Zelenski castigado sin comer en la Casa Blanca
Trump debe estar muy bien informado por sus servicios de inteligencia sobre el estado material y anímico de los dos contendientes en la guerra de Ucrania y conoce la necesidad de ambos de alcanzar la paz. En las conversaciones previas con Rusia no hay cámaras ni teatro mediático, solo diplomacia prudente y silenciosa al estilo de siempre. Con Ucrania es diferente.
La administración trumpiana, por ser precisamente hasta ahora Ucrania su aliado, realiza un movimiento táctico de libro: distanciarse para ganar en equidistancia y así hacer más creíble su papel de árbitro neutral ante Putin. Y entonces comienza a someter al líder ucraniano a una fuerte presión, denostándolo ante la opinión pública mundial con el objetivo fundamental de meterse a Putin en el bolsillo.

Con los recursos propagandísticos habituales y la retórica extrema y tremendista que ya conocemos, Trump miente urbi et orbi proclamando que la némesis del zar ruso, el nazi Zelenski (Putin dixit), es un dictador con solo un índice de aprobación del 4% dentro su pueblo y hasta el causante de la horrible sangría humana. Trump es consciente de su impostura, pero el fin justifica los medios y su propósito es proporcionar un buen balón de oxígeno a Putin para darle la ocasión de presentarse ante el pueblo ruso como un césar victorioso con la cabeza de Zelenski en la bandeja, o sea, la imagen que a Putin solo en sueños podría habérsele aparecido.
De paso, con este movimiento hacia la equidistancia, EEUU manda el mensaje meridiano a Ucrania de que va a tener que aceptar incondicionalmente lo que Trump acuerde con Putin porque al americano, para debilitar la expansión de China en el núcleo indo-pacífico -el interés primordial estratégico de EEUU por encima de cualquier otro-, le es ahora imprescindible amistarse con Rusia. Y Ucrania, se ponga como se ponga, va a tener que aceptar -Zelenski lo sabe de sobra- la consolidación de las conquistas militares de Rusia, retirada de Kursk incluida, y la imposibilidad de ser protegido formalmente por el paraguas militar de la OTAN.
Desde el lado ucraniano, Zelenski ve venir, dolido y con la misma sorpresa que todo el orbe, las invectivas a su persona que le lanzan desde el otro lado del Atlántico y decide, también el líder ucraniano con otro movimiento de libro, bien que reactivo a la previa provocación, acudir a la Casa Blanca a reivindicarse ante su pueblo y defender la dignidad de Ucrania.
La comparecencia ante los medios va transcurriendo bastante bien, Trump y Vance están dispuestos a aguantar a Zelenski un poco más de lo razonable porque, aunque las falsas acusaciones vertidas por Trump en días anteriores realmente iban dirigidas a convencer a Putin, son conscientes de que haber sacrificado instrumentalmente la imagen de Zelenski para ese cometido no va a gustar al líder ucraniano.
Todo va dentro de los cauces previstos hasta que transcurridos más de 40 minutos de comparecencia los americanos pierden la paciencia cuando, después de una intervención de Vance en favor de su solución diplomática al conflicto, un Zelenski indignado inquiere a aquel de forma directa ¿pero de qué clase de diplomacia estás hablando? Y por ahí sí que no, Trump y Vance están dispuestos a consentir que delante de ellos y de las cámaras su “amigo” Putin sea acusado de terrorista y asesino por Zelenski e incluso que éste muestre ante la audiencia unas fotos de las sevicias rusas a los prisioneros ucranianos, pero de ninguna manera que se les cuestione a los americanos su gestión del plan de paz.
A partir de ahí, en los diez minutos siguientes, hasta que termina la comparecencia, se desata la tormenta con el resultado que todos vimos: los dos líderes americanos al unísono ponen en su sitio a Zelenski, esta vez, menos mal, sin insultos ni mentiras (salvo el mantra trumpiano de los 350.000 millones de dólares gastados que, según parece, no llegan ni a la mitad). El líder ucraniano, no obstante, cumple con el cometido para el que había ido a la Casa Blanca, que era desagraviar su imagen y la del pueblo que representa, aunque seguramente le habría gustado que la cosa hubiera acabado mejor (también a los americanos, porque así lo habían previsto en el protocolo) y haber compartido la pitanza que le habían preparado en Washington.
Pero no hay que despistarse ni confundirse con lo acontecido en la Casa Blanca, a Trump le importa mucho el dinero y EEUU ha apoyado a Ucrania e invertido demasiados dólares como para que nadie pueda pensar que, con las pertinentes compensaciones, la vaya a dejar en la cuneta. Sin duda, Trump va a conseguir una paz duradera en la zona en conflicto asegurando unos medios de disuasión suficientes (sean tropas europeas, internacionales o las propias ucranianas bien pertrechadas por Europa y supervisadas por EEUU) para que Rusia no vuelva a invadir Ucrania.
En resumen, el “pacifista” Trump, que afirma ante las cámaras lo mucho que le duelen las vidas que se está llevando esta barbarie salvaje, va a tener éxito en la conclusión de esta guerra porque al final va a satisfacer los intereses de todas las partes implicadas, las suyas propias y las de Rusia, Europa y Ucrania, por este orden. Eso sí, Ucrania y Zelenski van a ser sometidos antes de nada a una prueba de estrés para que les quede claro de qué diplomacia estaba hablando Vance en su comparecencia televisiva y de que la comida frustrada en la Casa Blanca sólo era el comienzo del castigo por su insolencia.