San Petersburgo, 2013: el nacimiento de la desinformación moderna
Los trolls del Kremlin: dentro del taller donde se fabricó la desinformación mundial
San Petersburgo, 2013. Desde el exterior parecía una oficina normal, pero en el interior se estaba gestando una de las acciones más disruptivas que se ha presenciado en los últimos años. Emprendedores, desarrolladores de tecnología publicitaria y actores políticos compartían un mismo objetivo: diseñar y ejecutar una operación de desinformación a gran escala bajo las directrices del Kremlin.
Aquella organización recibiría un nombre: Agencia de Investigación de Internet (IRA, por sus siglas en inglés). Una empresa que, según los expedientes de inteligencia entregados al Senado de los Estados Unidos, operaba como una agencia centralizada y contaba con más de mil empleados dedicados a ejecutar campañas de propaganda e influencia las 24 horas del día.

Antes de entrar en detalles, conviene entender el contexto en el que surgió la IRA. Por un lado, existía un mercado en expansión de herramientas digitales y emprendedores que ofrecían medios a bajo coste para generar tráfico y aumentar la visibilidad en línea. Por otro, comenzaba a consolidarse un entramado de plataformas y proyectos “patrióticos” que servían como canales de distribución de contenido y amplificación del mensaje. Por último, se percibía el potencial de las redes sociales como instrumentos asimétricos de poder.
El objetivo era claro: producir mensajes políticos encubiertos capaces de moldear la opinión pública. Según los datos del Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos, la IRA replicó las arquitecturas clásicas del marketing digital de plataformas como Facebook, Twitter y YouTube, además de decenas de dominios creados a medida, con el fin de construir la apariencia de voces legítimas dentro de la sociedad civil.
Institucionalmente, la IRA no operaba de manera aislada, sino que estaba vinculada a una red más amplia de entidades conectadas con el Kremlin y con el conocido líder del Grupo Wagner, Yevgeny Prigozhin. Los documentos judiciales y los materiales de investigación desclasificados lo describen no solo como el financiador, sino como el principal arquitecto del ecosistema organizativo de la IRA.
A través de su conglomerado Concord Management and Consulting, Prigozhin mantuvo extensos contratos con el gobierno ruso que proporcionaron la base financiera para las operaciones de la agencia, asegurando al mismo tiempo que sus actividades pudieran presentarse como las de una empresa privada. La dirección de la IRA provenía de círculos cercanos a Prigozhin y su orientación estratégica estaba alineada con las prioridades del Kremlin, en particular con la experimentación y el perfeccionamiento de las técnicas de persuasión y desestabilización en línea.

En el plano operativo, la IRA se convirtió en una auténtica fábrica de influencia. Sus directrices eran simples: reclutar, crear, sembrar, amplificar y ocultar. El reclutamiento se desarrolló de dos formas principalmente: mediante la contratación masiva de operadores en las instalaciones de San Petersburgo —formados para gestionar identidades falsas y producir contenido— y a través de la captación en línea —anuncios de empleo, convocatorias de voluntarios o concursos servían para atraer colaboradores, extraer material o crear oportunidades de manipulación—.
En este sentido, la creación y validación de identidades falsas constituyó el siguiente pilar operativo de la agencia. La IRA construyó cientos de cuentas que suplantaban a ciudadanos comunes y organizaciones comunitarias. Una de sus operaciones más conocidas fue el intento de influir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016. Para ello, se crearon perfiles que se presentaban como grupos afroamericanos, asociaciones de veteranos, foros musulmanes y núcleos ideológicos tanto de izquierdas como de derechas.
Estas identidades falsas fueron verificadas a través de múltiples plataformas: cuentas y anuncios de Google, canales de YouTube, páginas de Facebook, perfiles de Instagram, cuentas de Twitter, blogs de Tumblr y dominios independientes, conformando una red interconectada que reforzaba su credibilidad y visibilidad en los buscadores. Los metadatos de las plataformas muestran coincidencias de correos electrónicos, dominios compartidos y rutas de gasto publicitario que unían cuentas aparentemente no relacionadas dentro de las campañas coordinadas.

