
El concepto de terrorismo aplicado a los CDR
La violencia; maldición impertérrita del hombre, causa de la barbarie y del progreso, fenómeno implícito a la naturaleza humana, y a su vez, racionalizada como instrumento de poder. Nada nos impide pensar que, se trata de un comportamiento heredero de nuestra naturaleza animal, producto del llamado cerebro reptiliano y que como único fin busca la supervivencia del individuo.
Sin embargo, la historia nos demuestra que la violencia racionalizada se ha transformado en un instrumento para conseguir fines que, por otros medios, estarían fuera de nuestro alcance. Es decir, se ha transformado en un fenómeno puramente social.

Desde la agrupación de los individuos en comunidades, a las que posteriormente llamaríamos estados, las dinámicas de poder se han caracterizado por el uso de la violencia entre sus integrantes para ascender dentro de la escala social.
Entre estos, podríamos distinguir dos grupos; Por un lado, el Estado como institución que, a ojos hobbesianos, tendría el uso legítimo de la violencia para mantener e imponer el poder (orden) y, por otro lado, encontraríamos a los contrarios al orden establecido que verían en la violencia una forma de represión de sus aspiraciones.
De este modo, la violencia se configura como una forma de relación social basada en una interacción agresiva en la que media intención, premeditación y planificación [1]. Una interacción asociada a una visión personalista por parte, tanto del individuo que la ejerce, como del que la sufre.
La violencia entendida como fenómeno social, encuentra su causa en elementos multifactoriales, pero, aun así, su eje central gira en torno a la cultura; Es decir, es la cultura la que determina que entendemos por violencia, pero, ¿Qué podemos entender por cultura? La podríamos definir como: un conjunto de comportamientos adquiridos por la experiencia de vivir en sociedad que abarcan tanto la esfera interna del individuo (pensamientos), como la esfera externa (acciones explicitas).
Con la globalización, sin embargo, en apariencia, la cultura queda diluida en un mundo socialmente internacionalizado con nuevas coyunturas económicas, políticas y éticas que, parece que abogan por la integración y la paz social, pero sucede todo lo contrario.
Difícilmente se puede encuadrar, dentro de un modelo de convivencia realista, la idea de una globalización integradora, cuando vivimos una época donde los conflictos sociales siguen siendo el caldo de cada día; basta con asomarse a la ventana para ver cómo la ilusión del estado de bienestar sólo es eso, una ilusión y, la violencia, sigue siendo el principal medio de acción para grupos discordantes que no saben canalizar una frustración que es tan común en estos días.
El idealismo desmedido, tan característico de esta generación, rechaza esto (véase ejemplo de la doctrina de las 0 bajas), lo cual, provoca que cualquier estrategia que conlleve violencia de cierta entidad tenga mayor eficacia en determinados escenarios. Es aquí, cuando surgen los grupos terroristas que, aprovechándose de esta debilidad, crean una esfera contextual de terror para usarla como medio de coacción y, de este modo, alcanzar los fines que persiguen.
¿Cómo surgen las organizaciones terroristas?
Toda cultura, contiene elementos inmateriales que se configuran como un sistema de valores que pueden jugar un papel protagonista a la hora de configurar el comportamiento y los pensamientos de los individuos que pertenecen a la comunidad. Estos elementos, cuando son manipulados, acrecentados o interpretados de una manera tendenciosa pueden ser proyectados de una forma persuasiva hacia los individuos. Cuando la persuasión tiene efecto surge el extremista.
El extremista es un individuo que abandona de forma radical el sistema de valores imperante en favor de ciertas ideologías o religiones que actúan como un modificador persuasivo de la cultura previa.
Sin embargo, el extremismo no es elemento suficiente para realizar acciones que tengan como resultado una violencia mortal (no todos los extremistas son terroristas, pero sí todos los terroristas son extremistas); es necesario superar una serie de barreras psicológicas y sociales que den cabida a este comportamiento; es aquí, cuando las ideologías actúan a modo de legitimador y justificador, pero para esto, necesitan de ciertas características [2]:
· Que tenga un carácter dogmático incuestionable.
· Todos los comportamientos son interpretados como hechos al servicio de una causa significativa.
