier caso, como señalamos, la opacidad del sistema político iraní impide evaluar con precisión esta posibilidad, aunque no por ello debe descartarse del todo.

Desde Occidente se ha profetizado en muchas ocasiones el fin de la República Islámica. En la mayoría de los casos, estos análisis han sido exagerados y reflejan un desconocimiento profundo del país y de su sistema político. La República Islámica ha demostrado una gran capacidad de resiliencia a lo largo de los años y, en última instancia, su objetivo esencial es la supervivencia. Desde Teherán no entrarán en una dinámica suicida y no dudarán en asumir una derrota si eso garantiza la continuidad del régimen. El lema no es morir matando, sino vivir para poder luchar otro día.

Teniendo esto en cuenta, tanto el Líder Supremo como la élite gobernante harán todo lo posible por mantener el sistema hasta las últimas consecuencias, y actualmente no se percibe una presión interna significativa contra sus planes. Si se produjera la muerte de Jamenei, se abriría un escenario más incierto para la continuidad del régimen, pero esto no implicaría necesariamente su transición hacia un sistema distinto.

De producirse un cambio, el escenario más probable sería el paso de una teocracia a una dictadura militar. Esta podría adoptar una postura más pragmática, con una retórica nacionalista, pero incluso en ese caso, la idea occidental de que un cambio de régimen conlleva automáticamente una alineación con Occidente es más un deseo que una realidad.

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