China y Rusia: socios estratégicos, pero no aliados
Febrero de 2022. Poco antes de la invasión de Ucrania, Xi Jinping y Vladímir Putin declararon una "amistad sin límites". Una amistad incondicional que suponía un punto de inflexión en las relaciones entre dos países que, a pesar de múltiples desencuentros y divergencias estratégicas, se habían ido acercando durante las dos décadas anteriores. La guerra en Ucrania, iniciada apenas unas semanas después, supuso la primera gran prueba de esa renovada amistad.
La guerra representó el desafío más serio para esa relación sin límites. Desde el inicio del conflicto quedó claro que los límites existían y que los intereses de ambas naciones no siempre eran idénticos. El conflicto funcionó como una prueba de estrés para la cooperación técnico-militar revitalizada desde 2014, exponiendo no solo las limitaciones de la asociación sino también las divergencias de fondo que subyacen en ella.

La conflagración magnificó tanto las fortalezas como las debilidades de la asociación. Puso de relieve la importancia mutua de la relación —especialmente para una Rusia cada vez más aislada— pero también la creciente asimetría de poder a favor de China.
Dos claves: la caída de la URSS y la ocupación de Crimea
La relación entre Rusia y China es compleja, y su cooperación en defensa lo refleja con claridad. Aunque en la década de los cincuenta se produjo cierta colaboración entre la URSS y China —especialmente en el desarrollo de misiles—, la relación se rompió en los sesenta por sus divergencias estratégicas y la competencia por el liderazgo del comunismo internacional. Estas tensiones, unidas a conflictos territoriales, estuvieron a punto de llevar a ambas potencias a la guerra.
Esta rivalidad estratégica se fue difuminando con la caída de la Unión Soviética. En 1989 Occidente impuso un embargo de armas a China en respuesta a los hechos acontecidos en Tiananmen, lo que generó dificultades en Pekín a la hora de modernizar sus fuerzas armadas. Al mismo tiempo, el mal desempeño económico de la URSS en los años previos a su disolución dejó unas fuerzas armadas con grandes carencias de financiación.

Así, ambas partes iniciaron una cooperación basada en el pragmatismo. En 1992 emitieron una declaración de “Estados amigos” y en 1996 su relación ya se definía como “asociación estratégica basada en la confianza y la igualdad”. Además, se firmaron acuerdos para resolver sus disputas territoriales y reducir la presencia de tropas en sus fronteras.
Asimismo, entre 1991 y 2005 las ventas de armas rusas a China supusieron entre 2.000 y 3.000 millones de dólares anuales para el Kremlin. Aquí se incluyen aviones de combate como los Su-27 y Su-30 y sistemas de defensa aérea S-300, además de submarinos.
La relación continuó desarrollándose y, en 2001, se firmó el Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa, que institucionalizó la asociación estratégica y estableció compromisos de no agresión y consulta mutua en caso de amenazas. Ese mismo año, ambos países impulsaron la creación de la Organización de Cooperación de Shanghái para abordar la seguridad regional y el terrorismo. Cuatro años después, realizaron el primer ejercicio militar combinado a gran escala.
En definitiva, la relación estaba creciendo paulatinamente en todos los aspectos y podía atisbarse la suscripción de una verdadera alianza en el futuro. Sin embargo, la falta de confianza volvió a aparecer.

A mediados de los 2000, el comercio de armas comenzó a disminuir de forma significativa debido —principalmente— al robo de tecnología rusa por parte de China. Pekín estaba aplicando métodos de ingeniería inversa para replicar los sistemas rusos y fabricar sus propias versiones, a lo que respondió el Kremlin limitando la venta de su tecnología más avanzada.
En el periodo 2006-2014, los ingresos rusos por el comercio de armas con China cayeron a un promedio de poco más de 600 millones de dólares anuales. De hecho, entre 2005 y 2015 no se cerró ni un solo acuerdo importante de venta de armas, limitándose las transferencias —mayormente— a motores de aviones y helicópteros de transporte.
En 2014, el aislamiento internacional de Rusia tras la anexión de Crimea cambió el cálculo de Moscú. Las preocupaciones sobre propiedad intelectual pasaron a un segundo plano y Rusia comenzó a vender armamento avanzado a China: misiles S-400 y cazas Su-35. La lógica era cruda: para garantizar su supervivencia geopolítica inmediata, el Kremlin estaba dispuesto a hipotecar su seguridad tecnológica a largo plazo.