· La ideología debe otorgar un conjunto de creencias o sistema de valores que justifique dicha doctrina de comportamiento.
· Que la ortodoxia proporcionada otorgue seguridad y justificación para realizar las acciones terroristas.
· Crear una dicotomía de bien y mal.
Además de esto, el proceso de radicalización, que es necesario para crear un terrorista, requiere de tres cosas; por un lado, la existencia de ciertos factores perceptivos tendenciosos, o lo que es lo mismo, como concebimos el entorno que nos rodea. Por otro lado, la existencia de argumentos legitimadores a la causa y, por último, que se dé un reajuste cognitivo, conocido comúnmente como “lavado de cerebro”.[3]
En primer lugar, los factores perceptivos son tendenciosos o favorables al cambio cuando: existe desacuerdo con el sistema legal o normativo, se da la necesidad de cambio social para los miembros del grupo, existe un desequilibrio emocional que provoca emociones tales como la ira o el asco hacia elementos ajenos al grupo, y por último, que se den reforzamientos positivos a esas conductas extremistas.
En segundo lugar, los argumentos legitimadores se centran en conseguir una opinión pública favorable, coincidiendo la mayor parte de los analistas en que para conseguir esto los miembros del grupo se ven como las únicas víctimas del conflicto, mientras que el sufrimiento de las personas ajenas al grupo queda despersonalizado, invalidado o tratado de sobredimensionado e incluso falso.
Es decir, una estrategia de victimización clásica y en muchos casos exagerada, que podría llevar a la polarización de la opinión pública (véase de las manifestaciones que protagoniza en las recientes fechas el colectivo LGTBQ a favor de una organización islamista como Hamas o la negación sistemática del holocausto por parte de colectivos de la extrema derecha).
En tercer lugar, en cuanto al reajuste cognitivo, consiste en un discurso predominantemente persuasivo que busca: deshumanizar a la víctima negando sus cualidades de ser humano, la atribución de la culpa al propio agredido (el opresor es la víctima), la justificación de la agresión desde una perspectiva de superioridad moral, y por último, la desensibilización del propio agresor a las consecuencias de la agresión.[4]
El lector avispado se habrá dado cuenta de que el terrorismo no es algo nuevo propio del siglo XXI, sino que ya existían dinámicas en la antigüedad que podríamos calificar de terroristas, sin embargo, la principal diferencia que se hace notar en la actualidad es la eficacia que consiguen a corto plazo; me explico.
Una de las ventajas que da la globalización tecnológica es la interconexión de información de forma inmediata, lo cual, propicia de forma indirecta que toda acción terrorista con un buen aparato propagandístico detrás es capaz de conseguir dos cosas: llegar a un mayor público extendiendo la esfera de terror creada a través de las acciones violentas y aumentar las tasas de simpatizantes. Pero no nos adelantemos, ¿qué elementos nos permiten diferenciar el terrorismo de otros fenómenos parecidos cómo, por ejemplo, la secta Aum Shinrikyo que también llevó a cabo un atentado con gas nervioso en el año 1995?
A priori, debemos partir de una posición de debilidad frente al adversario, se recurre a una forma de violencia clandestina que, en principio, parece que busca la reivindicación política, pero en realidad, su principal finalidad es crear una atmósfera de miedo o terror que funcione como elemento de coacción social.
En otras palabras, presionar para el cambio por medio del miedo, configurándose el elemento psicológico, no como base, sino como instrumento principal de acción. La base que en realidad sujeta este fenómeno es una estrategia asimétrica que permita obtener una ventaja coste-beneficio mayor en el corto plazo, y que, para ser efectiva, debe de dar paso hacia una forma de guerra de guerrillas o una insurrección generalizada, pues, el terrorismo, como demuestran distintos ejemplos históricos (véase el ejemplo del terrorismo en Argelia), solo obtiene resultados a corto plazo, ya que a largo plazo conduce inevitablemente al inmovilismo y estancamiento del movimiento.
A partir del 11S, la dimensión terrorista dio un cambio radical hacia una forma de violencia que podía llegar a provocar daños que, en un principio, sólo eran concebibles en el ámbito de un conflicto convencional, lo cual permite extraer tres conclusiones; que la disuasión tradicional no funciona con el terrorismo, que la violencia se puede especializar sin que implique un mayor coste, me refiero a los cyberataques o a la proliferación de armas de destrucción masiva en el mercado negro, no ya solo las nucleares, sino las químicas o biológicas, y que cualquier medio por inofensivo que parezca puede causar un gran daño.
