
El país de la OTAN sin ejército propio
El regreso de Trump a la Casa Blanca le ha sentado a Bruselas (sede de la OTAN) como un jarro de agua fría. El presidente electo, que ya demostró en el pasado su oposición a la Alianza, ha vuelto al poder en un momento crítico para la seguridad europea. ¿La mayor de sus quejas con respecto a la OTAN? La pobre contribución económica de los estados europeos en comparación con Estados Unidos, que sigue siendo el máximo contribuyente de la Alianza.
A pesar de que Polonia a día de hoy es el país que más gasta en defensa con un 4,12% de su PIB destinado a este propósito, EE.UU., al tratarse de un país con una economía gigante, sigue siendo “el que más paga”. Tras la invasión de Crimea por parte de Rusia y teniendo en cuenta la decadente situación internacional, los países de la OTAN se comprometieron a destinar por lo menos un 2% de su PIB a defensa. Desde entonces, dicha promesa sólo ha sido cumplida por algunos países. De hecho, no fue hasta los últimos dos años, con la invasión rusa de Ucrania, que muchos estados han decidido aumentar su gasto en defensa.

A día de hoy, Croacia, Portugal, Italia, Canadá, Bélgica, Luxemburgo, Eslovenia y España siguen sin cumplir con su promesa, algo que no sólo irrita a Washington sino también al resto de miembros de la Alianza. De todos modos, la inversión del bloque en este campo en los últimos años ha crecido considerablemente: desde 2022, el gasto en defensa total de los países de la OTAN ha aumentado en 100.000 millones de euros.
Sin embargo, Trump quiere más. Fuentes citadas por POLITICO dicen que Trump ha instado a los países europeos a aumentar su gasto en defensa al 5%, cifra que ni siquiera Estados Unidos cumple. Durante su primer mandato, Donald Trump ya había pedido que los países de la alianza aumentaran su inversión en defensa al 4% y amenazó en numerosas ocasiones con abandonar la OTAN si este objetivo no se cumplía.

Trump piensa que Europa se está aprovechando de que EE.UU. sigue siendo el garante de la seguridad en el continente y que esto ha llevado a muchos países a no invertir en defensa. La prioridad del magnate americano, más allá de cumplir objetivos estratégicos (como lo sería garantizar la seguridad europea) es “hacer que se respete a América”.
De lo que (quizás) no se ha dado cuenta el presidente americano (y que probablemente le haría tirarse de los pelos) es que existe un país en la OTAN que contribuye un 0% a los gastos de la Alianza. Una nación que todos los gráficos que contienen estadísticas sobre los miembros de la OTAN suelen dejar fuera por el simple hecho de que no cuenta con ejército propio y tan sólo recibe los beneficios de formar parte del grupo. Estamos hablando de Islandia.

La isla nórdica perteneció a Dinamarca durante la mayor parte de su historia. En 1918, Islandia consiguió cierta autonomía de la corona danesa, aunque no fue hasta 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, que la isla volcánica declaró su independencia.
Durante el conflicto, entre 1939 y 1945, Islandia fue invadida “preventivamente” por Reino Unido para evitar que las fuerzas del eje se hiciesen con su posición estratégica en el Atlántico Norte. Más tarde, Islandia invitó a EE.UU. a desplegar sus tropas en la isla con el mismo objetivo, sustituyendo a las tropas británicas.
En 1949, el parlamento islandés votó a favor de unirse a la OTAN como un miembro fundador de la Alianza, a pesar de que Islandia no tenía ejército propio y dependía de sus aliados para su defensa. Su adhesión no vino sin polémica: el mismo día de la ratificación del Tratado del Atlántico Norte, numerosas protestas comenzaron alrededor del país en contra de la decisión.

