Trump, Kushner y Witkoff: diplomacia paralela y alarma europea sobre Ucrania
Donald Trump nunca se ha caracterizado por ser paciente con los formalismos diplomáticos. Su objetivo es claro: cerrar acuerdos cuanto antes sin preocuparse demasiado por el procedimiento ni por escuchar las inquietudes de otros actores. Es una forma de operar que ya conocemos, la política exterior concebida como una prolongación del mundo inmobiliario, una sucesión de negociaciones agresivas, mediadores informales y emisarios de confianza.

El guion se repite. Un empresario que cree ganarse la confianza de un líder autoritario. Dos bandos que valoran la velocidad y la posibilidad de explorar ideas fuera de los focos. Es en ese terreno, sin protocolos, sin diplomáticos profesionales, donde Trump se siente más cómodo y donde, una vez más, está dispuesto a jugarse su apuesta por la “paz”.
Los elegidos para Ucrania
Kushner y Witkoff fueron los elegidos para llevar el plan a la práctica. Después de su éxito a la hora de cerrar el acuerdo de paz en Gaza, ambos sabían que era la oportunidad perfecta para hacer lo mismo en Ucrania.
Kushner, yerno del presidente y sin cargo oficial, se ha convertido en un hombre de máxima confianza para Trump en política exterior. Con él, las cosas suelen moverse. Sin embargo, Witkoff es otra historia: Un promotor inmobiliario que ha sido ampliamente criticado por su cercanía al Kremlin y que Moscú trata más como un intermediario conveniente que como alguien realmente influyente: útil cuando sirve, prescindible cuando no.
Ambos llegaron a Moscú con el objetivo de avanzar en las negociaciones. La reunión se extendió hasta bien entrada la noche. El Kremlin la calificó de “útil, constructiva”, aunque no hubo concesiones tangibles y los temas más delicados, territorio y garantías de seguridad, quedaron congelados. El Kremlin dejó claro que solo negociaría en términos que satisficieran sus prioridades estratégicas y que Putin estaba dispuesto a seguir avanzando militarmente.

Acto seguido, los representantes ucranianos se reunieron con nuestros protagonistas en Miami. Llegaban buscando garantías de seguridad concretas, exigibles y un acuerdo que preservara su soberanía e integridad territorial. Los estadounidenses, con Kushner y Witkoff como figuras centrales, intentaron presentar su viaje a Moscú como un avance, pero los gestos de los ucranianos dejaban claro que no compartían el mismo optimismo. La conclusión de Kiev fue que la reunión se trató más de una tertulia informativa por parte de los estadounidenses que de una sesión de negociación.
¿Y qué pasa conmigo?
Mientras tanto, en Europa la inquietud crece. Los líderes europeos sienten que están perdiendo protagonismo a medida que Estados Unidos trata de marcar el ritmo de las negociaciones. Todos ellos han tratado de advertir a Zelenski.
Un informe de Der Spiegel reveló lo que se discutió en una llamada entre el presidente francés Macron, el canciller alemán Friedrich Merz, el secretario general de la OTAN Mark Rutte, el presidente finlandés Alexander Stubb, Zelenski y otros líderes europeos.
Según la transcripción, Macron advirtió que existía el riesgo de que Estados Unidos “traicionara” a Ucrania en cuestiones territoriales. Merz fue aún más directo: Zelenski debía ser “extremadamente cuidadoso en los próximos días” y no confiar plenamente en Washington, que estaba “jugando tanto con Ucrania como con nosotros”, en clara referencia a Witkoff y Kushner. Stubb coincidió: “No podemos dejar a Ucrania y Zelenski con estos tipos”, y Rutte respaldó la advertencia.
La negociación en sí ha tropezado una y otra vez con la misma piedra. Moscú exige que Kiev renuncie a zonas del Donbás que ni siquiera controla. Luego está el tema de las garantías de seguridad: quién las firma, quién las ejecuta y qué pasa si se violan.

Witkoff y Kushner pueden proponer ideas muy imaginativas, pero poco realistas en la práctica. Un acuerdo que ceda territorio o debilite la defensa ucraniana mostraría que la agresión puede imponerse y ser recompensada. Un pacto impulsado sin consenso aliado podría fracturar la alianza atlántica.
La diplomacia informal siempre ha existido, pero nunca había operado con un vacío institucional tan profundo. Kushner y Witkoff representan un canal que podríamos calificar como experimental. Pueden poner a prueba propuestas y explorar compromisos que los mecanismos oficiales no alcanzan. Pero esa ventaja viene acompañada de riesgos. Los acuerdos que logren pueden ser políticamente atractivos, pero frágiles, con un cumplimiento limitado.
Ucrania, presionada para ceder bajo la urgencia de Estados Unidos, enfrenta la posibilidad de aceptar términos que resuelvan momentáneamente la guerra, pero que sienten las bases de futuras crisis.
El verdadero dilema no se limita a las demarcaciones territoriales, es una prueba de hasta qué punto figuras como Kushner o Witkoff pueden moldear decisiones estratégicas y de si la rapidez y el acceso directo pueden coexistir con garantías solidas a largo plazo. Y mientras, Europa observa con cautela, consciente de que su margen de maniobra se estrecha y de que está en juego su papel en el futuro del orden internacional.