En cuanto a la organización de estos grupos, principalmente, podemos distinguir dos tipos de estructura ; por un lado, un modelo clásico basado en una estructura jerárquica con una clara distinción de funciones que permite una mayor centralización de la organización, planificación y ejecución de las acciones, pero que es más vulnerable ante los ataques externos (véase a las células del Viet Cong) y, por otro lado, una estructura en red basada en la llamada NETWAR[5] que consiste en una organización por medio de células con autonomía de acción, que se comunican con un eje central a través de terceros, lo cual dificulta enormemente su persecución por parte del adversario, pero que también tiene dificultades para ejecutar acciones a gran escala, y cabe la posibilidad de escisión de una célula para transformarse en una organización independiente, como paso con la creación del DAESH a raíz de una célula de Al-Qaeda. [6]
Con esta articulación organizativa, lo que se busca es desplegar tanto una rama armada como otra política o propagandística que busque la financiación y el reclutamiento de nuevos adeptos para el grupo.
Aunque en la actualidad estas dinámicas han cambiado produciéndose la entrada de organizaciones terroristas en el crimen organizado en busca de financiación, como pasa en la región del Sahel, donde el terrorismo y el crimen organizado coexisten por medio de alianzas, constituyéndose como los nuevos gestores del poder [7], no será extraño ver a grupos terroristas islamistas que colaboren con el transporte o distribución de sustancias estupefacientes con destino a Europa, permitiendo de este modo la apertura de los tradicionales límites del comercio ilícito y creando un entorno favorable para su proyección táctica/estratégica.
Es decir, se crea un escenario perfecto para una evolución hacia un entorno insurreccional generalizado, obteniendo grandes beneficios que permitan su supervivencia tanto material como vital.
Después de esta aproximación hacia un concepto básico de terrorismo, me veo obligado a centrarme en una ramificación, en concreto, el terrorismo nacionalista- revolucionario que recientemente hemos vivido en España. No se confundan, muchos pensarán que me estoy refiriendo a ETA, sin embargo, aunque pueda causar sorpresa, me quiero centrar en los llamados CDR o Comités de defensa de la república, presuntamente una nueva organización terrorista, pero las conclusiones sáquenlas ustedes.
Muchos se sorprenderán ante tal elección pero, ¿cómo podría obviar una organización tan desconocida por la opinión general, que tiene varias causas judiciales abiertas, en las que encontramos como implicados a varios altos cargos de la Generalitat como el ex presidente Carles Puigdemont, huido actualmente de la justicia, y más aún, sabiendo que con la aprobación de la ley de amnistía, las investigaciones que se lleven a cabo probablemente no verán la luz y las acciones que presuntamente cometieron quedarán impunes? Sería un sacrilegio omitir dicho análisis y perder la oportunidad de continuar de algún modo el anterior artículo que escribí sobre el Procès.
Comencemos:
Los CDR o comités para la defensa del referéndum nacen como organización en la localidad de Vilafranca de Penedès en el mes de octubre del año 2017, aunque algunos de sus miembros en una entrevista para el diario Regiò7 [8] apuntan a que sus orígenes comienzan en mayo de ese mismo año. Su objetivo; garantizar el referéndum sobre la autodeterminación de Cataluña que se dio el 1 de octubre de ese mismo año.
Las primeras acciones que llevaron a cabo con este fin se centraron en la ocupación de los colegios electorales para garantizar el desarrollo de la votación, sin embargo, como todos sabemos, sus intentos acabaron siendo frustrados por el gobierno de Mariano Rajoy que evitó que se produjera la votación y, coordinándose con el Tribunal Constitucional, declaró la inconstitucionalidad de dicho referéndum.
En los días siguientes la denominación de los CDR cambió a “Comités para la defensa de la república” y su portavoz Helena Vázquez declaró en un comunicado lo siguiente:
“Reunidas en Sabadell miembros de un centenar de los Comités de Defensa del Referéndum de todo el territorio, después de estas jornadas históricas en que los vecinos organizados han conseguido hacer efectivo el derecho de autodeterminación de nuestro pueblo a pesar de la represión del Estado, nos proponemos avanzar para organizarnos en red a nivel supramunicipal.
