El péndulo de Trump con Ucrania
Durante la campaña de 2024, Donald Trump prometió acabar con la guerra en Ucrania en cien días, aseguró que ésta jamás se habría producido si él hubiera sido presidente, acusó a Kiev de provocar el conflicto y mantuvo que sus vínculos personales y respeto mutuo con Putin harían que firmar un acuerdo de paz fuese sencillo. Estas estrambóticas declaraciones continuaron una vez llegó a la Casa Blanca, inaugurando una época caracterizada por la volatilidad estratégica y la imprevisibilidad diplomática.
Vaivenes constantes, declaraciones contradictorias y una falta de racionalidad aguda en la toma de decisiones han confirmado la política pendular de Trump respecto a Ucrania. Este péndulo de posturas contradictorias no responde a una estrategia convencional, sino a una combinación de intereses económicos inmediatos, frustraciones personales y cálculos comerciales que han reconfigurado la política exterior estadounidense.

180 grados
Trump empezó su administración con un claro enfoque favorable a Rusia, algo que se vio claramente al mes de tomar el cargo, en febrero de 2025, cuando Rusia y Estados Unidos celebraron conversaciones en Arabia Saudí para abordar el reinicio de las relaciones entre ambos. En estas conversaciones se dejó fuera a Ucrania. Además, desde el primer momento el presidente estadounidense dejó claro que su apoyo a Kiev no sería incondicional, sino que estaría sujeto a una compensación.
Ese mismo mes, Trump presentó un borrador de acuerdo que exigía a Ucrania ceder el cincuenta por ciento de sus ingresos procedentes de recursos naturales a un fondo controlado por Estados Unidos, hasta alcanzar los 500.000 millones de dólares, una suma equivalente a más del doble del producto interior bruto ucraniano anterior a la guerra.
El pacto estaba profundamente desbalanceado y Ucrania consiguió negociar provisiones más favorables como la copropiedad del fondo antes de suscribirlo en abril de este año. Con la propuesta del acuerdo, Donald Trump dejaba muy clara su posición: La visión transaccional que impregnaba su política exterior, también iba a hacerlo en Ucrania. Trump esperaba obtener beneficios económicos tangibles de su apoyo a Kiev y, aunque su posicionamiento favorable a Rusia era evidente, podía cambiar a cambio de dinero.
El propio Trump explicitó esta posición cuando declaró que Estados Unidos haría negocio con la guerra en Ucrania. En aquel momento, el apoyo estadounidense estaba en cuestión, no se habían aprobado nuevos paquetes de ayuda y existía el temor de que aquellos paquetes aprobados durante la administración Biden, pero que todavía estaban por llegar a Kiev, fueran bloqueados por Trump.
A la Unión Europea, presa del pánico, se le ocurrió establecer el sistema PURL. Un sistema por el que los aliados de la OTAN compran armamento a Estados Unidos para entregarlo a Ucrania. Este es el negocio al que se refería Trump. Este tipo de sistemas son ideales para la estrategia estadounidense y muestran sus objetivos. Por un lado, permiten a Washington reducir su gasto directo en la defensa de Ucrania mientras que, por otro, incrementan sus beneficios mediante la venta de armamento a los aliados europeos, que además aumentan el gasto en defensa en línea con lo que quería EE.UU. y refuerzan su dependencia estratégica del Tío Sam.
En este punto la estrategia parecía más o menos clara. El objetivo principal era acabar con la guerra lo antes posible y para ello la clave era convencer a Putin, lo que podía hacerse con concesiones y apoyándose en su relación con Trump. Mientras tanto, Estados Unidos pretendía beneficiarse económicamente de la guerra recuperando el dinero invertido en Ucrania inmediatamente (la mayoría del apoyo estadounidense a Ucrania tomaba la forma de préstamos antes de que llegara Trump), utilizando la guerra para que los europeos asumieran mayor responsabilidad defensiva y garantizando un rol importante de Washington en la reconstrucción.
Sin embargo, Trump recibía presiones tanto de sectores de su propio partido, que pretendían aumentar las sanciones sobre Rusia, como de los aliados europeos y, por supuesto, de Ucrania, lo que provocaba cambios de opinión que impedían coordinar una estrategia coherente.
Mientras las relaciones con Kiev se deterioraban, Trump también hablaba de imponer sanciones a Rusia, criticaba a países como China e India por comprar hidrocarburos rusos y sostener la guerra de Moscú, al mismo tiempo que presionaba a la UE para que cortara por completo sus vínculos energéticos con el Kremlin. Una semana ponía en duda el compromiso estadounidense con la OTAN, para la siguiente decir que estaba comprometido con la alianza, para poco después decir que solo defendería a aquellos que “paguen”, para, finalmente, reiterar de nuevo su compromiso poco después.
Trump no sólo quería un acuerdo rápido con Putin, sino que esperaba conseguirlo. Al no tener una estrategia definida para lograrlo más allá de sus relaciones personales y su política transaccional, cuando este primer embate fracasó, se suceden una serie de vaivenes constantes impulsados principalmente por el estado de ánimo del presidente en busca de algún golpe de efecto que desbloquee la situación.
Según avanzó el tiempo, la frustración con Putin provocó que se enmendara la relación con Kiev. Semanas atrás se había producido un esperpento público con J.D. Vance y Trump acorralando a Zelenski entre gritos en la Casa Blanca, sin embargo, ahora el tono cambiaba y Zelenski y el ejército ucraniano estaban mostrando una heroica resiliencia a ojos de Trump.
