La adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN lleva semanas protagonizando los titulares en política internacional. La invasión de Ucrania ha propiciado que Occidente se una como nunca y ha acabado con la neutralidad histórica de países como Suecia. Putin, sin duda alguna, se ha ganado el “premio al empleado del año” de la alianza atlántica.

Muchos de los análisis acerca de la adhesión de los dos países nórdicos se centran en las consecuencias inmediatas para la seguridad en Europa, pero a menudo falta un análisis histórico y a largo plazo de lo que supone la remilitarización del Ártico. La lucha por controlar esta zona ha pasado a un segundo plano desde el fin de la Guerra de Continuación (1941-1944), en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, las disputas territoriales en el Báltico y el Ártico solo fueron puestas en “pausa”, Rusia jamás dio por finalizada su “legítima” potestad sobre esta zona del planeta.

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