Irán: ¿El fin de la República Islámica?
A las sanciones internacionales, el colapso del rial, la corrupción, la mala situación económica y una reciente guerra con Israel, se le unen ahora las mayores protestas desde, al menos, 2022 y la amenaza de una nueva intervención estadounidense. Esta es la situación a la que tiene que hacer frente el Líder Supremo, Ali Jamenei, a sus 86 años. ¿Será demasiado para la República Islámica?

Las protestas: causa y efecto
Las protestas comenzaron en Irán el 28 de diciembre de 2025 cuando los comerciantes del Gran Bazar de Teherán salieron a las calles en respuesta a la crisis económica que atraviesa el país. La inflación roza el 50% y, en algunos sectores como el de los alimentos, se han alcanzado cuotas de hasta el 70%. El rial, la moneda iraní, ha sufrido una caída estrepitosa, colocándose en mínimos históricos y habiendo perdido aproximadamente el 40% de su valor solo en 2025.
La mayoría de estos problemas no son nuevos, pero sí su intensidad. El mal rumbo económico del país se ha ido acumulando durante años. La mala gestión y el ya crónico déficit iraní, unidos a la corrupción del régimen y a las sanciones internacionales, configuran una situación económica que parece no tocar fondo y se ha ido deteriorando con el paso del tiempo. Los iraníes tienen muy claro quiénes son los responsables de la situación. El 86% culpa a la mala gestión y a la corrupción, mientras que apenas el 10% lo achaca a las sanciones.
La situación del gas iraní resume bastante bien el estado actual de la economía. Irán posee las segundas mayores reservas de gas del planeta y es el tercer mayor productor mundial, solo por detrás de Estados Unidos y Rusia. A pesar de ello, el país acumula un déficit que ya ha provocado apagones en varias ocasiones.
Las sanciones internacionales han hecho imposible modernizar la infraestructura gasística del país, dejándola anticuada e ineficiente, y esto, unido a la mala gestión, ha generado la situación actual: un Estado con las segundas mayores reservas de gas del planeta que no tiene capacidad para llevarlo a los hogares de sus ciudadanos.

Cuando se iniciaron las protestas en Teherán ya se produjeron algunos disturbios, aunque localizados únicamente en la capital. Sin embargo, el hecho de que fueran protagonizadas por los comerciantes del bazar —columna vertebral de la base social del régimen— ya parecía indicar que la situación estaba madura para que las pequeñas protestas locales derivaran en un movimiento. Así fue. Rápidamente se extendieron por toda la geografía de Irán y derivaron en una protesta sistémica.
Las protestas no son nuevas en Irán. A pesar de la dureza del régimen, la sociedad civil iraní tiende a movilizarse y, durante los últimos ciclos de protestas, ha quedado patente la incapacidad de la República Islámica para ofrecer soluciones en el plano económico. Esta percepción, la de que bajo el sistema actual no puede haber desarrollo y prosperidad para el país, supone el motivo principal por el que las protestas han pasado de centrarse en la realidad económica a ser una enmienda a la totalidad del sistema político, económico, religioso y militar.
De hecho, el factor distintivo de esta oleada de protestas no son las protestas en sí, sino el contexto profundamente desfavorable para la República Islámica en el que se producen. A la pésima situación económica hay que añadir las múltiples derrotas que ha debido asumir Irán en política exterior, con la caída del gobierno aliado de Bashar al-Assad en Siria y la guerra en Gaza como máximos exponentes, así como los intentos fallidos de negociación sobre el acuerdo nuclear, que han provocado la reimposición de sanciones y la amenaza de un nuevo ataque israelí y estadounidense sobre su territorio.
Además, más pronto que tarde Irán deberá afrontar el proceso de sucesión del Líder Supremo Ali Jamenei, para el que no hay un sucesor claro. Todo esto provoca que el gobierno no tenga alternativas y esté en una situación de debilidad que no veíamos desde, probablemente, la guerra contra Irak.

La respuesta: represión
Durante otros ciclos de protestas, la estrategia del gobierno se ha centrado en la represión, especialmente contra las figuras que lideraban las movilizaciones y sus organizaciones. Esto ha provocado que, pese a contar con una sociedad que tiende a la movilización cívica, la represión del régimen haya destruido el tejido asociativo y cualquier figura de liderazgo alternativo.
Las últimas protestas, ocurridas en 2022 a raíz de la muerte de Mahsa Amini a manos de la policía moral, pudieron prolongarse en el tiempo precisamente por esa ausencia de liderazgo que hacía que el régimen no pudiera descabezar el movimiento. Esto, que podría ser visto como una ventaja a la hora de mantener los disturbios, dificulta la consecución de objetivos políticos en tanto que no existen líderes sobre los que construir una agenda alternativa.
En la actualidad estamos viendo cómo el heredero al trono Reza Pahlaví está emergiendo como una figura importante desde el exilio. Su preponderancia se explica más por la falta de liderazgo alternativo que por el apoyo popular con el que cuenta la monarquía, pero ya ha demostrado cierta capacidad de movilización y es un actor al que habrá que seguir si las protestas continúan.
Como era de esperar, en esta ocasión la respuesta del gobierno también ha sido la represión. Las pocas noticias que logran salir de Irán, debido al bloqueo casi total de internet y de las comunicaciones telefónicas impuesto en el país, hablan de masacres durante las concentraciones, y algunas fuentes preliminares cifran el número de muertos en más de 1.000.
¿El fin de la República Islámica?
Otra cuestión es si estas movilizaciones conseguirán acabar con la República Islámica de Irán, pero, aun en el escenario incierto en el que estamos inmersos, pueden extraerse algunas conclusiones. La primera es la incapacidad demostrada durante años por el régimen para generar prosperidad económica. Esta es una situación que no puede mejorar a corto plazo, salvo un giro inesperado con la reapertura de las negociaciones nucleares. Por lo tanto, el gobierno no dispone realmente de muchas opciones para ofrecer un nuevo pacto social y recurrirá a la represión tanto por preferencia como por necesidad.
Por otro lado, los distintos ciclos de protestas en el país han ido erosionando la legitimidad del régimen entre grupos sociales diferentes. En 2009, durante las protestas del Movimiento Verde, la República Islámica perdió el favor de la clase media urbana. Cuando resurgieron protestas masivas en 2017 y 2019, fue la clase baja la que comenzó a distanciarse del régimen. Ahora, en 2025, es el turno del bazar y los pequeños comerciantes. La base social del régimen es cada vez más estrecha.
El régimen iraní ha demostrado gran capacidad para resistir la movilización social y su aparato de represión no debe subestimarse. Es muy posible que Jamenei consiga acabar con las protestas y la situación vuelva a una relativa calma hasta el próximo ciclo. Sin embargo, el apoyo decreciente con el que cuenta el régimen responde a problemas estructurales y sistémicos que no solo seguirán existiendo, sino que se agravarán en los próximos años, del mismo modo que lo han hecho en tiempos recientes. Así, el liderazgo iraní cada vez tiene menos espacio para respirar. El tiempo juega en su contra y avanza hacia el cambio en Teherán.