Desde la pandemia del COVID-19, el mundo atraviesa una de las etapas más disruptivas de las últimas décadas: cambios constantes que han sacudido el tablero global y alterado por completo las reglas del juego. La guerra en Ucrania, epicentro de las tensiones internacionales en los últimos tres años, ha coincidido con otros focos de conflicto: Gaza, la creciente tensión entre India y Pakistán, la incertidumbre ante una posible reelección de Donald Trump y un sinfín de sucesos que nos recuerdan, cada día más, que un conflicto a gran escala ya no pertenece únicamente al terreno de la ficción hollywoodense.

En los medios de comunicación se aborda a diario esta escalada de tensión global: se habla de kits de supervivencia, planes de contingencia, posibles escenarios bélicos y una avalancha constante de noticias que mantiene en vilo a buena parte de la población.

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Hace apenas unas semanas conocimos al nuevo Papa, Robert Francis Prevost —ahora León XIV—, sucesor de Francisco, quien inauguró su pontificado con un llamamiento a la paz mundial. Y tan solo unos días después, el pasado jueves 15 de mayo, tuvo lugar en Turquía una reunión histórica entre las delegaciones rusa y ucraniana para intentar desbloquear, al menos parcialmente, una guerra que parece enquistada.

En medio de esta encrucijada y dentro del propio continente se abre paso una pregunta incómoda pero necesaria: ¿está la sociedad europea verdaderamente preparada para afrontar un conflicto a gran escala? ¿O se ha desvanecido aquella capacidad colectiva de sacrificio, resistencia y unidad que definió a las generaciones que vivieron las guerras mundiales?

Resulta difícil imaginar una guerra, trincheras compartidas entre países “hermanos”, en una sociedad marcada por el individualismo, el confort y el escepticismo hacia todo lo que no encaja con la propia visión del mundo. Es legítimo preguntarse si aún queda algo por lo que los europeos estarían dispuestos a luchar. En los siguientes párrafos, exploraremos estas dudas, analizaremos el estado anímico y estructural de Europa y reflexionaremos sobre lo que implica —o no— estar preparados para un conflicto global en pleno siglo XXI.

Afirmar que la sociedad europea atraviesa una fase de adormecimiento no es una exageración. La revolución tecnológica y la expansión de una clase media global acomodada han reducido nuestra tolerancia a la incomodidad. Y aunque este deseo de bienestar no sea, en sí mismo, negativo —tras siglos de lucha, es lógico aspirar a la comodidad—, el problema aparece cuando esta comodidad se vuelve incompatible con los tiempos que se avecinan.

El politólogo Víctor Lapuente advertía ya de este fenómeno al señalar la pérdida de fe colectiva: ni ideológica ni religiosa. Apenas quedan creencias compartidas que nos hagan sentir parte de algo más grande. Una fe que ha ido diluyéndose con el tiempo y que, para muchos, resulta hoy obsoleta (Lapuente., 2019). Pero más allá del tipo de fe, hay una realidad innegable: el ser humano necesita creer en algo, especialmente cuando se enfrenta a situaciones que pueden requerir incluso sacrificar la propia vida.

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Y ahí está el quid de la cuestión: ¿una sociedad hiperconectada, centrada en el consumo y en la gratificación inmediata, será capaz de renunciar a todo para combatir en guerras en las que quizás ni siquiera cree?

Una reciente encuesta de Gallup International (publicada por El Mundo el 12 de abril de 2024) arroja datos reveladores: el 53 % de los españoles no estaría dispuesto a luchar por su país en caso de guerra; solo un 29 % lo haría, y el 18 % restante no sabe o prefiere no responder. España, junto con Italia, Austria y Alemania, figura entre los países con mayor rechazo a la participación en un conflicto armado (Association., 2024).

Estos datos no son anecdóticos, sino un síntoma del cambio cultural que mencionábamos al inicio: una transformación profunda en la relación entre ciudadanía, Estado y sentido del deber. Mientras que en países como Armenia (96 %), Arabia Saudí (94 %) o Azerbaiyán (88 %) la disposición a defender la patria sigue siendo abrumadora, en Europa Occidental —territorio que fue el centro del mundo durante siglos— el compromiso colectivo ha entrado en hibernación, justo cuando deberíamos estar más alerta que nunca. En Italia, por ejemplo, el 78 % de los ciudadanos afirma que no estaría dispuesto a acudir a la guerra.

