El fútbol es el deporte más popular del planeta y, en consecuencia, uno de los negocios más lucrativos, tanto por las cifras que mueve como por las pasiones que despierta. Para millones de personas no es solo un juego: es una cuestión de identidad, capaz de canalizar las expresiones nacionalistas más intensas y de convertir el balón, en no pocas ocasiones, en un instrumento de geopolítica.

El organismo encargado de regular el balompié a escala global es la FIFA, fundada en 1904 en Francia y con sede actual en Zúrich, Suiza. Se trata de la institución rectora del fútbol mundial, responsable de organizar y reglamentar las competiciones internacionales, unificar criterios de juego y promover el deporte en todos los continentes. Bajo su paraguas se encuentran las federaciones continentales, encargadas de la regulación regional, entre las cuales destacan la UEFA en Europa y la CONMEBOL en Sudamérica.

España en el Estadio Soccer City, levantando el título por primera vez en su historia.
España en el Estadio Soccer City, levantando el título por primera vez en su historia.

Cada competición futbolística no es solo una exhibición de talento deportivo, sino también una declaración de intenciones y una herramienta de soft power frente al mundo. Muchos países invierten en el desarrollo de este deporte para proyectar una imagen renovada o reforzada en la escena internacional.

Un ejemplo paradigmático es Arabia Saudí. En los últimos años, gracias a los ingresos del petróleo, su liga ha incorporado a numerosas estrellas del fútbol mundial, transformando a sus clubes en referentes de las competiciones continentales en Asia y convirtiendo al país en un destino atractivo para jugadores de élite como Cristiano Ronaldo o Neymar.

A esta estrategia se suma la compra del Newcastle United por parte del Public Investment Fund (PIF), el fondo soberano saudí, que convirtió a las célebres “urracas” en el club más rico del mundo, al menos sobre el papel.

Otra de las expresiones más claras de la dimensión geopolítica del fútbol se observa en los factores geográficos. Existen países que participan en federaciones que no les corresponden por ubicación, pero que por razones políticas o estratégicas decidieron integrarse en ellas. El ejemplo más evidente es el de Israel, un país de Oriente Próximo que compite en la UEFA debido al rechazo frontal del mundo árabe a enfrentarse con su selección. Otro caso llamativo es el de Kazajistán, que optó por incorporarse a Europa con el objetivo de medirse frente a rivales de mayor nivel competitivo.

Cristiano Ronaldo en la presentación de Al Nassr. REUTERS
Cristiano Ronaldo en la presentación del Al-Nassr. Fuente: REUTERS

Pero la prueba definitiva de que el fútbol es geopolítica son los llamados “partidos prohibidos”: enfrentamientos que no pueden producirse en un sorteo oficial debido a tensiones políticas, conflictos bélicos o la ausencia de reconocimiento diplomático. Entre los más destacados se encuentran: España vs. Gibraltar (disputa de soberanía), Rusia vs. Ucrania (estado de guerra), Kosovo vs. Serbia (conflicto territorial) o Armenia vs. Azerbaiyán (enfrentamientos por Nagorno Karabaj).

El fútbol es un escaparate de enorme visibilidad, y la comunidad internacional fue plenamente consciente de ello al inicio de la guerra en Ucrania. La Federación Rusa fue excluida de casi todas las competiciones oficiales de alto impacto social, y el fútbol no fue la excepción. Desde entonces, Rusia se limita a disputar partidos amistosos frente a selecciones, en su mayoría asiáticas, sin poder participar en las Eurocopas ni en los torneos organizados por la UEFA.

En otros casos, la dimensión geopolítica del fútbol se vincula directamente con la representación identitaria. Numerosas regiones con fuertes movimientos independentistas reclaman la posibilidad de disputar partidos internacionales como forma de visibilizar su existencia o de expresar una identidad nacional no reconocida. Ejemplos de ello son Groenlandia, Cataluña o Euskadi. Aunque cuentan con combinados “nacionales”, estos no son reconocidos por la FIFA. Sin embargo, es habitual que organicen amistosos contra selecciones de bajo perfil o equipos oficialmente reconocidos de menor nivel competitivo, manteniendo así viva su aspiración simbólica.

Más allá de todo lo anterior, existe una competición que representa la máxima expresión del poder blando en el fútbol: el Mundial de selecciones, también conocido como la Copa del Mundo. Disputado desde 1930, cada cuatro años los países se enfrentan para demostrar que nadie supera su estilo de juego.

Emmanuel Macron celebra con euforia la victoria de Francia ante Croacia en el Mundial Rusia 2018
Emmanuel Macron celebra con euforia la victoria de Francia ante Croacia en el Mundial Rusia 2018. Fuente: Presidente.am

El premio es doble. Por un lado, el campeón obtiene una visibilidad internacional sin precedentes: la final del Mundial es el evento televisivo más visto del planeta. Por otro, el país anfitrión también se alza como ganador. La FIFA elige la sede a través de un proceso de precandidaturas que son votadas y seleccionadas en sus congresos. Organizar el Mundial supone convertirse durante un mes en el epicentro de la atención global, mostrando al mundo las virtudes del país anfitrión. Para muchos Estados, es una oportunidad única de proyectar una imagen renovada y modificar de forma masiva su percepción internacional.

Uno de los ejemplos más claros de esta estrategia fue Sudáfrica, que en 2010 organizó el primer Mundial celebrado en el continente africano. El país no solo mostró un notable nivel de desarrollo e infraestructura, sino que demostró la capacidad de África para llevar adelante con éxito un evento de escala global. El contraste es evidente: hasta hoy, ningún país africano ha sido sede de los Juegos Olímpicos, lo que refuerza el valor simbólico que tuvo aquella cita deportiva.

Otro caso reciente fue el de Qatar 2022, donde el objetivo no era solo organizar un Mundial, sino proyectar la imagen de un mundo árabe moderno y capaz de acoger culturas diversas bajo un mismo sol durante un mes. El evento fue aprovechado para presentarse ante la comunidad internacional como una nación contemporánea, ambiciosa y con aspiraciones de poder cultural y político.

En definitiva, el fútbol es tanto deporte como geopolítica. Con la globalización y la revolución de las telecomunicaciones, se ha convertido en un instrumento de poder blando de enorme alcance, utilizado por muchos Estados como una herramienta que, en ocasiones, resulta más eficaz que las armas o la represión.

El presidente de Rusia Vladímir Putin y el presidente de la FIFA Gianni Infantino dan por finalizado el Mundial 2018 y otorgan el balón de dicho mundial al emir de Catar Tamim bin Hamad Al Thani como inicio de la espera para el Mundial 2022.
El presidente de Rusia Vladímir Putin y el presidente de la FIFA Gianni Infantino dan por finalizado el Mundial 2018 y otorgan el balón de dicho mundial al emir de Catar Tamim bin Hamad Al Thani como inicio de la espera para el Mundial 2022. Fuente: Kremlin.ru

La FIFA, que ya ha enfrentado graves escándalos de corrupción vinculados precisamente a las injerencias políticas y económicas sobre su organización, carga con una doble responsabilidad: gestionar el deporte más popular del planeta y evitar transformarse en una especie de organismo internacional al servicio exclusivo de los poderosos. En última instancia, su misión debería ser la de garantizar que el fútbol siga sirviendo a lo que le da sentido: el fomento de los valores, la cohesión social y la educación a través del deporte.

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