Escuchamos «Irán» y aparece en nuestras mentes automáticamente un régimen islámico de opresión, una lucha feminista silenciada, una oposición amordazada, un programa nuclear a punto de caramelo. Conocemos las graves violaciones de derechos humanos que bombardean la legitimidad de los ayatolás y miramos con inquietud el estrecho de Ormuz. Nos atrevemos, muy a menudo solo desde este prisma, a afirmar y negar con rotundidad sobre un pueblo persa cuya perspectiva nos puede ser, en realidad, desconocida. 

Claramente, Irán detesta la subyugación hasta el extremo. Heredero de los grandes imperios que habitaron sus tierras hace siglos (los medos, persas o partos), el iraní del siglo XXI valora hasta las últimas consecuencias su independencia y abandera su identidad chií —de la que, por cierto, los persas toman el carácter revolucionario e inconformista, intelectualmente rebelde, que tanto los caracteriza ahora—. Irán no quiere dejar de saberse partícipe de los desarrollos políticos y culturales de su alrededor y, aunque muchos de estos proyectos han derivado en planes fallidos, financia a Hezbolá en el Líbano, apoya a Hamás en Palestina, colabora con milicias chiíes en Yemen y, en el pasado, se involucró en la guerra civil siria. 

El ayatolá Alí Jamenei reunido con las autoridades del Hach. Fuente: Khamenei.ir
El ayatolá Alí Jamenei reunido con las autoridades del Hach. Fuente: Khamenei.ir

Pero, qué de vueltas da la historia, y la de Irán no ha sido siempre una de gestión propia o de liderazgo regional. La importancia geoestratégica y de recursos del país llevó a que, a principios del siglo pasado, rusos, americanos y europeos revoloteasen por Teherán ávidos de influencia. Ocuparon Irán durante la Segunda Guerra Mundial y manipularon su política interna hasta la mayor humillación en la memoria colectiva de Irán: la Operación AJAX. Apoyados por un Sah corrupto, la CIA americana y el MI6 británico orquestaron un golpe de Estado para derrocar al presidente democráticamente elegido Mohammad Mosaddeq, cuya principal misión era lograr la nacionalización del crudo iraní. Esto lo cambió todo: Teherán se caracterizaría a partir de entonces por una desconfianza continua hacia Occidente, empezaría a sufrir sanciones económicas y el clero movilizaría una ideología islámica que se haría con el poder en 1979. 

Irán se esforzó por volverse autosuficiente y se aisló en su nueva teocracia. La Guardia Revolucionaria, que tanto ayudó en la reconstrucción social de Irán tras la guerra contra el vecino Sadam Husein, tomó un papel único en la dirección del país. Económicamente son corruptos. Ideológicamente, autoritarios. ¿Socialmente? Más que activos, determinantes. Ellos son los principales proveedores de empleo y facilitadores de movilidad social interna. Su apoyo y base social son amplios, de forma que, a grandes rasgos, la población tolera sus métodos represivos y su falta de atención por los derechos humanos mientras les garanticen lo básico. Pero, ante un sistema político con una cúpula aparentemente tan bien asentada, ¿cabe posibilidad de cambio? 

Ciertamente, sí. La población en Irán es joven, el relevo generacional es rápido y los adultos convencidos del pretexto de la Revolución Islámica cada vez son menos. Las VPN funcionan, y los adolescentes crecen con música y series extranjeras, sabiendo que hay alternativas a la vida en represión bajo los Ayatolás. La genealogía intelectual persa es rica y diversa, y, tras lo que parece ser una espesa capa de ideología islámica homogénea, hay debates políticos continuos sobre la dirección que debe tomar el país. Esta tradición no es nueva, y se remonta como mínimo a las discusiones constitucionalistas previas a 1905, cuando se debatía cómo conciliar la tradición islámica con el respeto a la igualdad y la libertad. Ahora, el mismo Pezeshkian es de los presidentes más moderados y reformistas que ha tenido la República Islámica en años. 

Fotografía del presidente Truman y el primer ministro Mohammad Mossadegh de Irán, 23 de octubre de 1951. Fuente: Dominio Público
Fotografía del presidente Truman y el primer ministro Mohammad Mosaddeq de Irán, 23 de octubre de 1951. Fuente: Dominio Público

Aun así, la cúpula de Jamenei es fuerte y los mandamases de la Guardia Revolucionaria lo apoyan, y cuando alguna medida resulta excesivamente moderna, proceden a pararla; o, si no, que se lo digan a Jatamí —quinto presidente del país al que un intento de reforma interna le convirtió en gran enemigo de las élites—. ¿Es entonces suficiente contar con un gobierno ligeramente más progresista o con esperar al relevo generacional? ¿Puede la situación geopolítica regional y el aún latente conflicto con Israel acelerar un cambio en Irán? 