Con el inicio de la Guerra Fría y con nuevos conflictos surgiendo alrededor del mundo fruto de la tensión entre los dos grandes bloques ideológicos, Islandia encontró en Estados Unidos la respuesta a sus preocupaciones en materia de defensa. A pesar de estar cubierta bajo el paraguas de la OTAN, la isla no contaba con tropas activas en su territorio desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y, en caso de un ataque relámpago contra su territorio, la ayuda tardaría horas (o días) en llegar.
Por este motivo, Islandia firmó un acuerdo de seguridad bilateral con Estados Unidos en 1951, que permitió a los estadounidenses establecer de forma permanente a sus tropas en Keflavik, constituyendo la Iceland Defense Force. Hasta 2006, éstas fueron las únicas unidades terrestres (y aéreas) propiamente militares instaladas en Islandia.
En ese año, Estados Unidos decidió suspender la Iceland Defense Force tras las fuertes protestas por parte de diferentes partidos políticos islandeses. Desde entonces, diferentes países aliados han hecho cortas visitas en forma de despliegues temporales y otros, principalmente Estados Unidos, han contribuido al control del espacio aéreo islandés. Además, Islandia cuenta con su propia Guardia Costera, la cual incluye el Sistema de Defensa Aéreo de Islandia. Ambos tienen como finalidad la vigilancia del espacio marítimo y aéreo de la isla.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Islandia protagonizó numerosas disputas con Reino Unido en lo que se conoce como las “Guerras del Bacalao”. Reykjavik acusaba a Londres de violar sus respectivos espacios marítimos y de diezmar significativamente la cantidad de pescado disponible en las zonas que frecuentaban los pescadores islandeses. Esta situación obligó a Islandia a reforzar la Guardia Costera, que hasta ahora (y junto a su cuerpo de policía) son los únicos cuerpos de defensa del pequeño país.
La participación de Islandia en la OTAN como “receptora” de ayuda y no como contribuyente evoca la pregunta de “¿por qué merece la pena para la OTAN tener al país en la alianza?” La respuesta está en su posición clave en el Atlántico norte.
Islandia se ubica a 315 km de Groenlandia, a 815 km de Reino Unido y a 970 km de Noruega. Su posición única convierte a la isla en “un faro” a las puertas de la Europa septentrional y, lo que es más importante, del Océano Ártico (Polo Norte).

Esta región en los últimos años ha ganado una importancia superlativa dada su trascendencia estratégica de cara al futuro. Para explicar el valor del Ártico haría falta un artículo aparte, pero lo más importante a tener en cuenta es que la capa de hielo que conforma este territorio se está derritiendo poco a poco. Esto, más que una preocupación medioambiental, se está considerando por los países de la zona como una gran oportunidad para explotar los recursos y potenciar el comercio en la región.
A medida que el mar se descongele a la vez que mejoran las tecnologías marítimas, los países podrán, en un futuro cercano, atravesar la región en cualquier época del año y crear rutas comerciales permanentes. Islandia saldría muy beneficiada de esta posición ya que tendría el potencial de convertirse en la principal (y probablemente última parada) de los navíos procedentes del Atlántico antes de adentrarse en el Océano Ártico.
A Islandia le quedan lejos los vastos recursos del Ártico y su localización le exime de las reclamaciones territoriales que enfrentan a países como Noruega, Rusia, Canadá o Estados Unidos. Esta “estabilidad” podría darle una ventaja significativa a la nación nórdica a la hora de atraer inversiones relacionadas con las rutas árticas.

Los repetidos intentos de Trump de comprar Groenlandia y la suspensión del Arctic Council son una muestra más de la creciente importancia de la región. Consecuentemente, a los países miembros de la OTAN les interesa tener a un aliado con un territorio cercano desde el cual los aviones y navíos de combate puedan partir en caso de conflicto.
Islandia tiene una población cercana a los 400.000 habitantes. Aunque existen países más pequeños con ejército propio, esto no quiere decir que sea algo rentable para la isla. Mientras los intereses, valores y objetivos de Reykjavik sean parecidos a los de sus aliados, no hay un motivo (de momento) por el que Islandia debería prescindir de ayuda extranjera.
No obstante (y a pesar de los beneficios que esto brinda), en Islandia sigue existiendo una tímida oposición a la OTAN. Una encuesta de Prósent fijaba el apoyo a la OTAN en un 71% y su rechazo en un 11%. La nación nórdica ha mantenido una posición neutral a lo largo de su (corta) historia como país independiente y algunos ven en la participación islandesa en la Alianza una gran amenaza para su seguridad en caso de un conflicto global.

Tanto los Verdes como el Partido Socialista se oponen a la participación islandesa en la OTAN. Los socialistas, no obstante, han propuesto un modelo de cooperación de defensa alternativo a la Alianza con países aliados. Tanto la cuestión de la OTAN como la de la adhesión a la Unión Europea son temas recurrentes en la política del país.
El pasado 30 de noviembre se celebraron elecciones anticipadas en Islandia tras el colapso de la coalición que gobernaba el país. En ellas el “Independence Party”, grupo conservador que lideraba la nación hasta ahora, quedó segundo después de los socialdemócratas.
Tras unas semanas de negociaciones, los socialdemócratas han anunciado una nueva coalición con el Partido Popular y el Partido Reformista, liderada por la joven Kristrun Frostadottir como primera ministra. Esta nueva coalición ha prometido reducir la inflación y organizar un referéndum de adhesión a la UE en 2027.

Islandia es un bastión clave de la OTAN en el Ártico y su valor estratégico es incalculable. Con o sin ejército, la isla volcánica seguirá siendo un pilar fundamental de la defensa del Atlántico Norte. Con un parlamento y líderes cada vez más europeístas, Bruselas podrá seguir contando con Islandia como un socio clave en materia de defensa.