El espejismo democrático y la herencia militar de Venezuela
Para comprender la situación política actual de Venezuela, es necesario destacar algunos hechos históricos ocurridos durante su relativamente corto período republicano. En primer lugar, el papel central que ha desempeñado la acción militar en la vida política del país; en segundo lugar, la escasa tradición de convivencia política a lo largo de su historia; y, en tercer lugar, la influencia dominante de la ideología de centroizquierda dentro de la oposición.
A comienzos del siglo XX, la dictadura militar surgida en los Andes venezolanos no solo impulsó la construcción de la Venezuela moderna y de sus instituciones, sino que también dio origen a una rivalidad ideológica: por un lado, las ideas marxistas importadas de Europa, y por otro, una clase intelectual que afirmaba estar más capacitada para gobernar y conducir al país hacia una verdadera democracia.

De esta manera, en octubre de 1945 se producía un golpe de Estado impulsado por varios jóvenes oficiales críticos con el viejo sistema liberal-militar, que contaron a su vez con el apoyo del partido socialdemócrata. Este hecho marcó un antes y un después en la convivencia política nacional, hasta entonces caracterizada por la hegemonía de las dictaduras militares de las primeras décadas del siglo XX. A partir de ese momento se abrieron las puertas a una auténtica transición hacia la democracia, iniciada con la legalización de los partidos políticos.
Sin embargo, los sectores militares nacionalistas, al percibir que las políticas socialdemócratas y la actuación de grupos civiles armados comenzaban a desestabilizar el nuevo sistema, respondieron con un nuevo golpe de Estado (1948). Así se instauró otra dictadura militar, esta vez no de corte liberal, sino inspirada en el nacionalismo venezolano. No obstante, esa misma dictadura sería posteriormente derrocada por los propios militares que la habían sostenido en 1958, dando paso a una nueva transición hacia la democracia representativa.
A comienzos de la década de 1960, el gobierno socialdemócrata mostró claras diferencias con la Revolución Cubana; no tanto por motivos ideológicos, sino por la disputa sobre quién debía ejercer efectivamente el poder dentro de la nación petrolera. El notorio enfrentamiento entre Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela, y Fidel Castro derivó en el inicio de una guerra de guerrillas que se prolongaría durante cuatro décadas, hasta la llegada de Hugo Chávez al poder.
Es evidente que Venezuela nunca alcanzó una estabilidad política plena. A ello se sumó la persistente rivalidad entre el militarismo andino y la intelectualidad civilista capitalina, lo que a la larga provocó el deterioro de la institución armada. Este deterioro se debió, en gran medida, al escaso reconocimiento histórico y funcional de las Fuerzas Armadas, pese a su papel protagónico en la construcción de la Venezuela moderna, en la transición hacia la democracia y en la derrota militar de las guerrillas marxistas.

De manera simultánea, la corrupción, el paternalismo estatal y la penetración de la ideología marxista en las instituciones y en el sistema educativo dieron carta blanca a la extrema izquierda para aliarse con sectores nacionalistas de militares resentidos. De esa convergencia surgiría, años más tarde, el chavismo y el régimen político actual de Maduro.
A partir de esta comprensión, es posible analizar las narrativas fallidas de la oposición venezolana durante los últimos 25 años. Dichas narrativas se han sustentado en una visión política que ignora los acontecimientos fundamentales del siglo XX y que antepone la ideología de centroizquierda a la realidad concreta, lo que ha conducido a errores estratégicos y a decisiones políticas equivocadas.
Del mismo modo, la sobrevaloración de la efectividad de los métodos pacíficos, basada en un respeto excesivamente mojigato del derecho internacional, ha tenido como consecuencia el fortalecimiento del régimen en su objetivo de consolidar el poder.
Un ejemplo claro de ello puede observarse en el golpe de Estado del 11 de abril de 2002. Durante aquel alzamiento militar, la sublevación fracasó no solo por la falta de apoyo de los cuarteles, que permanecieron neutrales, sino también por la indecisión y la falta de acción resuelta por parte de los propios oficiales que se habían rebelado contra Hugo Chávez.
Meses después, con el inicio del paro petrolero, los oficiales contrarios al gobierno encabezaron una rebelión desarmada que fracasó debido a una deficiente estrategia política. En ella se desestimó la función militar, presentándola como innecesaria, mientras se priorizaba un movimiento centrado en la imagen pública por encima del poder armado y del control efectivo del territorio.

Tras la muerte de Hugo Chávez en 2013, se abrió una nueva etapa en los métodos de lucha de la oposición, impulsada por el presunto fraude electoral en las elecciones presidenciales de ese mismo año, en las que resultó proclamado Nicolás Maduro.
Posteriormente, el creciente descontento social llevó a la oposición a optar por la vía de la rebelión en las calles. Sin embargo, estas manifestaciones fueron neutralizadas no solo por la represión de los cuerpos de seguridad del Estado, sino también por la insistencia de la dirigencia opositora en mantener el camino electoral, bajo la promesa implícita de que una eventual victoria en las urnas otorgaría legitimidad a una nueva rebelión que, en realidad, nunca llegó.
Continuando con una acción política basada en el simbolismo y en la sobreestimación del papel de la política internacional como herramienta de presión, la oposición —anclada en una narrativa victimista— terminó chocando con la realidad. No obtuvo la reacción esperada de la comunidad internacional, al ignorar los verdaderos equilibrios de la geopolítica y los intereses particulares de las potencias y de otros Estados.
En consecuencia, la acumulación de errores estratégicos ha contribuido decisivamente a la consolidación del sistema chavista, acompañada por la pérdida de oportunidades reales para una auténtica transición política. Si se observa el devenir histórico del país, resulta evidente que Venezuela dista mucho de haber sido el paraíso de estabilidad que suele describir el discurso de la centroizquierda. Por el contrario, a lo largo del siglo XX apenas se registran unos quince años de convivencia política efectiva, frente a más de ochenta marcados por insurrecciones, golpes de Estado, guerrillas, grupos civiles armados, caos social, conspiraciones y transiciones de poder caracterizadas por la violencia y la inestabilidad.

Para finalizar, cabe destacar que, tras veinticinco años de chavismo, la oposición continúa aferrada a la misma hoja de ruta, sustentada en una estructura de acción simbólica que resulta eficaz únicamente en el terreno de la propaganda y la comunicación. Esta estrategia ha implicado, además, la subestimación y el desprecio hacia cualquier opción de carácter militar o insurreccional que pudiera generar un cambio político real.
Al mismo tiempo, estos errores han sido hábilmente aprovechados por el chavismo, que sí ha asumido la realidad histórica y comprendido la centralidad del poder armado. De ese modo, ha utilizado la política como una extensión de la guerra, orientada al control del territorio y a la perpetuación —por ahora exitosa— de su dominio sobre el Estado venezolano.