Ante la inminente aplicación del artículo 155 o si se producen detenciones, mientras continuamos fortaleciendo la organización popular desde abajo impulsaremos y nos sumaremos a las movilizaciones en la calle para defender la voluntad popular, contra la represión y por la retirada de las fuerzas de ocupación de nuestro territorio.” [9]
Una clara declaración de intenciones que posteriormente se materializaría en: el corte de varias carreteras nacionales, la ocupación del aeropuerto de Prat, cortes en el acceso al Palacio de Justicia de Barcelona, culminando en la Operación Judas.
En cuanto a su trasfondo ideológico, sus orígenes se remontan a la fiebre nacionalista del siglo XIX. En el caso catalán la deriva reaccionaria llevo a la creación del llamado movimiento Catalanista, que podríamos definir como: movimiento cultural de carácter tradicionalista - conservador que se centra en la exaltación de los valores propios que distinguen la cultura catalana de la española creando una suerte de identidad histórica catalana.
En este sentido, sostienen la existencia de una agresión histórica por parte de España a raíz de los Decretos de Nueva Planta, promulgados por Felipe V en el siglo XVIII, lo cual, según ellos, facilita que España sea un ente opresor que les maltrata y les roba por pura maldad. Desconcertante cuanto menos, ¿cómo es esto posible cuando Cataluña es una de las regiones que más se ha beneficiado de su autonomía fiscal y que incluso tiene un ordenamiento de derecho privado propio al margen del estado? Una pregunta con respuestas para todos los gustos.
Destaquemos también, la apelación a una historia con un carácter épico y exasperante para reivindicarse como nación. No hay más que ver el preámbulo de su estatuto de autonomía. Cito textualmente: “Cataluña es un país rico en territorios y gentes, una diversidad que la define y la enriquece desde hace siglos y la fortalece para los tiempos venideros.”. No es mi propósito a valorar estas cuestiones, pero si dejaré constancia de ellas.
Por otro lado, la restructuración social que se dio con la industrialización y con la avalancha de inmigrantes provenientes de todos los rincones de España, provocó cierto rechazo entre las clases medias catalanas, lo cual, se materializó en la sensibilización hacia el fenómeno independentista poniendo ciertas restricciones a esos inmigrantes. Algo que perdura incluso en la actualidad, con la exigencia para acceder a determinados puestos de trabajo de tener conocimientos en catalán, lo que es inexplicable cuando el castellano es la lengua oficial del estado.
No es desdeñable la existencia de un patrón de violencia en la histórica reivindicación independentista catalana. Nos guste o no, existieron organizaciones previas como Estat Català o Terra Lliure que dejaron marcada a una minoría que aún sigue teniendo sus mismas aspiraciones.
Ya sabiendo el trasfondo de los CDR, pasemos a lo que detonó la existencia de este artículo.
La Operación Judas; CDR ¿Una organización terrorista?
La operación judas fue una investigación que llevó a cabo la Guardia Civil que tuvo como resultado 13 detenidos por presuntos delitos de pertenencia a organización terrorista y a 9 de ellos se les acusa de tenencia, depósito y fabricación de sustancias o aparatos explosivos inflamables con finalidad terrorista, culminando con su enjuiciamiento en septiembre de 2019.
Con esta investigación se descubre que la estructura de los CDR es de tipo NETWAR, es decir, células independientes que se comunican por medio de terceros entre ellas para coordinarse, respondiendo a comités comunes tanto a nivel local, provincial y nacional, y apoyadas a nivel logístico e inteligencia por el llamado CECOR (centro de coordinación), también conocido como el “CNI catalán”.
Dentro de estas células encontraríamos varias con una especial radicalización; las llamadas ERT (equipos de respuesta táctica) que, estarían especializadas en acciones de índole más compleja pensando en miembros con ciertas especializaciones y con una alta radicalización; en palabras del juez Manuel García Castellón, “Los investigados, comparten principios ideológicos favorables a la independencia y al activismo radical para conseguirla; su objetivo final como organización era conseguir la independencia de Cataluña, empleando para ello la violencia en su máxima expresión, forzando con ello, de modo coercitivo, a las instituciones a conceder por la vía de los hechos la separación de Cataluña del resto de España”.