Esta decisión tuvo un gran impacto, pues, a partir de 2015, las ventas de armas rusas a China alcanzaron los 1.000 millones de dólares anuales. Rusia cedió en términos de propiedad intelectual y relajó las restricciones que imperaban sobre sus sistemas más avanzados y, a cambio, Pekín se comprometió a comprar más armamento y a suscribir nuevos acuerdos de propiedad intelectual.
Este nuevo equilibrio sentó las bases de la cooperación en defensa que se desarrollaría en los años siguientes, impulsando proyectos conjuntos como un helicóptero de carga pesada, un nuevo submarino convencional y misiles tácticos.
Además, en 2019 Putin anunció que Rusia estaba ayudando a China a construir sistemas de alerta temprana de misiles. Una tecnología que, hasta ese momento, solo poseían Estados Unidos y Rusia. También se acordó la interoperabilidad entre los sistemas Beidou (China) y GLONASS (Rusia), incluyendo la construcción de estaciones de monitoreo mutuo en sus respectivos territorios.

Los ejercicios militares conjuntos son otro ámbito en el que se reforzó la cooperación, extendiéndose a zonas sensibles como el mar Báltico, el mar de China Meridional o las proximidades de Alaska en patrullas aéreas y navales. Solo en 2024, ambos países realizaron un récord de entre 12 y 14 ejercicios conjuntos, duplicando el promedio de la década anterior. Desde 2018, China participa anualmente en los ejercicios estratégicos rusos. Es en este contexto de cooperación reforzada donde Xi y Putin suscriben esa "amistad sin límites" poco antes de la guerra en Ucrania.
El impacto de la Guerra en Ucrania
El inicio de la guerra en Ucrania aceleró y reforzó estas dinámicas. Si bien hasta ahora China ha evitado el envío masivo de armamento pesado para eludir las sanciones, está sosteniendo el esfuerzo de guerra ruso mediante el envío de componentes críticos fundamentales.
Por ejemplo, China suministra aproximadamente el 90% de los semiconductores que Rusia importa. Las exportaciones de nitrocelulosa (necesaria para la producción de pólvora) se dispararon de prácticamente cero antes de la guerra a 1.300 toneladas en 2023. También se han documentado envíos de drones comerciales adaptados para el combate y el desarrollo conjunto de sistemas más complejos como el dron de largo alcance Garpiya-3.

China está aprovechando el conflicto en Ucrania para reforzar sus capacidades. Rusia ha comenzado a entrenar a batallones chinos en operaciones aerotransportadas —que incluyen el despliegue de vehículos blindados lanzados desde el aire— y está compartiendo tácticas probadas en los campos de batalla de Ucrania y Siria, que son clave para una eventual invasión de Taiwán.
Estas dinámicas refuerzan el papel subordinado de Rusia y su rol como socio menor debido a la profunda dependencia que mantiene con el gigante asiático. En términos comerciales, el volumen comercial entre ambos países superó los 240.000 millones de dólares en 2024, el doble que en 2023. Asimismo, el yuan chino, que suponía aproximadamente el 2% de las transacciones comerciales rusas en 2022, ahora supone el 40%.
Respecto a la energía, Rusia se ha convertido en el mayor suministrador de petróleo de China, vendiendo crudo —y también gas— con importantes descuentos para compensar la pérdida del mercado europeo.