Realmente, debemos recordar que no todo lo que mueve a la República Islámica es ideología religiosa. Irán también es un país profundamente basado en el pragmatismo, y su economía en estado vegetal no aguantaría una confrontación a largo plazo en una zona donde su influencia cada vez es menor. El pueblo lo sabe y lo siente, y la paciencia cultural típica del mesianismo chií no parece ser suficiente como para resistir por resistir. Los iraníes están cansados de una inflación por las nubes, de no acceder a productos por las sanciones y de escaladas militares, pero si hay algo que reaviva la unión patriótica, a pesar de las erróneas decisiones de sus dirigentes, es que Estados Unidos se inmiscuya. 

Hace escasos dos meses, Donald Trump reavivó recuerdos dolorosos, y puede haber alejado con ello el silencioso pero creciente apoyo al cambio existente en el interior de Irán. Frente a interferencias externas, amenazas de enemigos regionales o sanciones de Occidente, el pueblo persa se une indudablemente, y toda la oposición viva que hay se disipa para defender un frente común contra un Occidente que reabre la herida, aún sangrante, de la intromisión política. 

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Los jóvenes iraníes pueden crecer con una preferencia por el exterior, sí, pero las disparatadas decisiones políticas de Occidente y los ataques en suelo iraní moldean la percepción pública hacia el lado contrario de forma grave. Israel y Estados Unidos, impacientes por frenar el desarrollo nuclear en Teherán, se lanzaron en junio a una escalada regional irresponsable. Hoy, dos meses después, en Irán reina el incómodo silencio de quien se sabe atacado y busca hacerse más fuerte: las calles de Teherán se llenan de murales con reconocimientos a los mártires de la guerra, periódicos como The Tehran Times analizan de nuevo los principales eventos de injerencia americana en la historia reciente de Irán, y en los despachos de la Guardia Revolucionaria se congratulan por haber incrementado notablemente la capacidad militar del país en tan poco tiempo. Ya lo advierte el ejecutivo iraní: el mundo debe seguir en alerta porque la confrontación directa puede volver en cualquier momento. 

Volviendo la vista atrás un momento, parece difícil que la situación sea peor. ¿Dónde quedaron los avances del Acuerdo Nuclear de 2015? Con él parecía abrirse una puerta a la convivencia y la distensión de las sanciones, pero la normalización de relaciones con Irán asustó a los aliados regionales americanos (Israel y Arabia Saudita, especialmente), y Trump tomó la inmadura decisión de retirar su apoyo unilateralmente tres años después.

La actitud belicosa de los Ayatolás es totalmente condenable, pero la raíz de la reciente escalada de tensiones radica en que Washington y sus aliados no acaban de entender la manera de aproximarse a Irán: las amenazas, el apoyo a los ataques israelíes en mitad de las discusiones de Omán y las represalias no logran el resultado esperado y solo se ven correspondidas por más conflicto. El camino hacia una alternativa a largo plazo es viable solo cuando hay responsabilidad política. 

Fotografía del presidente Gerald R. Ford y el Sah de persia,  15 de mayo de 1075. Fuente: Dominio Público
Fotografía del presidente Gerald R. Ford y el Sah de Persia, 15 de mayo de 1975. Fuente: Dominio Público

Para que Irán cambie, se necesitan cooperación internacional y compromiso legal, no demagogia, amenazas o acuerdos por la espalda. Para que Irán cambie, los avances de Occidente y el mayor respeto a los Derechos Humanos deben ser el espejo en el que la población iraní quiera verse reflejada, y a través del cual sean los propios iraníes los que tomen las riendas de su futuro. Para que Irán cambie, no puede haber injerencia extranjera de nuevo, ni debemos reabrir el pasado —que el hijo del último Shah de Irán, conocido por su régimen lascivo y de terror, se ofrezca para liderar una transición democrática es un insulto a la memoria del pueblo iraní—. 

Para que Irán cambie, Estados Unidos va a tener que aceptar la particularidad del pueblo persa, que no se identifica ni con Oriente ni con Occidente y lleva una trayectoria singular: no podemos entrometernos en su cambio interno más allá del soft power y la diplomacia, sino solo replantear la manera en que establecemos marcos de entendimiento. 

Pero, sobre todo, para que Irán cambie, el pueblo persa deberá despertar y darse cuenta de que merece algo distinto a la represión de los Ayatolás dentro de sus fronteras, y a las amenazas fuera de ellas. Es entonces cuando a Occidente le tocará ofrecer una mano sincera e incondicional, de verdadera cooperación, para acompañar a un cambio duradero en Irán. 

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