El 25 de agosto, un avión de carga militar C-17 despegó de Letonia con rumbo a Moscú. A bordo viajaba John Ratcliffe, director de la CIA, en un viaje tan reservado que ni siquiera algunos de los asesores más cercanos al presidente Trump, ni mandos militares que normalmente habrían sido informados, sabían que estaba ocurriendo. Unas pocas horas más tarde, ese mismo avión volvía a despegar. La pregunta que todo el mundo se hizo esa semana era muy simple: ¿a qué había ido el jefe de la inteligencia estadounidense a Moscú? La respuesta no está del todo clara.

La Casa Blanca, por boca del propio Trump, le quitó hierro al suceso. Lo calificó como «asunto rutinario» y aseguró que Ratcliffe y su homólogo ruso se ven, como mucho, una o dos veces al año, que tienen buena relación y que no hubo ningún mensaje especial ni nada fuera de lo común. Incluso cuando varios medios informaron de que el viaje había servido para advertir a Moscú de que no atacara ningún país de la OTAN, Trump lo desmintió. Le aseguró al medio Axios que Ratcliffe no entregó ninguna advertencia de este tipo. «No estoy preocupado en absoluto. No hay ningún problema», afirmó.

Esta publicación es solo para suscriptores de pago

Regístrese ahora y actualice su cuenta para leer la publicación y obtener acceso a la biblioteca completa de publicaciones solo para suscriptores de pago.

Registrarse ahora ¿Ya tienes una cuenta? Acceder

¿Te ha interesado? Recibe nuestra newsletter

Cada martes, lo más importante de la actualidad internacional explicado por nuestros analistas, en tu correo. Gratis y sin spam.