Corea del Sur, un país dividido (Parte1/2)
Corea del Sur, un país dividido (Parte 2/2)
Introducción
El 3 de diciembre de 2024, el presidente surcoreano, Yoon Suk-yeol, declaró la ley marcial, alegando que era una medida necesaria para proteger al país de las “fuerzas comunistas norcoreanas” y las “fuerzas antinacionales”, a la par que acusó a la oposición de bloquear sus presupuestos e intentar destituir a los miembros de su gabinete.
Estas afirmaciones pusieron de relieve las profundas divisiones que caracterizan a la política surcoreana y plantearon una serie de preguntas fundamentales: ¿Por qué está tan polarizada la sociedad surcoreana? ¿Qué factores han configurado este escenario? ¿Qué impulsa a los ciudadanos a optar por un partido u otro en las urnas?
Para comprender las raíces de esta fractura política he aprovechado mi visita al país para investigar sobre su historia reciente y conocer las distintas perspectivas de los ciudadanos acerca de la situación actual. Así, este artículo trata de recopilar el complejo entramado de clivajes que ha definido el comportamiento electoral del surcoreano medio durante las últimas décadas.

Corea del Sur entre 1945 y 1987: autoritarismo y anticomunismo
El fin de la ocupación japonesa de la península de Corea tras la Segunda Guerra Mundial devino en la partición de ésta en dos zonas de ocupación temporal, quedando el territorio situado al sur del paralelo 38 en manos del Gobierno Militar del Ejército de los Estados Unidos en Corea, una administración bajo el comando del general John R. Hodge. Pese al establecimiento de una comisión de supervisión conjunta, la diferencia ideológica entre la Unión Soviética y los Estados Unidos en torno a los términos para la celebración de elecciones comunes a toda la península alejó el horizonte de la reunificación.
En este escenario, las Naciones Unidas tan solo reconocieron la victoria del candidato del sur, Rhee Syngman, caracterizado por su fuerte predisposición autoritaria y anticomunista, y respaldado por las élites conservadoras y terratenientes. En los años posteriores, se promulgaron normas como la Ley de Seguridad Nacional de 1948, que justificaron la purga de rivales políticos al catalogar como disidencia, traición o amenaza a la seguridad estatal la actividad de los partidarios de la reforma agraria, la redistribución de la riqueza o la eliminación de las élites colaboracionistas con Japón.
Destacan en este periodo eventos como la ilegalización de Namjoson Nodongdang, una facción del Partido Comunista de Corea que se había establecido en 1925, durante la ocupación japonesa, o la violenta represión contra el levantamiento de Jeju, liderado por el mismo partido contra el proceso electoral de 1948, que se celebró sin la participación del norte. La asociación del progresismo con actividades subversivas y de espionaje promovidas por Corea del Norte también motivó la colusión entre los partidos mayoritarios, el Democrático de Chough Pyung-ok y el Liberal de Rhee Syngman, en favor de la ejecución de rivales políticos como Cho Pong-am, líder del Partido Progresista, en 1959.
No obstante, el decreciente apoyo popular y el débil desempeño económico de la administración de Rhee derivaron en un periodo de inestabilidad política que culminó con la toma del poder por el general Park Chung-hee mediante un golpe militar en 1961. A lo largo de su mandato, Chung-hee endureció las restricciones políticas por medio de normativas como la Ley de Partidos Políticos de 1963 o la Constitución de Yushin de 1972, que le permitieron extender sus poderes ejecutivos y legislativos, a la par que empleó los servicios de inteligencia para intimidar a sus oponentes políticos.

