En los últimos años, especialmente desde el inicio de la guerra en Ucrania, la alianza estratégica entre China y Rusia se ha profundizado considerablemente. Esta relación comenzó a desarrollarse tras la disolución de la Unión Soviética, con acuerdos sobre fronteras y un relanzamiento de los vínculos diplomáticos. Sin embargo, es importante recordar que las relaciones entre ambos países han estado marcadas históricamente por tensiones y desconfianzas mutuas, tanto a nivel político como social.

A partir de la década de 2010, la cooperación bilateral se intensificó, especialmente en el ámbito comercial y energético. Desde 2020, y particularmente tras el estallido del conflicto ruso-ucraniano, la relación ha evolucionado hacia una alianza estratégica con un marcado componente geopolítico. Esta alianza responde, en gran parte, a la ambición de China por consolidarse como potencia hegemónica, utilizando como herramienta la cooperación militar, económica y diplomática con Rusia. Esta idea no quita que la relación sea importante para ambas partes o que Moscú sea dependiente de Pekín.

Xi Jinping junto a Vladimir Putin. Créditos: Ministerio de Exteriores chino
Xi Jinping junto a Vladimir Putin. Fuente: Ministerio de Exteriores chino

En paralelo al aumento del poder del gigante asiático, nos encontramos con Estados Unidos, la gran superpotencia del sistema internacional, que hoy se encuentra en un punto crítico: mantener su hegemonía o cederla. 

¿Por qué estas dos opciones? Sabemos que estamos en un mundo con múltiples polos de poder. Hoy, dos actores principales configuran esta competencia global: China y Estados Unidos. Entre ellos se da una lucha estratégica por concentrar capacidades (económicas, tecnológicas, diplomáticas y militares) con el objetivo de asegurar sus intereses geopolíticos. En ese sentido, Washington ha perdido terreno frente a Rusia y China, especialmente en términos económicos, y también en ciertos contextos militares, como se observa en África, donde ambos actores han expandido su influencia. Sin embargo, la presencia militar de Estados Unidos sigue siendo innegable, lo que da lugar a esta doble posibilidad: sostener su liderazgo o entrar en declive.

Además de la continua competencia sistémica entre Estados Unidos y China en todas las áreas estratégicas, la alianza se desarrolla en torno a otras tendencias: 1) el aumento de las tensiones entre China e India; 2) una posible retirada de EE.UU. en Europa debido a un cambio de enfoque hacia la región del Indo-Pacífico; y 3) las potencias regionales que varían entre Estados Unidos y China para evitar tomar partido (Turquía, es un ejemplo).

En este contexto, donde el orden internacional se encuentra en una fase de transición en la que emergen dos centros de poder, se inscribe Rusia, que se esfuerza por convertirse en una potencia indispensable, sin la cual ni Estados Unidos ni China podrían ganar la competencia sistémica entre sí. A su vez, a través de la guerra en Ucrania y al contar con Bielorrusia, obtendría una esfera de influencia con proyección en Europa del Este, el Océano Ártico y el Mar negro (en consecuencia, el mediterráneo). Otra cuestión importante es que alejaría su capital del flanco occidental y su centro geopolítico quedaría en las cercanías de Eurasia, de esta manera se desplazaría desde allí a las regiones de mayor relevancia de este siglo, el Indo-Pacífico y el Sur de Asia.

Aun así, el escenario dista de ser del todo favorable para Rusia. Aislada por buena parte de Occidente —que, si bien no actúa con la contundencia necesaria para poner fin al conflicto, sí impone obstáculos significativos—, Moscú necesita el respaldo de un socio fuerte. Es en este contexto donde cobra especial relevancia el papel de China.

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Pekín, desde el inicio de siglo, comenzó un proceso de desarrollo económico y militar que tuvo como resultado la China que conocemos en la actualidad. La consolidación de China como gran potencia no fue un proceso abrupto, sino el resultado de una estrategia sostenida de modernización y proyección internacional. Desde las reformas de Deng Xiaoping en los años 80, el país adoptó un modelo de desarrollo basado en la apertura gradual al mercado global, la inversión en infraestructura y tecnología, y una fuerte intervención estatal en sectores estratégicos. Esta transformación permitió a China convertirse en la segunda economía del mundo y el principal socio comercial de numerosos países, desplazando a potencias tradicionales, incluido Estados Unidos.

