El bulo del “genocidio cristiano”: qué hay de verdad y qué es propaganda
Una abuelita española, muy piadosa, recibe por el grupo de WhatsApp familiar un mensaje alarmante. El texto fatal empieza así: “Continúa la masacre de los cristianos: Más de 150.000 han sido asesinados en Sudán”. A continuación, el mensaje describe un infierno de martirios que revuelven el reposado espíritu de la anciana: “150.000 cristianos, con niños incluidos […] si no renuncias a tu religión y te conviertes al islam no hay comida […] Genocidio claro, pero ¿lo sabías?”. Y, finalmente, el asedio de la ciudad de El Fasher, en Darfur, se ofrece como prueba de ese supuesto genocidio religioso.

Este es el típico mensaje que circula como cadena anónima, sin una fuente identificable ni un emisor concreto. Recibimos varios del estilo cada día, por un tema u otro. En este caso, la cifra de 150.000 cristianos muertos en Sudán no está respaldada por ninguna estadística oficial o informe independiente; y el conflicto sudanés se reduce a un enfrentamiento de “islamistas contra cristianos” que no encaja con los datos disponibles sobre la composición religiosa y étnica de Darfur.
Ese texto saltó muy pronto de los chats familiares a los titulares de medios digitales. EDATV, medio español vinculado a la extrema derecha, lo convirtió casi palabra por palabra en un artículo con el mismo encabezado: “Continúa la masacre de los cristianos: Más de 150.000 han sido asesinados en Sudán”. A partir de ahí, el mensaje rebotó con fuerza por canales de Telegram de Estado de Alarma TV, cuentas de X y publicaciones en Facebook, con una estructura que se repetía hasta la saciedad. Esa que decía que Sudán se ha convertido en un matadero de cristianos a manos de milicias islamistas, y que nadie está hablando de ello. En paralelo a la publicación de EDATV, el diario online argentino MDZ rescató y actualizó un viejo texto bajo el título “Genocidio cristiano en Sudán: ya son más 150.000 las víctimas del Islam”, que empezó a circular en páginas religiosas, cofradías y grupos cristianos como “la noticia que los medios esconden”.
El relato se repite una y otra vez con los mismos tres pilares: en Sudán está ocurriendo un genocidio de cristianos; El Fasher sería una especie de ciudad cristiana mártir asediada por odio religioso; y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF por sus siglas en inglés) son una milicia islamista empeñada en exterminar cristianos por su fe.

La realidad en Darfur: víctimas invisibles tras un relato cómodo
Dejando de lado las (poco fiables) cadenas virales en los grupos de amigos y familiares, y buscando información disponible en los informes y coberturas serias, el cuadro que se pinta de Sudán cambia por completo.
Desde la BBC hasta el New York Times, pasando por DW y El País, la información compartida por dichos medios es idéntica en lo referente a Darfur. No niegan que haya un genocidio, o confirman al menos una persecución masiva contra civiles por parte de las RSF… pero niegan que las víctimas sean cristianos. Lo que documentan es una campaña sistemática de exterminio y expulsión contra diversas comunidades negras no árabes, en especial los massalit, perpetrada por una fuerza paramilitar de base árabe con apoyo exterior (las RSF).
Además, las Fuerzas de Apoyo Rápido, quienes cometen el genocidio, no sólo no son islamistas, sino que el núcleo de su lucha contra el ejército regular sudanés se traduce en que se autodefinen como “antiislamistas”. Las RSF acusan al ejército regular de mantener lazos con Irán y con los Hermanos Musulmanes, cosas ambas probadas, y advierten que una victoria suya en la guerra civil traerá el islamismo a Sudán. Para más inri, las RSF combaten desde 2015, junto a Emiratos Árabes Unidos, contra los hutíes del Yemen (islamistas). Por tanto, decir que quienes cometen el genocidio son islamistas no es sólo falso, es que es diametralmente opuesto a la realidad.
La fotografía coincide con la de otros observadores. Un análisis publicado en 2024 por el Instituto Español de Estudios Estratégicos, titulado Darfur: ¿a genocidio por generación?, describe cómo, desde principios del siglo XXI, se ha ido acumulando un patrón de violencia masiva contra poblaciones negras campesinas de Darfur, todo ello mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado. Esta pieza en concreto insiste en el carácter étnico y político de la violencia y evita la simplificación religiosa.
La demografía básica también desmiente el bulo. Darfur es, desde hace siglos, una región de mayoría musulmana casi absoluta, no importa que nos refiramos a las milicias árabes que perpetran el genocidio o a las víctimas de etnias negras como son los massalit, los fur y los zaghawa. Múltiples informes de la ONU y de organizaciones como Human Rights Watch confirman que las víctimas son musulmanas. Es importante advertir que reducir la violencia a un plan de exterminio contra cristianos no sólo es inexacto: borra a las víctimas reales y despolitiza un conflicto en el que pesan la estructura racial del Estado sudanés, la lucha por los recursos y la impunidad de viejos señores de la guerra.