Pese al carácter autoritario del régimen, Park Chung-hee consolidó su legitimidad interna gracias a la emergencia de una clase media que se benefició del conocido “Milagro del Río Han”. El origen de este fenómeno se encuentra en la urgencia del gobierno de Rhee Syngman por financiar la guerra contra Corea del Norte pues, para ello, se recurrió a la venta apresurada y a precio de saldo de activos que habían sido propiedad de empresas japonesas durante el periodo de ocupación. Ello, unido al traspaso de la propiedad de la tierra a manos de campesinos para evitar su mayor simpatía con el régimen del norte, resultó en una sustitución de las élites terratenientes por otras capitalistas propietarias de grandes conglomerados familiares, conocidos como chaebols.
Park Chung-hee mantuvo la política de importaciones proteccionista implementada durante el mandato de Rhee Syngman, pero complementó este enfoque llevando a cabo una estrategia de desarrollo económico planificado desde el estado. En este contexto, el gobierno de Park se centró en la promoción de las exportaciones de aquellos chaebols que operaban en industrias consideradas prioritarias para el crecimiento del país, destacando, especialmente a partir de las décadas de 1970 y 1980, la construcción naval, la petroquímica, la acerera o la electrónica. El gobierno también hizo uso del nacionalizado sistema financiero para otorgar a los chaebols financiación a bajo coste y, además, les concedió subsidios, reducciones impositivas y avaló proyectos de alto riesgo para asegurar su ejecución.
En el marco de la Guerra Fría, la política exterior del gobierno de Park Chung-hee también facilitó la obtención de ayuda económica o asistencia técnica estadounidense, pues la estabilidad surcoreana era esencial en la estrategia de Washington para contener el avance del comunismo en Asia Oriental. A su vez, el Tratado de Relaciones Básicas entre Japón y la República de Corea facilitó la obtención de 800 millones de dólares entre 1965 y 1975 a modo de préstamos blandos, donaciones o compensaciones por la ocupación colonial japonesa.
Tras el asesinato de Park Chung-hee, el general Chun Doo-hwan encabezó un golpe militar en 1980 y mantuvo las campañas de represión contra sindicatos u oposición. En este aspecto, destaca la masacre de Gwangju en 1980, en la que las fuerzas militares reprimieron a los manifestantes que se oponían a la imposición de la ley marcial. Este evento supuso el inicio de una lucha estudiantil por los derechos sociales y una creciente movilización social cuya presión resultaría en el movimiento por la democracia de junio 1987, que condujo al fin de la dictadura militar.

La economía: el país de los chaeblols
La Constitución de 1988 pasó a recoger la celebración de elecciones presidenciales directas con el límite de un mandato y a garantizar derechos fundamentales como la libertad de expresión, reunión y asociación, al tiempo que se permitió a los sindicatos organizarse y negociar colectivamente en el ámbito laboral. No obstante, el mantenimiento de herramientas como la Ley de Partidos Políticos de 1963 o la Ley de Seguridad Nacional de 1948 permitió al gobierno seguir limitando el surgimiento de nuevas fuerzas opositoras o actividades políticas y sindicales.
En consonancia con las políticas económicas del Consenso de Washington, Roh Tae-woo, quien asumió la presidencia en 1987, dio continuidad al proceso de liberalización gradual de la inversión extranjera y las importaciones, así como a la desregulación del sistema financiero, iniciada a principios de la década de 1980. No obstante, su administración mantuvo una postura restrictiva frente a las demandas de la clase trabajadora, excluyéndolas de las reformas económicas y sociales impulsadas durante su mandato. Este periodo coincidió con el incremento de la autonomía financiera de los chaebols y, por tanto, con la creciente subordinación del sistema financiero e incluso político a las necesidades de un reducido número de compañías “too big to fail”.
La crisis financiera asiática de 1997 puso de manifiesto los problemas de un modelo de crecimiento en el que tan solo cinco compañías representaban el 25% del PIB, el 40% de las exportaciones y el 50% de la capitalización bursátil del país. Por este motivo, el FMI condicionó el rescate de la economía surcoreana a la promulgación de reformas estructurales de corte neoliberal destinadas a reducir la influencia de los chaebols. Entre estas medidas, destacaron la apertura del sector financiero a la competencia extranjera, la creación de agencias para supervisar la gobernanza de los chaebols y una mayor flexibilización del mercado laboral.
Sin embargo, las medidas aprobadas en los años siguientes fueron insuficientes para evitar que estos conglomerados familiares mantuviesen sus participaciones cruzadas en empresas de diversos sectores. A su vez, compañías como Samsung, LG, Hyundai y SK Group aprovecharon la depreciación del won, el respaldo financiero del Estado, la exigencia de mayor transparencia y la posibilidad de adquirir activos de competidores más débiles a precios reducidos. Estos factores les permitieron redirigir inversiones desde sectores no estratégicos hacia el desarrollo tecnológico, acceder a financiamiento externo en condiciones más favorables y expandir sus operaciones a nivel global.

