África está despertando. Esta es una realidad incuestionable. Pero también es un despertar como cualquier otro: primero hará falta abrir los ojos. Ubicarse. Tantear con la mano en la mesilla de noche hasta golpear el despertador, desperezarse, encender la luz, apoyar los pies en el suelo y estirar los dedos. 

Ningún despertar es inmediato. Todavía quedará dirigirse a la cocina, calentar el café, verterlo sobre la taza, tragar, esperar a que la deliciosa cafeína cumpla su promesa. Y la impaciencia de quien despertó hace horas (no por méritos propios, sino porque su despertador sonó antes o le arrancó del sueño un ruido de la calle) se vuelca necesariamente sobre quien despierta ahora, y esta metáfora puede aplicarse a un mundo impaciente que espera a que África termine de despertar.

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