La IRA utilizó anuncios pagados y segmentación por intereses para sembrar audiencias y hacer crecer sus seguidores. Utilizó Google y YouTube para difundir y dar credibilidad a mensajes más elaborados; abrió tiendas en línea y eventos en MeetUp para recopilar información personal y fomentar actividades fuera de internet; e incluso probó métodos de “gamificación”, como aplicaciones, extensiones de navegador y referencias a “Pokemon Go”, para atraer a públicos más jóvenes. En Facebook, sus anuncios estaban dirigidos a zonas y grupos específicos, con tasas de clics muy altas.
Cuando un canal se volvía demasiado visible o sufría restricciones, la operación desplazaba su foco: en2017, por ejemplo, se volcó en Instagram ante el creciente escrutinio sobre Facebook y Twitter.
La “fábrica de Trolls”, como se conocería posteriormente de forma popular a la IRA, buscaba aplicar la ingeniería narrativa orientada a la polarización. Se amplificaba de forma sistémica contenido cultural afín a distintos grupos para generar confianza, y luego se introducían mensajes políticos divisivos: en el caso de Estados Unidos, publicaciones sobre brutalidad policial y supresión del voto dirigidas a afroamericanos, contenido propolicial y “Blue Lives Matter” para otros segmentos, narrativas separatistas y secesionistas para determinadas zonas (#Texit, #Calexit), y un flujo constante de mensajes destinados a socavar la confianza en los medios tradicionales y promover las posiciones del Kremlin sobre asuntos como Siria.
Estos temas no eran aleatorios: estaban calibrados para resonar en audiencias específicas, a menudo promoviendo posiciones políticas contradictorias con el fin de profundizar la fragmentación social.
Las investigaciones documentan aproximadamente 10,4 millones de tuits emitidos desde 3.841 cuentas, más de 61.000 publicaciones en Facebook desde 81 páginas, 116.000 publicaciones en Instagram y 1.100 videos en YouTube, con un total de interacciones que se cuentan por cientos de millones.

La exposición pública del caso se produjo de forma progresiva. Primero, a través de investigaciones periodísticas que sacaron a la luz la existencia de la operación; después, mediante divulgaciones parciales realizadas por las propias plataformas y por equipos de investigadores; y finalmente, con las acusaciones formales del gobierno estadounidense, entre ellas la presentada por Robert Mueller en febrero de 2018, junto con otros procesos judiciales que aportaron un marco legal más detallado.
Según dichas acusaciones, el presupuesto total de la operación superaba los 25 millones de dólares, con 12,2 millones solo en 2017. Lo que en un principio se percibía como una simple “fábrica de troles” resultó ser una operación de injerencia extranjera perfectamente estructurada y financiada a gran escala.
La IRA logró explotar con precisión los objetivos fundamentales de la guerra informativa: confusión, desconfianza y fragmentación social. Incluso una vez expuestas, estas técnicas son portátiles, baratas en relación con su alcance y resistentes, ya que se apoyan en las propias dinámicas de confianza y conexión que sustentan las redes sociales modernas y las comunidades digitales contemporáneas.

Y ahora, una pregunta al lector: ¿acaso usted no desconfía de los medios tradicionales? Véanse El País, El Mundo, ABC o la radio y televisión públicas. ¿Acaso no percibe una polarización creciente, una fragmentación social que enfrenta a quienes piensan distinto, sea en lo ideológico, lo cultural o lo identitario? ¿No vive, acaso, en un entorno saturado de confusión, donde incluso consensos antes incuestionables —como el del cambio climático— se interpretan como conspiraciones de élites que pretenden imponer un modo de vida?
Si ha sentido algo de eso, si en algún momento ha dudado de todo y de todos, tal vez no haga falta buscar nuevas fábricas de troles. Porque, al final, la IRA ya triunfó.
Referencias
- Senate Select Committee on Intelligence. (2018, 17 de diciembre). New reports shed light on Internet Research Agency’s social media tactics.
- Howard, P. N., Ganesh, B., Liotsiou, D., Kelly, J., & François, C. (2018). The IRA, social media and political polarization in the United States, 2012–2018. Oxford University / Graphika. Report prepared for the U.S. Senate Select Committee on Intelligence.
- DiResta, R., Shaffer, K., Ruppel, B., Sullivan, D., Matney, R., Fox, R., Albright, J., & Johnson, B. (2018). The tactics & tropes of the Internet Research Agency. New Knowledge, Graphika, & Canfield Research. Report prepared for the U.S. Senate Select Committee on Intelligence.
- Bastos, M. T., & Farkas, J. (2019). Donald Trump is my president!': The Internet Research Agency propaganda machine. Information, Communication & Society, 22(11), 1633–1652.
- Dawson, A., & Innes, M. (2019). How Russia’s Internet Research Agency Built its Disinformation Campaign. The Political Quarterly, Vol. 90, No. 2, April–June 2019
- Eady, G, et al. (2023). Exposure to the Russian Internet Research Agency foreign influence campaign on Twitter in the 2016 US election and its relationship to attitudes and voting behavior. Nature Communications.