Hay pocas certezas cuando se trata de Rusia. El resultado de las elecciones legislativas ha sido una de ellas. Nadie dudaba de que Rusia Unida, el partido de Vladímir Putin, volvería a dominar la Duma Estatal. Lo hizo además con contundencia. Rusia Unida obtuvo 355 de los 450 escaños, en torno al 58% de los votos, superando su anterior máximo histórico de 343 escaños. La participación oficial rozó el 59%, la más alta en más de una década.

Miembros destacados de «Rusia Unida», entre ellos el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitri Medvédev, y el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov. Fuente: Reuters
Miembros destacados de «Rusia Unida», entre ellos el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitri Medvédev, y el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov. Fuente: Reuters

Todo esto ocurre después de más de cuatro años y medio de guerra en Ucrania, con grandes pérdidas militares, una economía cada vez más tensionada y una escasez de combustible provocada por los ataques ucranianos con drones contra las refinerías rusas. En cualquier democracia, esta situación probablemente hundiría al partido en el poder. En Rusia se tradujo en su mejor resultado histórico. ¿La razón? Un sistema diseñado, elección tras elección, para que no haya sorpresas.

El ejemplo más claro es Yábloko, el único partido con una postura explícitamente contraria a la guerra. Apenas doce días después de quedar inscrito, el Tribunal Supremo lo excluyó del proceso. Ocho de sus militantes siguen en prisión por posicionarse contra la guerra, entre ellos Lev Shlosberg, condenado a once años por, según la fiscalía, desprestigiar al ejército ruso. En Chechenia, el resultado oficial le dio a Ramzán Kadýrov un 99,85% de los votos, una cifra que refleja el nivel de competencia que existe hoy en buena parte del sistema político ruso.

Queda una cuestión que sobrevuela todo el proceso: la movilización. Putin insiste en que, a día de hoy, ningún escenario lo requiere. Pero fuera de Rusia, esas palabras no generan ningún tipo de tranquilidad. El propio Emmanuel Macron advirtió que una nueva ola de 300.000 reservistas —la misma cifra que Rusia movilizó en 2022— le resultaba un escenario creíble. Los servicios de inteligencia ucranianos llevan meses repitiendo la misma advertencia: que el Kremlin podría usar precisamente el resultado electoral como cobertura política para lanzar esa nueva ola de reclutamiento, en un ejército que pierde, según distintas estimaciones, unos 30.000 hombres al mes.

Mapa TPR 102 Mapa TPR Kaliningrado, el enclave ruso en el Báltico.avif

Desde fuera, la lectura sobre la legitimidad del proceso ha sido casi unánimemente crítica. La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, anunció medidas contra quienes faciliten este tipo de elecciones en los territorios ucranianos ocupados, donde el Kremlin también organizó votaciones. Reino Unido, Australia, Canadá y otros países firmaron una declaración conjunta calificando el proceso de farsa.

Y la propia jornada electoral estuvo marcada por uno de los mayores ataques ucranianos con drones de toda la guerra durante los tres días de votación, golpeando de nuevo una refinería a las afueras de Moscú. Putin puede que haya salido reforzado internamente, pero lo realmente preocupante es lo que puede ocurrir fuera de sus fronteras, y es ahí donde varios servicios de inteligencia occidentales han estado dando la voz de alarma.

El jefe del servicio de seguridad checo lo resumió con una frase que ha repetido mucho en los círculos de defensa europeos: si Rusia decide poner a prueba a la OTAN, podría ocurrir en cuestión de meses, no de años. Habló incluso de una incursión limitada, de provocaciones bajo ataques de falsa bandera.

Sin embargo, no todos comparten el mismo nivel de alarma. Los países bálticos, mucho más acostumbrados a convivir con la frontera rusa, han pedido cautela y advierten que exagerar la amenaza juega a favor del Kremlin, alimentando precisamente el miedo que busca sembrar. Letonia, por ejemplo, asegura no ver indicios de un ataque inminente, aunque reconoce que Moscú sí parece prepararse para algo más decisivo en el futuro cercano.

Uno de los escenarios hipotéticos que se han venido barajando en las últimas semanas es el llamado escenario Narva: una hipotética operación híbrida contra una pequeña ciudad estonia, fronteriza con Rusia y con una notable población rusoparlante, que se asemejaría a las tácticas que Moscú empleó en Crimea en 2014. La lógica sería poner a prueba hasta dónde está dispuesta la Alianza Atlántica a arriesgar una confrontación directa por un territorio de escaso valor estratégico, pero de enorme valor simbólico para el artículo 5.

Y mientras estos escenarios se discuten, los incidentes reales se siguen acumulando. Un dron cargado con explosivos llegó este verano hasta el aeropuerto de Leipzig, en Alemania. Un helicóptero militar ruso penetró unos 300 metros en territorio polaco durante 42 segundos, obligando a Varsovia a movilizar cazas, un día después de que otro avión ruso de reconocimiento fuera interceptado sobre el Báltico. Rumanía ha movilizado sus propios cazas en repetidas ocasiones tras detectar objetivos cruzando su espacio aéreo desde Ucrania. Un caza de la OTAN derribó un dron que probablemente había entrado en Lituania desde Bielorrusia. Un buque de guerra ruso llegó a disparar bengalas contra un helicóptero militar danés en aguas internacionales. Y el año pasado, tres cazas rusos violaron el espacio aéreo estonio durante doce minutos.

En respuesta, Dinamarca ha elevado su nivel de amenaza cibernética de medio a alto, advirtiendo de que Rusia probablemente prepare ciberataques destructivos contra infraestructuras críticas; sus propios servicios de inteligencia aseguran haber identificado ya una planificación concreta de sabotaje contra el país. Suecia está montando un nuevo servicio de inteligencia exterior, independiente del ámbito militar, que empezará a operar en enero. Alemania prepara una reforma que permitirá a su servicio exterior, el BND, realizar operaciones de sabotaje y acciones ofensivas.

Hoy por hoy, Rusia no tiene los medios para desafiar directamente a la OTAN desde un punto de vista convencional. Lo que sí tiene, y lo que parece dispuesta a seguir explorando, es la vía barata y difícil de rastrear del sabotaje, de las operaciones híbridas. A esto se suma además que el propio informe de la Agencia Europea de Defensa reconoce que la Unión Europea no avanza al ritmo necesario para hacerle frente a Rusia en 2030, con lagunas serias en defensa aérea y antimisiles, fuerzas terrestres, capacidad naval y reservas de munición.

Por ende, mientras Putin sale de esta elección con un control político tan sólido como siempre, puertas afuera, Europa entra en una fase distinta, de vigilancia casi permanente. Y todavía nadie sabe con certeza si lo que viene es simplemente más de lo mismo, presión constante por debajo del umbral del conflicto abierto, o el primer ensayo de algo mayor.

Mapa TPR 96 Rusia, país invasor.avif

Fuentes

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