El aumento del desempleo y la creciente inseguridad económica del electorado como consecuencia de las reformas neoliberales impulsaron a los partidos ubicados a la izquierda del espectro político, de orientación socioliberal, a articular propuestas encaminadas a sopesar la creciente desigualdad. De esta forma, Kim Dae-jung, primer presidente progresista en la historia de Corea del Sur, y Roh Moo-hyun, su sucesor, ampliaron y reforzaron los programas nacionales de seguridad social, tales como las pensiones, los beneficios por desempleo o el sistema de seguro médico. Así pues, reforzaron la protección de los derechos laborales y promovieron la justicia redistributiva a través de sus reformas fiscales.
Estas políticas contaron con el respaldo de los sindicatos, cuya actividad había sido legalizada tras la adhesión de Corea del Sur a la OCDE en 1996, y de los sectores sociales que, unos años antes, habían formado parte de las movilizaciones en favor de las libertades civiles que resultaron en la caída del régimen de Chun Doo-hwan. Desde entonces, candidatos progresistas posteriores, como Moon Jae-in o Lee Jae-myung, han continuado la línea de actuación iniciada por Kim Dae-jung, priorizando el fortalecimiento de los derechos laborales o la implantación de políticas de redistribución de la riqueza.
Sin embargo, Lee Myung-bak, exejecutivo de Hyundai, exalcalde de Seúl y líder del partido conservador Hannara-dang, supo capitalizar el descontento generado por el estancamiento económico de Corea del Sur, atribuyéndolo a la intervención estatal en la economía, lo que le permitió alzarse con la victoria en las elecciones presidenciales de 2007. Durante su mandato, Lee cuestionó las regulaciones impuestas a los chaebols como parte de las reformas implementadas tras el rescate del FMI y promovió los principios de la economía de mercado, abogando por reducciones impositivas, recortes del gasto público y desregulación. Estas políticas fueron bien recibidas por los líderes de los conglomerados familiares, quienes vieron en su administración una oportunidad para fortalecer su influencia y autonomía dentro del mercado.
A partir de entonces, pese a los débiles intentos de la administración de Park Geun-hye por reformar parcialmente la estructura de poder de los conglomerados o por implementar políticas de bienestar social, las élites conservadoras surcoreanas han justificado su giro neoliberal y el mantenimiento de su relación simbiótica con los líderes de los chaebols, aludiendo a la capacidad de estas empresas para liderar el crecimiento económico, la innovación tecnológica y la creación de empleo.

La política exterior: el mayor aliado de Washington
En 2022, una encuesta del Instituto Coreano para la Unificación Nacional reveló que el 85% de la ciudadanía surcoreana estimaba necesaria la presencia estadounidense en la península de Corea. Asimismo, un porcentaje de población similar defendía que Seúl debía desarrollar lazos de seguridad más cercanos con Washington antes que con cualquier otra nación. Y es que, en Corea del Sur se valora positivamente el rol de Estados Unidos como líder del Comando de las Naciones Unidas para enfrentar a las tropas norcoreanas y chinas en la aún inconclusa Guerra de Corea, llegando algunos sectores conservadores, especialmente los de mayor edad, a alabar positivamente el papel de Washington como garante del “Milagro del Río Han” y de la estabilidad interna durante los mandatos de Rhee Syngman o Park Chung-hee.
Por el contrario, con los mismos datos de 2022, 8 de cada 10 surcoreanos tiene una visión negativa o muy negativa de China, país que, paradójicamente, se sitúa como el socio comercial más relevante para Corea del Sur, concentrando una cuarta parte de sus exportaciones e importaciones, entre las que se incluyen componentes críticos para su tejido industrial. El temor al gigante asiático se explica no solo por la preocupación ante su creciente poder militar, sino también por sus actos de coerción económica y la asertividad de su política exterior.
En este sentido, en más de una ocasión, Pekín ha recurrido a medidas de presión económica contra Seúl en respuesta a aquellas decisiones que ha considerado contrarias a sus intereses. A modo de ejemplo, China respondió al despliegue del sistema antimisiles estadounidense THAAD en territorio surcoreano entre 2016 y 2017 con restricciones al turismo, boicots a empresas surcoreanas relacionadas con el entretenimiento, la belleza o los bienes de consumo y el cierre de más de 80 tiendas del Grupo Lotte en su territorio.
Por este motivo, en consonancia con la política exterior heredada de los gobiernos de Rhee Syngman o Park Chung-hee, la urgencia que suponen la disuasión y la contención de Pyongyang o la limitación de las ambiciones de Pekín en Asia-Pacífico ha llevado a los sectores políticos más conservadores a priorizar el mantenimiento de una sólida cooperación estratégica en materia económica, tecnológica, militar y de inteligencia con Washington y Tokio.