Presuntamente, los detenidos serían miembros de los ERT que también contribuyeron en la creación del CECOR. Su objetivo consistiría en ocupar el Parlament de Cataluña, montando una infraestructura de comunicación no detectable por las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del estado que les permitiera, una vez ocupado, defenderlo.
La ocupación se haría con ayuda del personal del interior del Parlament que facilitaría su entrada en el edificio. El CECOR por su parte, se encargaría de alquilar una serie de inmuebles que utilizaría de pisos francos y centros de intendencia para permanecer en el edificio al menos una semana, y con un presupuesto aproximado de unos 6000€, instalarían una serie de antenas para llevar a cabo las comunicaciones clandestinas.
Por otra parte, los investigados habrían constituido una célula terrorista con el objetivo de atentar, con los explosivos anteriormente mencionados, desarrollando actos preparatorios de vigilancia y control de instalaciones policiales, toma de fotografías y videos, además de selección de posibles objetivos.
Entre los posibles objetivos, el juez señala: la Comandancia Naval de Barcelona, el Gobierno Militar de Barcelona, la Fiscalía del TSJ de Cataluña, la Jefatura de la Comandancia de la Guardia Civil de Barcelona e infraestructuras críticas. Del mismo modo, se encontraron entre los dispositivos incautados búsquedas sobre un miembro de los Mozos de Escuadra y de políticos contrarios a la independencia.
La hipótesis más valorada, se sustenta en las evidencias de que se acometió un reconocimiento del perímetro de la Comandancia de la Guardia civil de Barcelona con el objetivo de atentar en represaría por las sentencias del procès. [11]
Por último, la Asociación Dignidad y Justicia en el año 2019 preparó un escrito para presentarse como parte en el procedimiento iniciado con la Operación judas, considerando gracias a las investigaciones de Guardia Civil que hubo reuniones con la ilegalizada Batasuna, calificadas como cordiales, donde habrían aprendido tácticas enmarcadas dentro del llamado Kale Borroka llegando a un alto nivel de especialización.
Alfredo Perdiguero, subinspector de la Policía Nacional a este respecto, declaraba en una entrevista para el medio de comunicación El Mundo: “Nunca hemos visto que alguien vaya a una manifestación con una azada o pico a levantar baldosines… los tirachinas tan profesionales que lanzan rodamientos de 50mm a los compañeros…nunca hemos visto que hagan barricadas tan bien montadas… la Kale Borroka no era capaz tampoco”.
En definitiva, el nivel de coordinación era mucho más sofisticado que el de la Kale borroka. En este sentido, los frentes abiertos eran dispares y gracias a la App Tsunami Democràtic las fuerzas y cuerpos de seguridad muchas veces se veían superados debido a la función de contrainteligencia realizada por las células que operaban en el terreno, mejorando de este modo tanto su eficacia como su eficiencia.
No es casualidad que entre los miembros de la organización se distribuyese el manual de Black Block donde se detalla en varias páginas como hacer la guerrilla urbana, pero de la teoría a la práctica hay un mundo; esta gente fue entrenada y asesorada por personal externo en su estructura organizativa, logística y operativa.
No estamos hablando de un colectivo de activistas violentos, nos encontramos ante una organización con capacidad propagandística a nivel institucional, con formación específica en tácticas de sabotaje, comunicaciones clandestinas y guerra de guerrillas urbana, con un servicio de coordinación propio, que dispone de herramientas con capacidad de realizar tanto funciones de inteligencia como de contrainteligencia y con capacidad de financiación autónoma.
Sin embargo y contra todo pronóstico, inevitablemente parece que la investigación que se está llevando a cabo no dará más resultados que los aquí mostrados, pues la ley de amnistía acecha y dentro de poco veremos sus efectos.
Yo no soy quien para juzgar si nos encontramos ante una organización terrorista, si hay actores externos que les asesoran (eso ya lo harán nuestros jueces si es que les dejan), pero lo que está claro es que, cuando el enemigo está a las puertas, lo más conveniente es actuar antes de que entre.