Todo comienza con el encono de dos naciones primas hermanas que habían convivido desde hace varios siglos más o menos pacíficamente bajo el dominio indiscutible y soberano de una de ellas, no sin severas disputas a veces. 

En esto que se producen una serie de hechos a finales del siglo XX que propician que la vecina decida intimar con la prima sometida para ponerla de su lado. Por supuesto, la prima dominante ve esto como algo intolerable y después de varios tiras y aflojas observa contrariada cómo poco a poco su antigua pariente se va amistando con su vecina. Y lo ve tan claro y se le hace tan insoportable la situación que definitivamente decide tomar cartas en el asunto a base de fuerza bruta, de tal forma que da un golpe en la mesa y ataca sin previo aviso a su descuidada y pobre prima que, lejos de asustarse como pensaba todo el mundo, consigue repeler con ímpetu inusitado el ataque y alargar una guerra durante más de tres años, eso sí, con la ayuda de su vecina y, sobre todo, del amigo lejano, pero potentado, de su vecina.

El presidente Donald J. Trump y el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin | 16 de julio de 2018 (Foto oficial de la Casa Blanca por Shealah Craighead)
El presidente Donald J. Trump y el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, el 16 de julio de 2018. Fuente: Foto oficial de la Casa Blanca por Shealah Craighead

Pasados esos tres años, ahítas de la guerra las dos primas y de dudas la vecina, se erige como líder en el país del lejano amigo de la vecina una personalidad fuerte que decide que esa guerra ya no le interesa e irrumpe en escena como árbitro entre las dos primas y la vecina para terminar con el conflicto.

Comienzan las conversaciones de paz y el potentado amigo de la vecina de la prima agredida comienza interesadamente a dar a entender a la prima más fuerte, a sabiendas de la demostrada debilidad militar de ésta, que tal vez había alguna razón en las reivindicaciones territoriales por las que rompió las hostilidades. 

Ante esta situación, mientras la prima agredida se retuerce en el suelo maldiciendo su suerte y su vecina,  ninguneada, se lleva las manos a la cabeza por el agravio que supone que le dejen en un rincón de las conversaciones de paz, a la prima agresora, que sigue defendiendo después de la guerra una ya irreal soberanía sobre la prima díscola, se le hace creer que es la verdadera nación victoriosa en esta contienda u operación militar especial, como eufemísticamente no ha dejado de denominarla. 

Asimismo, el amigo lejano de la vecina declara con jactancia que él no va a gastar un dólar más en ese conflicto familiar y vecinal, conminando a la vecina de la prima ya liberada de su yugo, tras el acuerdo de paz, para que asuma el coste de la defensa de esa nueva situación sabiendo ese amigo lejano y falso árbitro del diálogo por la paz que el 80 por ciento de las armas que la vecina ninguneada va a utilizar en este cometido se las debe comprar necesariamente a él. Y de paso legitima de forma tácita y da carta de naturaleza a algo que antes era anatema, esto es, que la vecina pueda emplear su fuerza militar disuasoria en las fronteras de la prima antes fuerte y ahora desahuciada del poder soberano que detentaba sobre su pariente. 

En resumen, el lejano amigo de la vecina, que maneja este juego con habilidad, halaga al líder de la nación agresora estableciéndolo como único interlocutor en las conversaciones para la paz y niega a la nación agredida el paraguas de su protección, pero por delegación encomienda a la vecina de la prima agredida la defensa del nuevo statu quo en la zona con las armas y tecnología que necesariamente tienen que comprarle a él: operación redonda para todos. 

Por supuesto, el líder de la nación agresora, que participa en este trágico teatrillo del trile, intuye que con esta escenificación la vecina, el falso árbitro y su prima le están tangando, pero sabe que a pesar de todo no está en condiciones de elegir otra cosa en este momento ante su debilidad, la resistencia numantina de su pariente y el poder de ese falso árbitro. 

Así que, haciendo de la necesidad virtud (porque su fechoría le ha resultado fallida y muy costosa en vidas y reputación), no le queda más remedio que dejarse convencer por el falso árbitro y sus cómplices de su gran victoria. Y, sobre todo, se aferra a la oportunidad de salir del atolladero en el que se había metido por sobrevalorar su fuerza, de terminar con esta aventura inacabada anunciando a su pueblo la victoria en la operación militar especial contra la nación de la que, en verdad, ha perdido una soberanía que difícilmente va a volver a recuperar. 

En definitiva, se ve obligado por las circunstancias a seguir el juego y levantar el cubilete sabiendo que la bolita no va a estar debajo y que se ha quedado sin el favor de su prima hermana para siempre. 


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