Globalización criminal
El mercado de la cocaína asedia de tal manera los puertos del viejo continente que las autoridades de la Unión Europea han tenido que lanzar en Amberes a finales de enero de 2024 una “alianza de puertos” contra el narcotráfico. Esta iniciativa tiene como objetivo armonizar las medidas de seguridad y evitar la infiltración de redes criminales.
Con mucho criterio, la comisaria europea de Asuntos Internos, Ylva Johansson declaró que, si no existe una respuesta en red para combatir al crimen, la amenaza solo se desplazará de un puerto a otro, algo que pasa tanto en los países de origen como en los de destino.
Desde Europa se teme al fentanilo y las incautaciones no están disminuyendo el precio de la cocaína en la calle, lo que significa que existe una oferta desbordante. Dieciséis de los principales puertos europeos de contenedores participan en esta iniciativa, entre los que destacan Rotterdam, Hamburgo, Algeciras, Marsella y Amberes.

La respuesta en red de las autoridades no es nueva y también se está desarrollando en el sudeste asiático, en un intento supranacional de intercambio de información liderado por Naciones Unidas. Esta estrategia es una evolución de los acuerdos bilaterales clásicos entre estados. Una respuesta en red que pretende combatir una globalización criminal hiperconectada entre grupos delictivos que se extiende más allá de las grandes rutas del comercio mundial.
La globalización criminal es transnacional, por eso son importantes tanto el trabajo individual de cada nación como la cooperación entre países. Esta globalización criminal ha desarrollado su impulso al amparo de los grandes desarrollos de las últimas décadas.
En este sentido, la centralización del comercio a través de rutas marítimas y la hiperconexión digital han posibilitado nuevas técnicas de lavado de dinero y nuevas tecnologías que facilitan la producción de drogas sintéticas, un nuevo paradigma del narcotráfico. La globalización criminal parasita los avances del comercio mundial, algo que no es nuevo, pero que toma las dimensiones de nuestro siglo.
La Mocromaffia: entre África y Europa
Los niveles de violencia más altos relacionados con el narcotráfico se están dando en los países con mayor nivel de vida: Suecia, Bélgica y Países Bajos. Las Fuerzas Armadas de estas naciones están teniendo que apoyar a la policía para dar protección a los testigos cuando se celebran juicios a grandes capos de la droga.
La Mocromaffia abarca un amplio abanico de delitos que van desde el asesinato en la vía pública de periodistas, amenazas de secuestro al primer ministro holandés, el uso de armas de guerra o extorsiones a las familias y trabajadores de los puertos. Los laboratorios clandestinos de drogas sintéticas, metanfetamina y derivados también son otro talón de Aquiles para las autoridades de los Países Bajos.
La colaboración entre las redes criminales del norte y el sur de Europa es algo habitual. El sur del continente es coto privado de las mafias españolas y magrebíes en el Estrecho de Gibraltar.
A su vez, el continente africano está salpicado por conflictos armados alimentados y financiados por los flujos criminales. De esta manera, el oeste de África es un hub de distribución de la droga desde Latinoamérica con destino al sur de Europa y a través de España mediante embarcaciones más pequeñas.

Las autoridades ecuatorianas y gambianas han desarticulado recientemente operaciones en las dos nuevas rutas de la droga que utilizan África occidental como hub de distribución hacia Europa. La falta de gobernabilidad favorece la impunidad, almacenamiento y tránsito, pero teniendo en cuenta que también se ha creado en los últimos años un mercado de consumo local en esos países africanos e intermediarios entre Sudamérica y Europa.
Estas nuevas rutas obedecen al exceso de producción de cocaína en Latinoamérica y el monopolio por parte de los cárteles de las fronteras y el mercado estadounidense, que por otra parte ha desplazado otros consumos utilizando el fentanilo.
América, Oriente Medio y Asia, cárteles con política exterior
Los cárteles mexicanos son el mejor ejemplo de la internacionalización de métodos del crimen organizado transnacional, no solo en la innovación de la oferta de productos, sino también en las técnicas de blanqueo de capitales. Podríamos decir que el lavado es nativo de cruzar fronteras, ya que tanto la existencia de paraísos fiscales como de legislaciones diversas o la opacidad de ciertos sistemas facilita esta interconexión del crimen.
Las autoridades yanquis han podido investigar la relación entre el expolio de recursos naturales por parte de las triadas chinas en territorios controlados por los cárteles mexicanos y las redes de blanqueo desmanteladas en Estados Unidos. Este tipo de blanqueo se apalanca en la falta de datos cruzados entre el gobierno chino y el estadounidense.
Con todo, las relaciones exteriores de los cárteles no solo se basan en particularidades a la hora de subcontratar a cárteles locales en países vecinos o franquiciar su modo de operaciones, también establecen conexiones con mafias de la India y China para la importación de precursores químicos de cara a la producción del fentanilo.

La larga historia de los cárteles mexicanos los ha hecho estar en la razón de programas bilaterales y en operaciones criminales que salpicaron a nada más y nada menos que los acuerdos nucleares entre Estados Unidos e Irán.
La administración Obama no persiguió el caso que los agentes de la DEA denominaron “Project Cassandra”, donde se establecen las relaciones entre Hezbollah y los cárteles mexicanos en una operación internacional de compraventa de vehículos en Estados Unidos con destino a África Occidental, que encubría un delito de lavado de dinero y financiación al grupo terrorista bajo el paraguas de un negocio legal.
El caso no llegó a perseguirse por los temores a que importunar las actividades de Hezbollah en Estados Unidos pudiera perjudicar los acuerdos nucleares. Recordemos que por motivos históricos la diáspora libanesa se extiende por todo el continente americano y también África Occidental. La salida masiva más conocida fue a causa de la guerra civil del Líbano 1975-1990, aunque también se dieron salidas importantes previas a este conflicto.
Todas estas asociaciones criminales parasitan las grandes rutas del comercio marítimo de contenedores, pero no solo la tecnología ha aumentado el tráfico de nuevas drogas sintéticas, sino que los vacíos legales, las drogas más asequibles para ciertas regiones desfavorecidas, los cambios sociales y el cambio de percepción a la hora de consumir estupefacientes han llevado a una irrupción química que ya ejerce no una mayor oferta sino un desplazamiento de las drogas naturales en algunas regiones.