Curiosamente, el punto de inflexión favorable a Ucrania se produjo tras la reunión con Putin en Alaska el pasado mes de agosto. La cumbre pretendía ser un momento clave: representaba la primera reunión entre ambos presidentes desde que Trump fuera reelegido y la primera vez que Putin visitaba un país occidental desde que ordenara la invasión de Ucrania en 2022. Además, con el progreso sobre el fin del conflicto estancado y la frustración creciendo respecto a Putin, desde el equipo de Trump esperaban que este encuentro en persona sirviera para desbloquear el proceso.
Sin embargo, tras aproximadamente tres horas de reunión, apenas hubo resultados. No se logró ningún avance concreto ni sobre la paz ni sobre un alto el fuego. Según publicaron los medios estadounidenses, Putin se embarcó en largas diatribas históricas sobre las relaciones entre Ucrania y Rusia que frustraron especialmente a Trump.
A los pocos días, Trump recibió en la Casa Blanca al presidente ucraniano junto con los líderes europeos, entre ellos el presidente francés Emmanuel Macron, el canciller alemán Friedrich Merz y el secretario general de la OTAN Mark Rutte. La estrategia europea consistía en tratar de canalizar la falta de resultados con Putin en apoyo concreto para Ucrania.
Trump volvió a cambiar el enfoque y volvió a insistir, esta vez con más fuerza, en la posibilidad de sanciones no solo a Rusia sino también a India y China. Trump reconoció públicamente que estaba “decepcionado” con Putin y que esperaba que hubiera sido más fácil llegar a un acuerdo. Además, por primera vez, comenzó a insistir en las dificultades económicas que estaba atravesando Rusia y la gran cantidad de bajas que estaba sufriendo, poniendo en cuestión su capacidad para continuar la guerra.
A finales de septiembre, después de reunirse en Nueva York con Zelenski y Ursula von der Leyen, Trump publicó en Truth Social un mensaje que representaba un nuevo giro respecto a sus posiciones anteriores: "Ucrania tiene un gran espíritu, cada vez más fuerte. Podrá recuperar su país en su forma original y, quién sabe, ¡quizás incluso ir más allá! Putin y Rusia están en graves problemas económicos, y este es el momento para que Ucrania actúe".
Trump acusó a Rusia de ser un tigre de papel y la administración americana tomó una posición más dura, con miembros del gabinete como Scott Bessent o Pete Hegseth declarando que Ucrania estaba en su derecho de atacar y llevar a cabo operaciones ofensivas dentro de Rusia. Trump aseguró que el cambio en su posición derivaba de que ahora entendía mejor la situación militar y económica del Kremlin. Este cambio, de hecho, no fue sólo retórico, ya que posteriormente se supo que Estados Unidos estaba colaborando en materia de inteligencia con Ucrania a la hora de diseñar ataques contra la infraestructura energética rusa.
Con Estados Unidos, ahora sí, en el lado de Europa y Ucrania, la discusión viró rápidamente hacia nuevas entregas de armas. En concreto, los Tomahawks, misiles de largo alcance que permitirían a Ucrania atacar profundamente en territorio ruso. El presidente estadounidense se mostraba receptivo a esta posibilidad y llegó a declarar que ya había tomado una decisión al respecto, pero quería saber cómo y dónde se iban a utilizar exactamente, lo que parecía indicar que la decisión que había tomado era favorable a su envío a Kiev.
Con una reunión prevista para mediados de octubre entre Zelenski y Trump, esta parecía el momento ideal para anunciar la entrega de los Tomahawk. Sin embargo, Trump habló con Putin un día antes de verse con Zelenski y esto cambió la dinámica del encuentro.
La reunión con Zelenski no fue tan amigable como se esperaba y no solo Estados Unidos no entregó los Tomahawk, sino que propuso un cese de las hostilidades en torno a las líneas actuales del frente, aceptando de facto como rusos los territorios tomados en la guerra. Trump habló incluso de dividir el Donbás dejando la mayor parte en manos de Rusia. La reunión en general fue tensa y ambas partes alzaron la voz. Trump llegó a decir a Zelenski “si Putin quiere, te destruirá”. A este fracaso de la diplomacia ucraniana se unía el anuncio de una nueva reunión entre Putin y Trump que tendría lugar en las próximas semanas.
Poco después, el péndulo volvió a oscilar brevemente y Trump moderó su discurso afirmando que, aunque no lo creía probable, era posible que Ucrania todavía “ganara la guerra”. El nuevo giro vendría tras una llamada entre el ministro de Exteriores ruso y el secretario de Estado estadounidense para preparar el futuro encuentro entre Trump y Putin. Después de la llamada, el encuentro se canceló. Rusia no había cambiado su posición un ápice y el presidente estadounidense no quería “perder el tiempo” con un encuentro sin posibilidades de éxito. Poco después, por primera vez, la administración Trump impuso sanciones a las petroleras más importantes de Rusia.
En las próximas semanas observaremos cómo Trump reacciona a la intransigencia rusa y en qué dirección oscila su posicionamiento. El péndulo de Trump sobre Ucrania no ha concluido su recorrido y probablemente no lo hará mientras permanezca en el cargo. Las oscilaciones entre Alaska y Nueva York, entre apoyo férreo a Kiev y presión a Moscú, entre amenazas de sanciones a Rusia y búsqueda de acomodación personal con Putin, definen una era de incertidumbre estratégica que trasciende el destino de Ucrania. De esta indefinición estratégica solo emerge una cuestión clara, el fin del orden de seguridad en Europa basado en la legitimidad estadounidense.