Socios, pero no aliados
La cooperación estratégica entre estos dos actores siempre ha estado marcada por la coyuntura. Aparcaron su rivalidad cuando el escenario internacional cambió y el pragmatismo les impulsó a acercarse. Después, la desconfianza mutua puso límites claros a su amistad, hasta que la situación dejó a Rusia sin opciones y tuvo que volver a mirar a Pekín.
Para China, la coyuntura actual resulta muy beneficiosa, pues le permite obtener materias primas con descuento, una mayor transferencia tecnológica, el desarrollo de capacidades propias y el refuerzo internacional del yuan, un pilar clave en su estrategia global de desdolarización.
Sin embargo, esta relación, al contrario de lo que afirman sus líderes, sí tiene límites. Pekín sigue sin reconocer oficialmente las anexiones territoriales de Rusia en Ucrania y ha expresado dudas respecto a la retórica nuclear de Putin, buscando un equilibrio entre respaldar a su aliado estratégico y evitar que el caos de la guerra dañe el orden económico global del que depende para su propio ascenso. Aunque el gigante asiático está sosteniendo el esfuerzo bélico del Kremlin, evita hacerlo de una manera que provoque sanciones que no está dispuesto a asumir.

La desconfianza mutua también persiste. Según la corporación estatal Rostec, se han documentado más de 500 casos de robo de propiedad intelectual por parte de China en los últimos 17 años, lo que demuestra que este es un problema arraigado y no resuelto. Esto provoca una paradoja estratégica: Rusia ha contribuido a armar a su vecino, solo para terminar compitiendo contra versiones chinas de su propia tecnología en mercados de exportación clave. Ejemplos notables incluyen la venta de sistemas de defensa aérea HQ-9 (basados en el S-300 ruso) a Turkmenistán y de submarinos clase Yuan a Pakistán, que compiten directamente con las ofertas de Moscú.
Además, esa tensión entre el corto y largo plazo sigue vigente, pues las ventajas tecnológicas que tenía Rusia se han ido erosionando, haciendo a Pekín cada vez más autosuficiente y convirtiendo al Kremlin en un socio menos relevante.
El Kremlin trata de resolver estas cuestiones con contramedidas, como la entrega de variantes de exportación con capacidades reducidas de sus sistemas clave, y se niega a transferir sus tecnologías más sensibles. Hasta ahora, Moscú ha rechazado vender el know-how de los motores de cohete RD-180 o del sistema de misiles balísticos Iskander, a pesar del persistente interés de Pekín.

En su esencia, la asociación militar sino-rusa no es una alianza formal, sino una convergencia estratégica impulsada por un cálculo de realpolitik. Ambas naciones comparten el objetivo fundamental de contrarrestar la influencia occidental, lo que constituye el principal aglutinante de su relación, que no se basa en una afinidad ideológica profunda, sino en un pragmatismo geoestratégico donde cada parte actúa de forma autónoma para promover sus propios intereses.
Pekín mantiene una posición reacia a suscribir alianzas y prioriza las “asociaciones”, evitando así cualquier tipo de compromiso militar. Sin embargo, la guerra de Ucrania ha acentuado la dependencia geopolítica y económica de Rusia respecto al gigante asiático. Este escenario —convertirse en el socio menor de la relación— es precisamente el que Moscú intenta evitar. Para ello, resultan clave sus vínculos con rivales de China como India o Vietnam, con quienes mantiene fuertes lazos en materia de defensa, una estrategia que genera recelo en el gobierno chino.
¿Era todo un cuento chino?
En marzo de 2022, un mes después de proclamar la “amistad sin límites” entre ambos países, el embajador chino en EE.UU., Qin Gang, declaró que no hay límites en la relación con Rusia excepto “los principios de la Carta de las Naciones Unidas, las normas universalmente reconocidas del derecho internacional y las directrices fundamentales para las relaciones internacionales”. Asimismo, el embajador chino ante la Unión Europea describió esta cooperación ilimitada como mera “retórica”.
La cooperación militar entre Rusia y China ha alcanzado cotas nunca antes vistas. Sin embargo, esto no debe interpretarse como la suscripción de una alianza encubierta, sino como un ejercicio de pragmatismo entre dos actores en los que prima la desconfianza, pero que han tomado la decisión estratégica de reforzar sus lazos aprovechando la coyuntura actual y posponiendo sus discrepancias para un futuro incierto.