La comparación con países que tienen conflictos activos es especialmente reveladora. En Ucrania, pese al desgaste de la guerra, el 62 % de los ciudadanos dice estar dispuesto a luchar, frente al 32 % de los rusos, una cifra que ha caído 27 puntos en la última década. A nivel global, la tendencia también es descendente: hoy, solo el 52 % de las personas afirma que combatiría por su país, un dato muy inferior al registrado en la misma encuesta hace diez años.

¿Qué nos están diciendo estos datos? La conclusión es poco alentadora para Europa. Mientras que en otras regiones del mundo la defensa de la nación conserva un valor simbólico, cultural y emocional, en gran parte de Europa —y especialmente en España— ese vínculo parece haberse debilitado hasta casi desaparecer.

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Y aquí emerge el mayor de los riesgos. Mientras las naciones del cinturón de Spykman (del Báltico al mar de China) crecen con fuerza y adoptan posiciones cada vez más firmes (Spykman, 1944), Europa se adormece. Ni la superioridad económica ni la tecnológica serán suficientes si no van acompañadas de voluntad política y resiliencia social. Las guerras —como se ha demostrado en Ucrania— se ganan por desgaste, por tenacidad, por aguante. Y en un mundo donde casi todos los países pueden acceder a tecnología militar avanzada, como los drones, el factor humano vuelve a ser decisivo.

Pero ¿y si el problema no es ir a la guerra, sino que la guerra venga a ti? En España, en particular, vivimos —quizás sin saberlo— en una burbuja de confianza geográfica. Ese gran muro de montañas que nos separa del resto de Europa actúa como barrera psicológica: nos sentimos a salvo, protegidos, como si la geografía bastara para contener la gravedad del asunto.

Puede que todo esto sea producto de una paradoja: la paradoja de la paz prolongada. Tras décadas de estabilidad sin conflictos de gran escala, Europa ha disfrutado de una era inédita de cooperación y desarrollo. ¿Y si esta paz que tanto nos ha dado también nos ha debilitado? ¿Y si nos ha desarmado emocional y estratégicamente, haciéndonos alérgicos al conflicto e incapaces de concebir escenarios donde el sacrificio colectivo sea necesario?

Nos hemos acostumbrado a una estabilidad tan duradera que la sola idea de una guerra nos parece un anacronismo. Y precisamente ahí reside el peligro: cuando una sociedad olvida lo que cuesta defender la paz, pierde también la capacidad de preservarla.

Estas palabras no buscan hacer un llamamiento a la guerra, ni mucho menos desearla. Esta es, simplemente, una reflexión que deberíamos ejercer de forma colectiva. Llevamos dos años abordando este tema desde el privilegio de quien observa una película desde el sofá, pero no sería descabellado pensar que, en lo que queda de siglo, presenciaremos más conflictos de los que ya hemos conocido.

Depende ahora de nosotros estar preparados… o seguir esperando a que el problema llame a nuestra puerta. Europa, que un día fue sinónimo de vanguardia, seguridad y estabilidad global, hoy duda. Y en esa duda, se muestra sumisa frente a las grandes potencias que la rodean: China, Estados Unidos, Rusia… Todos parecen saber qué está pasando. Todos, menos Europa.

Está claro que nadie quiere la guerra. Pero las naciones europeas no deberían quedarse sentadas, resignadas ni nostálgicas. De algún modo, tendremos que recuperar la fe que la sociedad tecnológica y globalizada ha diluido. Fe en los Estados, en los valores democráticos, en la comunidad o, tal vez, en algo nuevo. Porque, al fin y al cabo, el ser humano necesita una razón para permanecer de pie ante la adversidad.


Fuentes

  • Association., G. I. (12 de Abril de 2024). Would you fight for your country? Global survey results. El Mundo. 
  • Lapuente., V. (2019). Decálogo del buen ciudadano. Ariel.
  • Spykman, N. J. (1944). The Geography of the Peace. Harcourt, Brace and Company.

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