Pero el ascenso chino no es solo económico. En las últimas décadas, el país ha desarrollado una ambiciosa política exterior orientada a ampliar su influencia geopolítica, especialmente en regiones clave como el Indo-Pacífico. Allí, la competencia con Estados Unidos se manifiesta con mayor claridad, particularmente en el Mar de China Meridional, una zona estratégica tanto por sus rutas comerciales como por sus recursos naturales. China ha militarizado islas artificiales, desafiando el derecho internacional, generando tensiones con países vecinos y con la propia presencia naval estadounidense, que realiza maniobras de "libertad de navegación" en defensa del orden marítimo vigente.

Además, el océano Índico se ha convertido en otro escenario de disputa. A través de su política de “collar de perlas”, China ha establecido una red de puertos estratégicos en países como Sri Lanka, Pakistán y Yibuti, consolidando su presencia en la región y asegurando rutas comerciales vitales para su economía. Este despliegue es percibido por Estados Unidos y sus aliados como un intento de alterar el equilibrio regional.

En paralelo, China ha expandido su influencia económica mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), un megaproyecto de infraestructura y financiamiento internacional que involucra a más de 140 países. A través de préstamos, inversiones y acuerdos comerciales, ha logrado posicionarse como un actor clave en Asia, África, América Latina e incluso Europa del Este, en muchos casos llenando vacíos dejados por Occidente.

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Así, impulsada por las ambiciones y necesidades mutuas, la relación entre Rusia y China —o lo que algunos definen como el “DragonBear”— no puede considerarse una alianza formal, una entente clásica ni un simple matrimonio de conveniencia. Se trata más bien de una relación asimétrica y circunstancial, en la que China lleva la iniciativa en la mayoría de los frentes, aunque aún conserva cierta dependencia estratégica de Rusia.

Mientras el gigante asiático ejerce un claro dominio comercial, económico y financiero —lo que le permite sostener económicamente a Moscú en un contexto de severas sanciones internacionales—, Rusia conserva su independencia en materia de defensa y, en menor medida, una ventaja diplomática derivada de su proyección global, que Pekín aprovecha estratégicamente en escenarios como el Ártico.

Esta colaboración responde a un interés geopolítico común: desafiar la primacía de Estados Unidos mediante una estrategia coordinada que abarca múltiples dimensiones (desde la diplomacia y la economía, hasta la defensa y la tecnología). A través de esta cooperación estructurada, ambos países buscan consolidar un bloque de poder alternativo que sirva como contrapeso efectivo al liderazgo occidental en los asuntos internacionales.

Moscú y Pekín asumen que el orden mundial está experimentando una transformación sistémica, cuyo resultado es impredecible, pero que probablemente tendrá diversas implicaciones imprevistas para los intereses rusos y chinos. Por lo tanto, "DragonBear" no es una alianza clásica según las ideas y conceptos occidentales. Más bien, China y Rusia han entrado en un acercamiento táctico para gestionar la incierta fase de transición del orden internacional, sin la necesidad de anunciar una alianza estratégica, y mucho menos militar.

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Pero surge la pregunta: ¿Cuáles son sus implicancias y cómo se proyectan a futuro?

Como ya hemos planteado, la relación es temporal, pues se desarrolla en un contexto excepcional en el que Rusia juega un papel clave para reconfigurar el equilibrio del sistema internacional. Esto se refleja en la política exterior de Trump durante su segundo mandato, donde busca distanciar a Rusia de China, para lo cual considera prioritario poner fin a la guerra en Ucrania.

Por otro lado, la cercanía entre China y Rusia —que se diferencia de las alianzas tradicionales— se basa en un respeto mutuo, ejemplificado por las 38 reuniones entre Putin y Xi Jinping. Esta relación se articula a través de mecanismos como los BRICS, y también por intereses estratégicos más convencionales: Pekín busca garantizar el acceso a recursos naturales y proyectarse en el Ártico, mientras que Moscú se beneficia de la expansión terrestre de la Ruta de la Seda a través de Eurasia. En este contexto, es difícil imaginar que Putin hubiera lanzado una ofensiva de tal envergadura contra Ucrania en 2022 sin el respaldo financiero, económico y diplomático de China.

