¿Aliados o rivales? La disputa silenciosa entre Arabia Saudí y Emiratos
¿Qué quedó realmente de la Primavera Árabe? Diez años después, la respuesta sigue siendo difícil de articular. Pero una cosa está clara, para las monarquías del Golfo, especialmente Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, aquel momento marcó un antes y un después. El consenso pasó a verse como debilidad y la pasividad como una invitación al caos y a la expansión de la influencia iraní.
Riad y Abu Dabi reaccionaron al unísono: Proyectaron poder, intervinieron y, durante un tiempo, colaboraron estrechamente en sus iniciativas. ¿El símbolo de esa unidad? Yemen. Sin embargo, ese mismo escenario se ha convertido en el reflejo más claro de su rivalidad. Hoy, esa competencia ya no se limita a la península Arábiga, se extiende a Sudán, al Cuerno de África y a un orden regional cada vez más inestable.

Juntos somos más fuertes
Cuando Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos lanzaron una intervención militar conjunta en Yemen en 2015, la campaña se presentó como una iniciativa de seguridad regional. El avance del movimiento hutí, alineado con Irán, hacia Adén fue interpretado como una expansión intolerable de Teherán hasta la frontera sur saudí y el estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los cuellos de botella marítimos más importantes del mundo.
El objetivo declarado de la coalición era claro: restaurar el gobierno yemení reconocido internacionalmente y revertir la influencia iraní. En las primeras fases de la operación, la coordinación era ciertamente impecable. Las fuerzas emiratíes desempeñaron un papel decisivo al romper el asedio hutí de Adén, mientras que Arabia Saudí aportó la mayor parte del poder aéreo.
Combatientes sudaneses —incluidas unidades que más tarde constituirían la columna vertebral de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF)— fueron desplegados bajo el mando emiratí a lo largo de la costa occidental de Yemen.
Amigo no es lo mismo que aliado
Sin embargo, no tardaron en surgir problemas, especialmente si analizamos las prioridades estratégicas de cada actor. Para Riad, su intervención en Yemen venía determinada por la geografía: una frontera larga y porosa y años de ataques con misiles y drones desde territorio controlado por los hutíes. La estabilidad, aunque imperfecta, era el objetivo primordial de Arabia Saudí.

Los Emiratos, en cambio, abordaron Yemen desde una perspectiva geoestratégica más amplia. No solo permitía a Abu Dabi luchar contra el islam político, sino que era una oportunidad para asegurar su influencia sobre puertos y rutas marítimas que se extienden desde el mar Rojo hasta el océano Índico. Esa diferencia de objetivos estratégicos es la que marcó el inicio del deterioro.
El punto de inflexión llegó en 2019, cuando los Emiratos Árabes Unidos anunciaron la reducción de sus fuerzas convencionales en Yemen. Oficialmente, la decisión se presentó como un giro desde una estrategia “militarista” hacia un enfoque centrado en la diplomacia y la lucha antiterrorista. En la práctica, supuso más una reconfiguración que una retirada.
Abu Dabi consolidó su influencia a través de aliados locales, en particular el Consejo de Transición del Sur (STC, por sus siglas en inglés). La ideología del grupo, separatista y hostil al islam político, encajaba con el desencanto emiratí hacia el partido Islah, un pilar clave del gobierno yemení apoyado por Arabia Saudí y que Abu Dabi considera una derivación de los Hermanos Musulmanes.
De esta manera, milicias entrenadas y equipadas por Emiratos aseguraron el control de Adén, Mukala y Socotra y, con el tiempo, de amplias zonas de Hadramaut y Al-Mahra, regiones ricas en recursos energéticos y geopolíticamente atractivas. Lo que Riad percibía como fragmentación y una amenaza directa para su seguridad nacional, Abu Dabi lo vendía como un empoderamiento de actores locales y el fortalecimiento de “Estados nación” frente al extremismo. La contradicción entre ambas narrativas se volvió difícil de contener.
En realidad, se derrumbó de forma dramática a finales de 2025. La ofensiva del STC en el sur y este de Yemen reavivó abiertamente la perspectiva de la secesión. Para Arabia Saudí, supuso una línea roja. Un Yemen dividido, en la visión de Riad, dejaría un norte más firmemente integrado en la red regional de Irán.
Como cabía esperar, la respuesta fue contundente. Aviones de la coalición liderada por Arabia Saudí atacaron posiciones cercanas al STC y, posteriormente, bombardearon el puerto de Mukala, apuntando a lo que Riad afirmó era un cargamento de armas procedente de Emiratos y destinado a los separatistas.
En una declaración pública inusual, Arabia Saudí acusó a los Emiratos Árabes Unidos de conductas que amenazaban su seguridad nacional y exigió la retirada de las fuerzas emiratíes de Yemen en un plazo de 24 horas.
Abu Dabi negó las acusaciones, insistiendo en que el envío no contenía armas y que sus actividades eran de carácter humanitario o antiterrorista. No obstante, anunció la retirada de sus fuerzas restantes, aun cuando el consenso general de expertos y diplomáticos es que la influencia emiratí a través del STC y las milicias asociadas sigue firmemente asentada.
Rivalidad estratégica
Sudán, a miles de kilómetros de distancia, emerge como una extensión de la rivalidad estratégica entre ambos. El descenso del país a la guerra civil en 2023 arrastró muchas de las mismas redes forjadas durante el conflicto yemení. Arabia Saudí se alineó con las Fuerzas Armadas Sudanesas, acogiendo las conversaciones de paz y presentando su papel como mediador.
Los Emiratos, por el contrario, respaldaron a las Fuerzas de Apoyo Rápido, lideradas por Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, antiguo socio de Abu Dabi durante la guerra de Yemen. Y, pese a que las autoridades emiratíes han negado de forma sistemática el suministro de armas, existe una amplia evidencia que subraya su participación en el conflicto.
¿Hasta dónde llegan las consecuencias?
Más lejos de lo que parece. La unidad del Golfo se ha erosionado aún más. Abu Dabi ha apostado de manera decidida por la normalización de las relaciones con Israel. Mientras tanto, Riad ha preferido elevar su amistad con Turquía a un nuevo nivel. Estas divergencias complican la construcción de una postura común. Sin un frente coherente en el Golfo, los esfuerzos por alcanzar la paz en Yemen y en Sudán pierden fuerza.
¿Quién gana en este escenario? Irán. Un conjunto de adversarios divididos y distraídos le ofrece ventajas estratégicas claras. Pero no será el único.