Por otro lado, los sectores más progresistas abogan por una relación más equilibrada entre Estados Unidos y China, enfatizado la necesidad de no antagonizar a Pekín para evitar represalias en materia comercial o diplomática. En este sentido, administraciones como la de Roh Moo-hyun intentaron adoptar un enfoque más autónomo respecto a Estados Unidos en cuestiones clave como el control operativo de las fuerzas militares surcoreanas en caso de guerra.
En lo que concierne a Japón, figuras como Lee Jae-myung, actual líder del Partido Democrático, han tratado de capitalizar el descontento ante la decisión de la administración de Yoon Suk-yeol de compensar a las víctimas surcoreanas de trabajo forzoso sin exigir la participación de Tokio, siguiendo los pasos de políticos como Roh Moo-hyun, quien priorizó abordar las controversias históricas como la escasa compensación japonesa de las víctimas en la era colonial, la colaboración entre políticos conservadores con la administración colonial japonesa o la soberanía de las islas Dokdo.
La eliminación, tanto ideológica como física, de la disidencia partidaria de luchas sociales o de clase durante el mandato de Park Chung-hee permitió consolidar un fuerte sentimiento anticomunista en la ciudadanía surcoreana. Tras la democratización, el conservadurismo mantuvo sus reivindicaciones anticomunistas, rechazando no solo el crecimiento de la influencia china en la región, sino especialmente la presencia del marxismo juche en la península. Por este motivo, la política exterior de las administraciones conservadoras se ha fundamentado en la adopción de un enfoque disuasorio y de contención frente a Corea del Norte, con énfasis en la preparación para ataques preventivos y la intensificación de las medidas de represalia.
Por el contrario, pese a apoyar el refuerzo de las políticas de disuasión frente a Corea del Norte, la institucionalización de la “Política del Sol” por la administración de Kim Dae-jung en 1997 ha llevado a los partidos progresistas surcoreanos a abogar por un mayor acercamiento y cooperación gradual con Pyongyang, enfatizando la necesidad de respeto mutuo por los sistemas políticos y económicos de ambos estados. En el marco de esta política, promovida también por líderes como Roh Moo-hyun y Moon Jae-in, se incluye la cumbre entre Kim Dae-jung y Kim Jong-il en el año 2000, por la que Seúl y Pyongyang renunciaron a la reunificación basada en la eliminación del sistema político del otro y esbozaron un horizonte en el que ambos países darían pasos hacia una mayor cooperación en materia de defensa o política exterior.
Sin embargo, pese a la visita de Moon Jae-in a Corea del Norte en el año 2018 o los avances en las reuniones familiares, decisiones como el cierre del complejo de Kaesong en 2016 por parte de la administración conservadora de Park Geun-hye en respuesta a las pruebas nucleares y de misiles de Corea del Norte, parecen alejar la perspectiva de una reunificación y el sentimiento de vínculo entre las dos Coreas.
El clivaje regional: Corea del este y del oeste
Aunque las cuestiones ideológicas y de política exterior ocupan un lugar destacado en el comportamiento de voto de los ciudadanos surcoreanos, la identidad territorial emergió como un clivaje decisivo tras la democratización en 1987. Las encuestas de opinión pública de finales de la década de 1980 y comienzos de los años 90 señalaron la relevancia electoral de la figura de los líderes y sus lugares de origen, sin traducirse ello en un rechazo absoluto hacia candidatos oriundos de otras regiones.
Así, los mapas de voto en Corea del Sur tienden a mostrar un mejor desempeño de los candidatos conservadores en la región de Yeongnam, en el sureste del país, en la que se encuentran Gyeongsang del Norte y del Sur, Busan, Daegu y Ulsan. Por otro lado, los candidatos de corte progresista se ven reforzados en Honam, formada por los distritos de Gwangju y Jeolla, en el suroeste. Si bien en el siglo VII el reino de Silla, correspondiente al actual territorio de Gyeongsang, conquistó el reino de Baekje, ubicado en la actual Jeolla, la divergencia en el voto a día de hoy atiende a otra causa.
El clivaje regional moderno tiene sus raíces en el modelo desarrollista implementado por la administración de Park Chung-hee, pues las conexiones políticas entre este último y las élites de Gyeongsang, región de origen del mandatario, favorecieron la canalización de los recursos financieros en favor de la infraestructura y los chaebols ubicados en este territorio. Así, durante el desarrollismo, la industria pesada se concentró en Daegu y Ulsan, mientras que Busan concentró las inversiones en la industria de construcción naval. Precisamente, el volumen comercializado en el puerto de Busan sitúa a este como el séptimo más relevante a nivel mundial.

Por otro lado, el abandono de Jeolla durante este periodo prolongó el carácter agrícola de su economía, convirtiéndose la región en un terreno fértil para las ideas progresistas contrarias a la dictadura militar, tal y como demuestra el levantamiento de Gwangju en 1980. La identidad territorial de Honam se vio reforzada por narrativas como la del expresidente conservador Kim Young-sam, quien asoció al progresista Kim Dae-jung, originario de Jeolla del Sur, con el extremismo revolucionario para legitimar un mayor control estatal en pro de la lucha contra la subversión.
Pese a que los resultados electorales más recientes evidencian la persistencia del clivaje regional en las regiones de Gyeongsang y Jeolla, el cambio generacional y la desvinculación del progresismo con la resistencia frente a los impulsos autoritarios han puesto de manifiesto la decreciente importancia de esta dinámica de voto en el resto del país. Asimismo, la creciente concentración poblacional en el área metropolitana de Seúl dio paso a nuevas narrativas basadas en cuestiones como la lucha contra la opacidad de las élites, las políticas de identidad o la involucración activa de la ciudadanía en la política.
Continuará...