Por otro lado, si observamos el Ártico, vemos cómo ambas potencias llevan a cabo ejercicios conjuntos y refuerzan su presencia en una región que se perfila como una de las más estratégicas en el futuro cercano. De hecho, Estados Unidos adopta un enfoque similar, concentrando su atención especialmente en Groenlandia.

En el ámbito diplomático, abundan los gestos simbólicos, declaraciones y muestras de condescendencia mutua entre China y Rusia. Algunas frases destacadas permiten ilustrar el tono y la profundidad de esta relación:

  1. Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores de China, habló de una "amistad eterna" con Rusia y enfatizó que ambos países ayudarían a traer "paz y estabilidad" al mundo.
  2. El 4 de febrero de 2022, Xi y Putin se reunieron y ambos declararon que "La amistad entre nuestros pueblos no tiene límites, y no hay áreas de cooperación prohibidas".
  3. "China está dispuesta a trabajar con Rusia para asumir el rol de grandes potencias y guiar juntos un orden internacional más justo y razonable." Xi Jinping, marzo de 2023, durante visita a Moscú.

A partir de este amplio contexto estratégico, podemos afirmar que el “DragonBear” retoma elementos del pasado y del presente para consolidar una relación de carácter temporal, favorecida por las condiciones actuales del sistema internacional. En esta dinámica, Rusia asume el papel de proveedor de seguridad, recursos naturales y una diplomacia activa y diversificada en múltiples regiones del mundo, mientras que China aporta el respaldo financiero y económico, consolidándose como una potencia en ascenso con una capacidad potencial comparable a la de Estados Unidos.

El futuro del DragonBear dependerá en gran medida de las decisiones que tome Washington. Si Estados Unidos logra atraer nuevamente a Rusia y alejarla de China, la alianza podría diluirse, ya que perdería el interés estratégico que la sostiene, junto con el contexto que la hizo posible. De no ser así, el escenario probable es un mundo bipolar, donde uno de los polos estaría conformado por dos potencias de gran envergadura. Esto revela que no se trata de una relación de dependencia unilateral, sino de una asociación basada en beneficios mutuos.

Sin embargo, a largo plazo, China podría terminar subordinando a Rusia —especialmente si Moscú prolonga la guerra en Ucrania y no logra reestructurar su economía—. Para Estados Unidos, enfrentar simultáneamente a dos grandes potencias con capacidad de proyección de poder representa una amenaza significativa. En este marco debe entenderse tanto el distanciamiento progresivo de Europa como la urgencia por poner fin a la guerra en Ucrania. Washington necesita cerrar uno de los frentes y concentrar sus esfuerzos en el mar de China Meridional, con el fin de contener el avance de Pekín y evitar que alcance una posición talasocrática que le permita proyectar poder naval a escala global.

En conclusión, la alianza entre China y Rusia, más allá de no responder a los moldes clásicos de una coalición estratégica formal, representa uno de los ejes más dinámicos y disruptivos del sistema internacional actual. En un contexto de transición geopolítica, donde el orden liderado por Estados Unidos enfrenta múltiples desafíos, la relación sino-rusa funciona como una plataforma de cooperación táctica para disputar la hegemonía global. Esta asociación, marcada por una clara asimetría, responde a intereses convergentes, pero no necesariamente duraderos: China busca consolidarse como potencia dominante en el siglo XXI, mientras que Rusia necesita respaldo para sostener su proyección internacional ante el aislamiento occidental.

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Como hemos dicho, el futuro de esta relación dependerá de varios factores: la evolución del conflicto en Ucrania, el rumbo de la política exterior estadounidense (especialmente en caso de un nuevo mandato de Trump), y la capacidad de ambos actores para sostener su influencia sin caer en una dependencia estratégica irreversible. En última instancia, el DragonBear no es un bloque monolítico, sino una fórmula de conveniencia dentro de una fase incierta del sistema internacional, donde las alianzas se redefinen y el poder se redistribuye. Comprender esta dinámica es clave para anticipar los contornos del nuevo orden global.

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