Las relaciones entre Pakistán y los talibanes siempre han sido complejas. Con frecuencia se han simplificado presentando al movimiento como un mero proxy de Islamabad, pero la realidad es mucho más compleja. Su regreso al poder en 2021, tras la retirada estadounidense de Afganistán, pareció en un primer momento una victoria para Pakistán; sin embargo, pronto marcó el inicio de un profundo deterioro en las relaciones entre dos actores que antaño fueron aliados y que hoy se perciben como adversarios. El punto álgido de esta enemistad se ha alcanzado en los últimos días, con enfrentamientos a lo largo de una de las fronteras más porosas del mundo, ataques aéreos, amenazas cruzadas, un alto el fuego frágil y víctimas en ambos bandos.

La historia de los Talibán no puede entenderse sin Pakistán. Desde su territorio no solo se formó, sino que también se apoyó y financió al movimiento desde sus orígenes. Para Islamabad, Afganistán representa una pieza clave en el marco de su conflicto con India, ya que un gobierno favorable en Kabul le garantizaría la tan buscada profundidad estratégica que ansían los servicios de inteligencia pakistaníes.

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