La generación Z marroquí
Marruecos es uno de los países africanos que más ha cambiado desde su independencia. Es una nación compleja y difícil de comprender a simple vista, tanto por su diversidad étnica como por su trayectoria histórica, marcada por tensiones y transformaciones constantes.
Como en muchos otros Estados recién independizados en los años cincuenta, los primeros pasos de Marruecos estuvieron condicionados por la necesidad de consolidar una autoridad estatal efectiva, extender la administración al conjunto del territorio y desarrollar infraestructuras básicas. A ello se sumaba el desafío de formar a una población que debía asumir nuevas responsabilidades en un país en construcción. Todo ello hizo que el avance del Estado se produjera de manera gradual, en paralelo a la evolución de su sociedad y sus recursos.

Podría decirse que cada generación en Marruecos ha presenciado cómo el país avanzaba al mismo tiempo que cambiaban sus propios hábitos y los de sus vecinos. En menos de medio siglo, una parte creciente de la población ha ido accediendo a más recursos, a mayor oferta cultural y a una formación superior más extendida, lo que se ha traducido en una mejora progresiva del nivel de vida. De un país con altos índices de analfabetismo y una pobreza muy extendida, Marruecos ha pasado a abrirse al exterior y a consolidarse como uno de los referentes del continente en distintos ámbitos.
De esta manera, los padres de la nación vivieron transformaciones que a la generación de sus abuelos, marcada por la etapa colonial, le habrían parecido impensables. Ahora, los nietos de aquellos crecen en un entorno que, en muchos casos, sus propios padres ya no saben interpretar. La generación Z y sus recientes protestas reflejan un nuevo choque generacional en un país cuyo ritmo de desarrollo no siempre acompasa las expectativas de unos jóvenes mucho más formados y expuestos al mundo gracias a las redes sociales.
Además, buena parte procede de familias con experiencia migratoria en países europeos vecinos, lo que les da una familiaridad directa con el entorno occidental, sus economías y sus patrones de consumo. Las demandas de los jóvenes manifestantes, centradas en la mejora de la sanidad y la educación, parten de una población que, pese a ser profundamente patriótica, reclama que las infraestructuras y el Estado avancen al ritmo que marcan los tiempos y el entorno internacional.
La monarquía marroquí actúa como figura de autoridad y cohesión nacional. Aunque el país ha experimentado ciertos cambios institucionales —especialmente desde la Constitución de 2011— el poder político sigue estando fuertemente centralizado en torno al Rey. Las protestas existen, pero suelen ser limitadas por el marco político y los altos niveles de control estatal.
La generación Z de Marruecos podría convertirse en uno de los movimientos sociales más relevantes del continente africano, especialmente si se tiene en cuenta que la organización del Mundial de 2030 junto a España y Portugal podría desviar la atención y parte del gasto gubernamental de las demandas en materia de protección social. Esto abre la puerta a una tensión directa entre los objetivos de proyección de poder blando y las prioridades de calidad de vida de la población.
Si hubiera que definir al Marruecos contemporáneo con una sola palabra, sería “asimetría”. El país combina ciudades modernizadas y proyectos de alto perfil —como la única línea de alta velocidad operativa en África— con persistentes niveles de pobreza rural y servicios sociales insuficientes. Estos desequilibrios serán decisivos para la estabilidad futura en una nación marcada por un relevo generacional acelerado.
Otra cuestión que plantea la generación Z en Marruecos es la del heredero al trono, que forma parte de esa misma cohorte. Dada la relevancia e influencia de la monarquía en el país, cabe esperar que, cuando el príncipe ascienda al trono, deba adaptar la imagen de su reinado a las exigencias y desafíos de la sociedad, y orientar a Marruecos hacia un futuro que ya hoy se percibe cargado de incertidumbre. Por otra parte, aunque la diáspora marroquí tiene un peso cultural y económico importante, no hay señales claras de un retorno demográfico masivo, aunque sí de una influencia creciente sobre las dinámicas culturales del país.
Marruecos cuenta con la ventaja de mejorar desde una especie de tabula rasa: no dispone, al menos en su historia reciente, de épocas de prosperidad con las que compararse. Pero también podría verse afectado por la dejadez o la falta de impulso reformista. Con una población cada vez más formada, especialmente en estudios superiores, es razonable anticipar una resistencia creciente a la corrupción y a ciertas prácticas sociales muy arraigadas durante décadas, tanto en los centros urbanos como, sobre todo, en las zonas rurales. Estas últimas siguen siendo la gran tarea pendiente del desarrollo marroquí, que lógicamente ha priorizado primero a las grandes urbes, como se refleja en el contraste evidente entre ciudades como Rabat o Casablanca y buena parte del interior del país.
La población marroquí, junto con sus gobernantes, deberá encontrar un equilibrio delicado entre su pasado y su futuro, entre el impulso de avanzar y las limitaciones de sus propias circunstancias. Será necesario acompañar la evolución del país al ritmo del resto del mundo, sin recurrir indefinidamente a inercias históricas cuya vigencia se irá desdibujando con el tiempo.
Las naciones africanas, en general, se enfrentan a un siglo en el que la asunción de responsabilidades internas y regionales condicionará tanto el destino del continente como los flujos migratorios, tanto hacia dentro como hacia fuera. En conclusión, Marruecos se asoma al futuro con la misma incertidumbre que el resto del planeta, pero también con la expectativa de convertirse, por fin, en ese “león dormido” a punto de despertar con el que la nación magrebí lleva décadas soñando.