Quién alimenta el bulo y por qué le resulta útil
La pregunta correcta radica no sólo en conocer qué es falso, sino en saber quién tiene interés en mantener una falsa narrativa. Para empezar, en octubre, la revista Africa Is a Country publicó un ensayo de Ayoola Babalola bajo el título: The myth of Christian genocide. El autor sostiene que actores de la extrema derecha y del campo proisraelí están “reconfigurando la inseguridad en Nigeria como exterminio sectario para desviar la atención de Palestina”.
Su argumento se apoya en dos pilares: por un lado, considera la realidad de una violencia de múltiples capas en Nigeria donde influyen yihadistas, conflictos por la tierra, bandidos rurales, etc.; y por otro lado profundiza en la forma en que determinados lobbies y medios cristianos occidentales inflan cifras y seleccionan casos para presentar un cuadro de cristianos masacrados sistemáticamente por musulmanes.
Siguiendo la misma línea, la revista El Enclave apuntaba en una pieza reciente a los israelíes en la difusión del bulo que se trata en este artículo: “una gran cantidad de informaciones falsas procedentes de cuentas y medios sionistas y afines al sionismo”. Menciona a cuentas de X como @GabyLob y la organización ACOM, lobby proisraelí en España, entre aquellos perfiles que han difundido una lectura errónea del conflicto. Este periodista también ha buscado cuántos “tuits” con esta narrativa procedían de cuentas israelíes y pudo comprobar, efectivamente, que la proporción cuenta proisraelí-bulo Sudán es en extremo elevada. Cuentas como @RabinoGarmon, @IsraelVive1948 y @niccole75.
Babalola describía cómo determinados proisraelíes difunden la idea de un “genocidio cristiano” en países africanos con el fin de desplazar el foco moral desde Gaza hacia África. Si se estuviera produciendo un verdadero genocidio en Nigeria, resultaría más difícil concentrar la presión internacional sobre Israel. La pieza cita explícitamente mensajes en los que se comparan las supuestas masacres de cristianos con la situación palestina, subrayando que el mundo sólo se indigna cuando el agresor es israelí. Y este periodista también ha leído decenas de mensajes ironizando sobre “enviar una flotilla” a Darfur.
Para los sectores evangélicos conservadores, que también participan en la difusión del bulo, sobre todo en Estados Unidos, el beneficio es distinto… pero complementario. La idea de una Iglesia perseguida es un eje central de muchas teologías y campañas de recogidas de donaciones, y relatos como los de Nigeria o Sudán encajan perfectamente en una narrativa que presenta a los cristianos como una minoría acosada por un islam agresivo. Noticias de este estilo movilizan a los fieles y justifican acciones políticas (como la amenaza de Trump de una intervención militar si Nigeria no protege a los cristianos). Y, claro está, las donaciones se disparan gracias a ello.
Merece la pena recordar que importantes pastores evangélicos norteamericanos, como Joel Osteen, Kenneth Copeland y David Turner tienen casas cuyo precio ronda entre los 7 y los 15 millones de dólares. Por otro lado, la opacidad de las cuentas de este tipo de iglesias vuelve sumamente difícil saber qué parte de las donaciones va destinada a pagar las mansiones y cuál se destina a los “cristianos perseguidos”.
Finalmente, en el contexto de la derecha radical europea y latinoamericana, el relato cumple una función añadida. Refuerza la islamofobia imperante en su ideología y el temor a un asedio religioso contra sociedades cristianas. Si el islam es presentado como fuerza genocida contra los cristianos en África, resulta más sencillo defender políticas de cierre de fronteras o campañas contra mezquitas y comunidades musulmanas. Y, de nuevo, permite contraponer el foco sobre Palestina con el silencio supuestamente cómplice ante las tragedias africanas.
Por último quedarían quienes reconocen el bulo, pero que lo consideran positivo en la medida en que consiga llamar la atención internacional para acabar con la muerte de los inocentes. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Pero el primer problema de fondo con la falsa narrativa es que el sufrimiento de sudaneses y nigerianos se convierte en una herramienta al servicio de agendas ajenas. Se distorsiona la verdad, se borra a las víctimas. Mata la ETA a un político del PSOE y dicen que el PSOE ha matado a un vasco porque lo importante es que se sepa que muere gente. No importa cómo ni porqué en un mundo donde los adultos funcionales tienen la capacidad de comprensión de un parvulario. Y esta simplificación de la narrativa, por lógica, lleva a las soluciones erróneas.
Además, tal y como señala el análisis del CESEDEN sobre Darfur, hablar de genocidio tiene consecuencias jurídicas y políticas muy concretas. Usar el término a la ligera, o para encajar conflictos complejos en relatos prefabricados, no ayuda a prevenir crímenes de masas, sino a banalizarlos.
Desmontar el bulo del “genocidio cristiano” en Sudán y Nigeria no significa negar que haya cristianos perseguidos o asesinados en esos países. Los hay, aunque el número de víctimas cristianas en ambos Estados sea enormemente inferior al de las víctimas musulmanas. Significa, precisamente, tomar en serio a todas las víctimas, sin filtrarlas según la utilidad que tengan para la ideología.