El Sahel se suele definir como la región sur del desierto del Sáhara. Entender el funcionamiento de la geopolítica dentro de esta región se asemeja mucho a intentar resolver un rompecabezas, debido a las características intrínsecas de la misma. Nos encontramos ante una zona constituida por Estados como Malí, Níger, Etiopía, Sudán o Mauritania, los cuales se encuentran entre los menos desarrollados del mundo. 

Este hecho implica que la figura del gobierno no alcanza a extenderse a la totalidad de su territorio, lo que provoca que sea un caldo de cultivo perfecto para la aparición de grupos terroristas e insurgentes. A su vez, la población es multiétnica y generalmente nómada, lo que dificulta tanto el transcurso de las labores de seguridad como el desarrollo de infraestructuras. 

Mapa del Sahel. Autor: Peter Fitzgerald
Mapa del Sahel. Autor: Peter Fitzgerald

La cooperación internacional históricamente no ha tenido mucho éxito sobre el terreno. O bien era entendida por los residentes como una forma de seguir dependiendo de sus antiguos explotadores o las ayudas se perdían en el laberinto de la corrupción, la cual se encuentra más que arraigada en la vida diaria de los Estados del Sahel. A ello hay que sumarle que normalmente estas ayudas económicas vienen condicionadas a un desarrollo mínimo de los derechos humanos que no se suele cumplir, lo que termina por desalentar tanto a los Estados donantes como receptores a continuar con los esfuerzos. 

Sin embargo y teniendo en cuenta esta situación, China irrumpió en el tablero de juego del Sahel a través de actuaciones y estrategias que rompieron con todo lo conocido, en cuanto a cooperación internacional se refiere, hasta ese entonces. 

A través de inversiones directas en proyectos de infraestructura, el establecimiento de zonas francas especiales o la adquisición de licencias de explotación de recursos mineros, Pekín ha intensificado su presencia en el Sahel de una manera mucho más profunda de lo que otras potencias han logrado en un mayor espacio de tiempo. 

Y es que los intereses sobre la región van más allá de los beneficios económicos. China es un país que siempre ha buscado expandir su influencia por el mundo con el fin de poder generar esferas de confianza que logren llegar a beneficiar sus intereses en el futuro. En este sentido, el Sahel es visto como una oportunidad de establecer nuevas relaciones diplomáticas a la vez que reduces la importancia sobre el terreno de otras potencias, como pueden ser la Federación de Rusia o Estados Unidos. 

Sin embargo, Pekín no busca la desestabilización regional ya que ello jugaría en contra de sus objetivos. El interés reside en mejorar la seguridad internacional de la zona con el fin de reducir los riesgos, por lo tanto, sería contraproducente desencadenar escenarios de tensión internos. China además juega con la ventaja de que no es vista por parte de los países del Sahel como una nueva potencia colonial. 

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El no ser un país europeo y haber pasado por una situación de subdesarrollo y posterior industrialización, genera en los gobiernos del Sahel la sensación de no estar tratando con las mismas estructuras de poder. La semejanza histórica suele ser un buen catalizador de unas relaciones diplomáticas favorables y Pekín es consciente de ello, utiliza esa baza. 

Con todo, en las relaciones internacionales siempre hay luces y sombras y las interacciones del gigante asiático con el Sahel también tienen una parte oscura. Es cierto que China ha ayudado mucho al desarrollo, pero cabe preguntase ¿a cambio de qué? Ningún país del mundo actúa sin ser guiado por una serie de intereses y este caso no es una excepción. El que todas las infraestructuras críticas se encuentren bajo el control de empresas de titularidad pública y privada de un solo Estado, genera una dependencia enorme para con él. 

En otras palabras, obliga al mantenimiento de unas relaciones diplomáticas sólidas y cerradas a la voluntad china. Existe por lo tanto una pérdida de soberanía de facto, aunque no legal, sobre los recursos estratégicos, lo que a largo plazo puede ser determinante para entender las interacciones geopolíticas en el Sahel. 

Esta teórica situación puede llevar a plantear la reflexión de si desde Pekín se está ejerciendo un comportamiento neocolonialista sobre estos Estados. La respuesta desde mi punto de vista es que no. La sociedad internacional se encuentra en un momento histórico de profunda interdependencia como consecuencia directa de la globalización. La interdependencia no solo se da entre países semejantes en cuanto a nivel de desarrollo y eso es un hecho. Si se juzgaran todas las situaciones de desigualdad como comportamientos neocolonialistas, los países víctimas de la colonización en el pasado nunca serían capaces de superar ese estadio histórico y progresar socialmente. 

2021. Fuente: Greydinamics
Inversiones chinas en África, 2021. Fuente: Greydinamics

En definitiva, China va a jugar un papel vital en el futuro a largo plazo de la región. Obviamente sus actuaciones no producirán milagros y no pasaremos de la noche a la mañana a ver estos Estados florecer como países emergentes, pero sí puede que sienten las bases de una economía más industrializada y menos basada en la subsistencia que permita atisbar una gota de esperanza en la inmensidad del desierto. 

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