La espada y el escudo, la eterna lucha entre ataque y defensa
Por Bernardo Riaza Sanz
Dedicado a Fidel
La historia militar siempre ha sido una lucha continua entre la espada y el escudo, el que ataca y el que defiende. Para vencer es necesario poseer la espada, es decir, la fuerza ofensiva capaz de perforar el escudo, para a continuación llegar hasta el corazón del enemigo y derrotarlo. Recuerdo la frase de un compañero que en algunas ocasiones dijo: “El que combate con escudo, solo puede aspirar a empatar”.
A veces la evolución tecnológica hace que, en ciertas etapas del devenir humano, el escudo sea tan fuerte que debemos innovar armas y técnicas para hacer posible, de nuevo, la victoria.

Pensemos en la primera guerra mundial, cuando en 1914 no les queda más remedio a ambos contendientes que cavar trincheras y crear una enorme línea defensiva conocida como “el frente occidental”, que consumió miles de soldados en combates estériles durante varios años.
El desarrollo de la artillería, cada vez más letal, el nacimiento del arma de aviación, que necesitaría más años de desarrollo para ser decisiva, o el uso de armas químicas, que demostraron sus despiadados efectos, no sirvieron más que para elevar el número de bajas en infinidad de operaciones de ataque y contraataque inútiles. Al predominio de las capacidades defensivas contribuyeron decisivamente la ametralladora, el alambre de espino y la menos conocida invención del “mortero de trinchera”.
Habría que esperar hasta 1918, cuando la entrada de Estados Unidos en los combates y el desgaste en todos los aspectos de los países de la entente (económico, logístico y moral de la población) hizo posible la victoria por agotamiento de los aliados. Sin embargo, hubo una innovación técnica y otra táctica, que dicho de forma coloquial “apuntaron maneras” en los últimos compases de la Gran Guerra.
La aparición del carro de combate, sobre todo en los ejércitos aliados, y decepcionante en los primeros compases, permitió el avance de las tropas al facilitar la protección necesaria contra las implacables ametralladoras. La creación de las tropas de asalto en el Ejército alemán, precursoras de las tropas de élite y fuerzas especiales, sería, en mi opinión, la segunda valiosa aportación para futuros conflictos, que como sabemos no tardarían en producirse.

Si trasladamos la máquina del tiempo hasta la actualidad observamos ciertas analogías en el actual conflicto de Ucrania. A modo de pincelada gruesa, las ventajas del Ejército Ruso son su tamaño, una capacidad casi infinita de movilización, gran reserva de munición artillera y capacidades de bombardeo táctico/estratégico muy potentes.
También de forma muy básica, los factores que compensan la balanza del lado ucraniano para llegar a un “empate técnico” son: un gran apoyo de inteligencia y mejores capacidades C4ISR, alta moral de las tropas ucranianas (defienden su territorio), superioridad tecnológica de los materiales aportados por la OTAN, con especial mención a los sistemas antiaéreos y los lanzacohetes Himmars, pero sobre todo la irrupción en grandes cantidades de los “drones”.
Los “drones” (vehículos aéreos no tripulados de distintos tamaños, misiones y alcances, pero con el denominador común de un bajo coste) han convertido los avances de masas acorazadas y mecanizadas en una quimera y han dificultado que los helicópteros de ataque operen con seguridad. También han contrarrestado de forma muy eficaz el dominio de la armada rusa en el mar Negro, e incluso hemos asistido a ataques de gran profundidad en territorio ruso de carácter estratégico.
Por último, tampoco podemos olvidar sus efectos sobre la moral de las tropas desplegadas en el frente, el hecho de que están constantemente en alerta para no verse sorprendidas por una munición de mortero lanzada por un dron directamente sobre sus cabezas.
Fruto de esta situación, encontramos un larguísimo frente de 1.200 kilómetros en un territorio con un clima durísimo, que impide la evolución normal de las armas combinadas durante varios meses al año, y donde el ejército ruso, segundo o tercer ejército más potente del mundo, paga con enormes pérdidas unos avances lentos a la par que magros. Tal es el fracaso ruso, que utiliza casi a diario los bombardeos a instalaciones e infraestructuras ucranianas en un intento de acelerar el cansancio en la población invadida.
En consecuencia, los combates en el frente se están librando con drones, en una suerte de guerra de máquinas. La creación de batallones de sistemas no tripulados en las brigadas ucranianas abre la lata de los derroteros que deberán recorrer los ejércitos venideros para conformar el orden de batalla de sus fuerzas armadas.

La tormenta de ideas que genera la información que nos llega (no siempre fiel a la verdad) del conflicto en Ucrania nos lleva a apuntar los siguientes planteamientos:
- Desarrollo de sistemas de armas teledirigidos, baratos y de fácil producción, pero en número tal que puedan ejercer el “choque” o primer asalto. Creación de batallones “teledirigidos”.
- Desarrollo de sistemas de armas autónomos y creación de unidades “robóticas” en base a “Drones” y “UGV”, superando los requisitos morales y con un diseño acorde para fijar las condiciones en que estos “Drones” o “UGV” puedan, de forma autónoma, neutralizar al enemigo evitando bajas civiles o propias.
- Desarrollo de aviones no tripulados de apoyo directo al avance de las unidades “robóticas”, con gran capacidad de fuego, capaces de favorecer los avances y proteger a las unidades “semi-robóticas”, fundamentalmente de asalto y zapadores.
- Superar las dificultades técnicas para gestionar ingentes cantidades de señales de guiado y para generar señales que permitan la interceptación de los drones enemigos.
- Desarrollo de las municiones merodeadoras.
- Las unidades de combate convencionales deberán de estar dotadas de elementos APS. que les garanticen una buena capacidad de supervivencia. Su eficacia debe ser tal, que permita en un futuro la reducción de blindajes y, por ende, el peso de los vehículos acorazados.
- Desarrollo de sistemas de conducción autónoma para vehículos de combate convencionales.
- Desarrollo de estaciones de armas automatizadas de carácter defensivo, diseñadas para reducir al máximo la presencia humana en primera línea.

A modo de conclusión, podemos afirmar que es solo cuestión de tiempo que aparezcan unidades “robóticas” en futuros conflictos, convirtiéndose en la nueva espada capaz de inclinar la balanza a favor del atacante. Nos encontramos ante el cuarto “factor de compensación” que Estados Unidos lleva tiempo persiguiendo.
El principal cambio de paradigma consistirá en dejar de priorizar la investigación y producción de sofisticados sistemas de armas, cuyo precio por unidad no deja de dispararse, para centrarse en fabricar cantidades industriales de equipos robustos y económicos que no necesitan preocuparse por la supervivencia de sus operadores, porque carecen de ellos. Como siempre, la fortuna sonreirá a los audaces que se adapten primero.