Con el presupuesto multianual de la UE a punto de expirar, Bruselas se prepara para una nueva ronda de negociaciones que definirá el marco financiero a partir de 2028. Estas negociaciones prometen ser largas y complejas, motivo por el cual la Comisión Europea ya ha presentado su propuesta.

Como analizamos en The Political Room, la iniciativa de Ursula von der Leyen evidencia una preocupante falta de ambición, especialmente en el contexto adverso que atraviesa la Unión Europea. Sin embargo, no es solo la Comisión la que peca de timidez. Los Estados miembros, pese a su retórica casi unánime en favor de la autonomía estratégica, también están demostrando que no están dispuestos a dar los pasos necesarios para reforzar el papel de la Unión en el mundo.

familyphoto.avif
Foto de familia de la Unión Europea y el Acuerdo sobre el Espacio Económico Europeo, 23 de marzo de 2024. Fuente: UE

Draghi y el papel mojado

El Marco Financiero Plurianual (MFP) 2028-2034 presentado por la Comisión Europea asciende a casi 2 billones de euros y, aunque se presenta como una respuesta a los desafíos identificados en el informe Draghi, en la práctica supone la congelación del presupuesto. Si se implementaran las cuentas de la Comisión sin cambios, el presupuesto de la UE solo habría aumentado en un 0,02% del PIB europeo con respecto al MFP vigente en la actualidad. 

Esto contrasta con el informe Draghi, que pedía hasta 1,2 billones de euros anuales en inversiones, si la UE quería competir con China y Estados Unidos. En total, el informe Draghi recoge más de 170 medidas que requieren inversiones por valor de, aproximadamente, el 4,5% del PIB europeo, muy por encima del 1,26% que plantea el presupuesto propuesto por la Comisión.

Por su parte, los Estados miembros no sólo no critican la falta de ambición de la Comisión Europea, sino que la comparten. De hecho, las críticas que está recibiendo la Comisión por parte de los Estados miembros tienen que ver con la estructura del presupuesto. La Comisión, en un intento de simplificar la burocracia, propone unificar los múltiples programas actuales en grandes programas rectores. Los Estados miembros se muestran en contra de esta estructura porque consideran que unificar las partidas implicaría un recorte en algunas de ellas, como cohesión o agricultura.

Hasta ahí llega la crítica. El nivel de ambición mostrado está en línea con el de los Estados miembros. Alemania, el gran motor de la UE llamado a tomar una posición de liderazgo, mantiene que Bruselas simplemente no puede aumentar su presupuesto en un contexto donde las cuentas nacionales están sufriendo ajustes significativos. Que la UE diseñe más recursos propios significa más impuestos, algo a lo que, en reglas generales, Alemania se opone. No contentos con esto, desde Berlín también frenan otras opciones como la emisión de deuda conjunta, dejando a la UE sin vías para aumentar su capacidad financiera.

Marco Financiero Plurianual 2021-2027. Fuente: UE
Marco Financiero Plurianual 2021-2027. Fuente: UE

El otro gran poder en la UE, Francia, se encuentra en una situación complicada. Históricamente se ha mostrado más favorable a aumentar el presupuesto europeo, así como la integración y sus recursos propios, pero la parálisis política que sufre desde hace meses lastra su capacidad de influencia. El gobierno francés continúa bloqueado, Macron dejará la presidencia antes de que las negociaciones por el nuevo presupuesto concluyan y la situación financiera de Francia, con un déficit excesivo según las normas fiscales europeas, complican mucho su escenario. 

Además, la sombra de Reagrupación Nacional y su posible victoria en las elecciones legislativas y presidenciales, que llevaría al Consejo Europeo una fuerza principalmente euroescéptica y contraria a la integración, haría aún más difícil las negociaciones presupuestarias.

Otros países relevantes como España e Italia mantienen sus propias dinámicas. En Roma existe un escepticismo crónico respecto a la integración financiera y, aunque el gobierno se ha mostrado dispuesto a negociar en este sentido, no será, ni mucho menos, una fuerza impulsora de la integración ni exigirán un aumento del presupuesto europeo. 

En el caso de España, el país ha sido históricamente europeísta y sería favorable a un aumento del presupuesto, pero la falta de apoyos entre los países grandes limita sus posibilidades de influencia. Si vamos al este nos encontramos con Hungría, Polonia o Eslovaquia, que mantienen posiciones contrarias a una mayor integración financiera y se encontrarían bastante cómodos suscribiendo la propuesta de la Comisión como solución de compromiso. 

Presupuesto para 2025. Fuente: UE
Presupuesto para 2025. Fuente: UE

27 caminos sin destino

La realidad es que, a pesar de la querencia de los líderes europeos por hablar de autonomía estratégica, cuando hay que poner acciones concretas sobre la mesa prima el silencio. Los europeos quieren ser relevantes en el ámbito militar, competir de tú a tú con China y Estados Unidos, proyectar influencia en su entorno, liderar la transición climática, garantizar la prosperidad dentro de sus fronteras y ser el sostén del multilateralismo. Son objetivos loables, pero cuando se necesita poner el dinero, las políticas y los recursos necesarios para hacerlo, todo el mundo mira hacia otro lado.

El nacionalismo es un vicio que pocos Estados se pueden permitir. China y Estados Unidos, como es su deber, defienden sus intereses nacionales y tienen la capacidad para hacerlo. Los Estados europeos, guste o no, no pueden. ¿Qué capacidad tiene Polonia para defender sus intereses respecto a Pekín, Delhi o Washington? ¿Y Dinamarca o Francia? Incluso lo hemos visto con uno de los Estados más fuertes del continente. Reino Unido abandono la Unión Europea iniciando un vertiginoso descenso de su influencia nacional. 

En el contexto actual, resulta ilusorio pensar en un futuro nacional para los Estados europeos, más allá de las ensoñaciones en las que parecen haberse instalado la mayoría de los países miembros. Ninguno de los veintisiete posee la capacidad para emprender las reformas necesarias que garanticen su competitividad. Públicamente, todos los Estados europeos parecen estar de acuerdo con esta realidad. Sin embargo, las medidas concretas brillan por su ausencia o carecen de ambición.

Uno de los obstáculos fundamentales a los que se enfrenta Bruselas es la fragmentación de su mercado interior. Próximamente la UE presentará su propuesta de Unión del Ahorro y la Inversión para tratar de solventar esta brecha. Este puede ser un verdadero paso de gigante para la UE, aunque si se diseña bajo las mismas limitaciones que el presupuesto, no hay motivos para ser demasiado optimista. 

El contexto actual parece empujar a la Unión Europea hacia la autonomía estratégica. La creciente rivalidad con China y un Estados Unidos que alterna periodos de hostilidad con etapas de desinterés hacia el continente hacen lógico pensar que desarrollar estructuras propias y reducir dependencias debería ser la prioridad de los líderes europeos. Sus declaraciones públicas apuntan precisamente en esa dirección.

Desgraciadamente, la realidad muestra lo contrario: un continente más preocupado por complacer a Washington y reforzar su relación transatlántica que por construir una autonomía real. Los tiempos han cambiado y la Unión Europea sigue intentando que vuelva el mundo de ayer en lugar de tratar de construir el mundo del mañana. Los debates en torno al presupuesto europeo prueban esta dinámica. 

¿Te ha interesado? Recibe nuestra newsletter

Cada martes, lo más importante de la actualidad internacional explicado por nuestros analistas, en tu correo. Gratis y sin spam.